Revista de Relaciones Internacionales Nro. 15

Sabino Arana y Hegel: el nacionalismo y la libertad

 

António Rodrigues *

* Alumno de la Maestría en Relaciones Internacionales del Instituto de Relaciones Internacionales, Portugués - Universidad Nacional de la Plata, Programa Becas Mutis - Cumbre Iberoamericana)

Considerado como el padre del nacionalismo vasco, Sabino Arana de Goiri, fundador del Partido Nacionalista Vasco (PNV), estableció a fines del siglo XIX las bases para un futuro Estado Vasco. Ideas de un nacionalismo que un siglo antes Wilhelm Friedrich Hegel sintetizó en la estructuración de su dialéctica. Ambos tomaron la historia como modelo y ambos hablaron de una libertad individual que debería autorrealizarse por intermedio de la nación.

Para Hegel, la voluntad de los hombres individuales carecía de importancia, existiendo dentro de las sociedades mecanismos capaces de construir el destino de cada nación. "Ni en la destrucción ni en la construcción atribuía Hegel mucha importancia a la voluntad de los hombres individuales. Las fuerzas impersonales inherentes a la sociedad misma construyen su propio destino." (Sabine: p. 457).

Sabino Arana tomó la tarea de construir un país con sus propias manos. Estableciéndola siempre como instrumento de un designio mayor: "Y advertid, os ruego, que mi patriotismo no se funda en motivos humanos, ni se dirige a materiales fines: mi patriotismo se fundó y cada día se funda más en mi amor a Dios, y el fin que en él persigo es el de conducir a Dios a mis hermanos de raza: a mi gran familia el pueblo vasco" (Arana citado por Basaldua: 146-147).

Sobre este punto, sin embargo, Arana se aproxima de la idea del filósofo alemán cuándo éste habla de la encarnación espiritual de la voluntad y del destino de una nación, porque para Hegel la libertad del individuo se plasma en una "dedicación voluntaria a la obra de autorrealización nacional, que es al mismo tiempo una autorrealización personal". (Sabine: 466). Y ahí se puede decir que Arana se entregó, hasta su muerte prematura, a los 38 años, a la enorme tarea de "construir" un país.

En la obra del nacionalista vasco y en la filosofía de Hegel, la idea de la dedicación a una causa tiene una importancia vital. Sabine habla sobre la motivación inspirada por un sentido religioso y del valor moral subyacente a esa dedicación, presente en la obra del filósofo alemán. Lo mismo se podría decir de Sabino Arana, que se entrega al proyecto de "Euskadi" y lo asume como un proyecto de vida: aprender la lengua, la historia y las leyes vascas para poder enseñarlas y, con eso, unir todos los vascos bajo la misma bandera (en este caso la "ikurriña", creada por el y por su hermano Luis).

En este aspecto, Arana no se aparta ideológicamente de aquellos que dominan socialmente la tierra de los vascos (aristócratas, burgueses, industriales y comerciantes), heredero como lo es también de la tradición de un clero influyente en la estructura sociopolítica de las comunidades rurales, portavoz para la diseminación de las ideas nacionalistas. Y, igualmente, no se aparta de las ideas del filósofo alemán que consideraba el estado nacional como divino. "El pensamiento de Hegel fue bien expresado por el historiador Ranke cuando afirmó que los Estados son "individualidades, análogos unos a otros, pero esencialmente independientes entre sí... seres espirituales, creaciones originales del espíritu humano podría decirse que son pensamientos de Dios"". (Sabine: 476).

Al reclamar para el nacionalismo vasco la base fundamental del catolicismo, Arana no hace más que tomar "de la tradición lo que ésta había impreso con carácter permanente en el alma de nuestro pueblo, es a saber, su sentido religioso y su sentido de libertad." (José Antonio Aguirre en Basaldua: 2). "Su elaboración doctrinal fue de raíz tradicionalista, providencialista y esencialista, y se sustentó en dos pilares fundamentales: la raza vasca y la religión católica" (Granja: 5).

Con estos dos pilares, Sabino Arana se estableció el lema principal de su nacionalismo: JEL Jaungoikua eta Lagi-zarra, Dios y Ley Vieja. Fundó el PNV y concibió el proyecto de "Euzkadi", ese neologismo que inventó para designar un país que no existía: "unidad de raza en lo posible; unidad católica". Hasta en ese lema, Arana sigue (sin hacerlo voluntariamente) uno de los aforismos caros a Hegel: "El genio político consiste en identificarse con un principio", establecido en "Die Verfassung Deutschlands". (Sabine: 465).

El nacionalismo de Arana gira en torno de ese lema que, más que el territorio, permite la unión de todos los vascos. La patria no es un pedazo de tierra geográficamente localizado, pero sí una idea, un principio. Como cuándo escribe (en esa altura, todavía, apenas de Vizcaya): "La integridad de la Patria bizcaina no consiste en la integridad de su territorio, sino en la integridad de su lema". (Basaldua: 91).

El "ser vasco", más que el nacimiento en un determinado lugar, presupone la pertenencia a una comunidad nacional perfectamente identificada por una red de signos, señales y símbolos (la lengua, los Fueros, el árbol de Guernica, la "ikurrinã", etc.) que permite la transcendencia de la identidad vasca: aún en un territorio ocupado; sobretodo en un territorio ocupado.

Escribía Ernest Renan: "La lengua invita a la unión, pero no fuerza a ella" (Renan: 76). Dentro del nacionalismo vasco la lengua se convierte en una parte fundamental de la identidad vasca. A fines del siglo XIX, cuando Arana estableció las bases de su pensamiento nacionalista, el "espíritu" vasco, como algunos llaman a un conjunto de características poco definidas de "ser" vasco, estaba en proceso de extinción.

El "euskera" (lengua vasca) no era más que una lengua de aldeanos sin cultura. Burgueses y ricos comerciantes e industriales de Vizcaya y Guipúzcoa utilizaban el castellano y eran pocos aquellos que reivindicaban el estatuto de vascos. Escribe el historiador Juan Antonio de Zamakola, citado por Basaldua, que muchos vascos "enviaban a criar a sus hijos fuera del país, porque se avergonzaban de que hablasen vascuence" (Basaldua: 8).

"Hace siglos que nuestro pueblo está abandonado: la prueba está en el mismo "euskera". Es un milagro verdadero y grande de este desdichado Pueblo nuestro, sin medios de educarse y guiado por un Clero, no ciertamente malo, pero celoso, haya consumado, hasta ahora, allí donde la invasión no ha llegado aún, su dignidad, su pudor y su honradez." (Basaldua: 144).

Pero Arana sabe que la lengua va a ser una parte determinante del nacionalismo vasco, una forma de juntar provincias que se mantuvieron separadas durante siglos, cuya historia común se pierde en el tiempo y lo que tienen es, a lo largo de su existencia, distintos sistemas políticos: el ducado de Vasconia, el reino de Pamplona y el fraccionamiento en estados federales.

Hasta los Fueros, dónde están las leyes fundamentales del País Vasco, jurados por el Rey bajo el Roble de Guernica, y que definen el orden sociopolítico de la región desde la Edad Media, no consiguen tener una historia común: Alava recibió sus Fueros en 1332, concedidos por don Alonso XI; Vizcaya los tuvo concedidos por el rey don Alonso VIII a don Diego López de Haro, a fines del siglo XII, principios del siglo XIII, y dados también por don Juan Nuñez de Lara en su señorío, en 1343; el mismo don Alonso VIII los otorgó a Guipúzcoa por la ayuda de algunos naturales del país en su guerra con don Sancho de Navarra.

La situación es de tal forma, que aún en el presente, con un gobierno autónomo en el País Vasco, se pueden identificar tres países diferentes dentro del mismo país. Basta observar con atención los resultados de las últimas elecciones para el parlamento vasco (25-10-98).

En Guipúzcoa, el Herri Batasuna (brazo político de ETA), ganó las elecciones ahora con el nombre de Euskal Herritarrok (EH - izquierda). Fue el partido más votado en 55 de los 88 municipios de la provincia. El PNV (vencedor en el total del País Vasco derecha) triunfó en 22 localidades, Eusko Alkartasuna (izquierda) en seis, los socialistas en cuatro y el Partido Popular (del primer-ministro español José María Aznar - derecha) en apenas una. Por otro lado, en Vizcaya, la más poblada de las tres provincias, la victoria perteneció al PNV: primero en 94 de los 111 municipios. El PP se quedó en segundo, los socialistas en tercero y EH en cuarto. Por último, Alava continua demostrando su historia propia, es la única provincia vasca donde las fuerzas nacionalistas no conseguirán la mayoría de los votos. Ganó el PP, el PNV se quedó en segundo, el PSE en tercero y la Unión Alavesa (derecha) en cuarto.

Alava sigue siendo conservadora, católica, tradicional, dominada por fuerzas más próximas a Madrid que a Bilbao; Vizcaya es tierra de los nacionalistas que mantienen Arana como símbolo; Guipúzcoa es la más radical de las provincias, donde la ETA siempre consiguió más apoyos para su lucha.

En la ya atribulada existencia de las provincias vascas, el franquismo y su política de impedir la utilización pública del "euskera" (y de todos los símbolos vascos) terminó por hacer con que la lengua se transformara en un arma, en símbolo de una lucha silenciosa (o no, en el caso de la ETA, el grupo armado que empezó a contestar con violencia a la violencia del Estado Español), en sinónimo de patria. Del mismo modo que para el poeta Fernando Pessoa, "a minha pátria é a língua portuguesa", los vascos también transformaran el "euskera" en patria.

Entre el silencio obligado y el miedo de hablar, el "euskera" terminaría renaciendo después de la muerte del dictador, surgiendo como uno de los elementos fundamentales para que el País Vasco pudiera seguir vivo. Para subsistir dentro del Estado-Nación hegemonizante, el nacionalismo necesitó apelar a la construcción de un espacio en el interior del Estado-Nación, un espacio que le permitió mantener su propia realidad como minoría. Y el "euskera" pudo funcionar como ese espacio. Y la lengua vasca, que desde tiempos antiguos, venía perdiendo su influencia, en un camino rápido rumbo a la nada, irónicamente, terminó consiguiendo la salvación por la política del gobierno del general Franco. Salvar la lengua en la memoria se tornó un acto de resistencia.

Arana, cuándo estableció las bases de su programa político, tenía en la mente la idea de reverter el proceso de decadencia del "euskera". "El único remedio está en el dinero: y éste no se encuentra. El aldeano sabe de sobra que el euzkera de nada le sirve al hijo. El remedio está, pues, en fundar industrias, sostener compañías navieras, organizar sociedades de artes y oficios, hermandades benéficas y de mutualidades, de pesca, de agricultura, de ganadería, apoderarse o abrir vías de comunicación... nacionalizando todas esas esferas de la vida, de suerte que el euskera sirva de algo, porque sea obligatorio para tener parte en ellas." (Basaldua: 144).

Para Sabino Arana, ya en ese momento era obvio que un país pobre no sigue la vía de la independencia sino de la dependencia. Los vascos tenían que construir una sociedad rica para poder exigir su derecho legítimo. "Porque ninguna comunidad se salvaguarda en el tiempo sólo apelando a su legitimidad originaria o simbólica, porque toda comunidad que quiera perpetuarse, en el espacio y en el tiempo, necesita dotarse de instrumentos políticos, porque que una comunidad perviva o no, no depende de la capacidad que tenga para exponer argumentos o dar razones." (Gurruchaga: 109).

Pero esa idea de Sabino, que vendría a suceder, no por obra de los nacionalistas, sino por la coyuntura económica favorable de los años 40 y 50, provocó que los flujos migratorios modificaran la estructura sociodemografica del País Vasco. Con todos los símbolos de la cultura vasca prohibidos y la españolización forzada de la región, el porcentaje de influencia de los nacionalistas disminuyó más todavía. Al mismo tiempo, que el aumento del número de personas que vivían en las ciudades permitió que, trás la muerte de Franco, el nacionalismo de izquierda pudiera alcanzar un espacio en la sociedad vasca, sin correr el riesgo de ahogarse por el peso del PNV. En una región tradicionalmente católica y clerical, donde la principal fuerza movilizadora del nacionalismo era el clero pro-nacionalista, implantar una fuerza política aconfesional siempre resultó muy difícil.

Al final, el PNV de Sabino Arana, transformado en partido demócrata y dominador del parlamento Vasco desde su creación, atravesó este siglo sufriendo muchas transformaciones pero manteniendo más o menos intacto la base del sistema político trazado por el pensador vasco: independencia entre la Iglesia y el Estado, harmonía entre una y otra. Cuánto a la subordinación de lo civil a lo religioso, si no existe constitucionalmente, continua presente en gran parte de los vascos.

Lo que acerca Arana a Hegel, aunque no sea posible comprobar si el pensador vasco leyó alguna vez el filósofo alemán, es que el nacionalismo alemán del final del siglo XVIII en Alemania se parece en mucho al nacionalismo que Sabino Arana idealizó en el país Vasco del final del siglo XIX. Dos países con historias diferentes y una invasión común, la de Napoleón, que nos permiten sacar una de dos conclusiones: existe un nacionalismo que mantuvo sus características a través de los siglos más allá de las fronteras; dos pensadores distintos, en dos épocas distintas, con dos coyunturas diferentes y en dos países diferentes pueden llegar a encontrar el mismo camino.

 

Bibliografía consultada

 

Bares, M.A. La nación española y el nacionalismo vasco. Est. Gráfico J. Estrach. Buenos Aires, Argentina, 1922.

Basaldua, Pedro de. El libertador Vasco, Sabino de Arana Goiri. Editorial Vasca Ekin. Buenos Aires, Argentina, 1953.

Granja, José Luis de la. Nacionalismo y II república en el País Vasco. Centro de Investigaciones Sociológicas - Siglo Veinte Uno de España editores. Madrid, España, 1986.

Gurruchaga, Ander. La problemática realidad del estado y de la nación. Reis, 49/90, pp. 103-122.

López Aranguren, Eduardo. La imagen del nacionalismo vasco y de la violencia política en el País Vasco en la prensa americana. Accesits del premio "Miguel de Unamuno" de Ensayo 1990. Servicio Central de Publicaciones del gobierno Vasco. Vitoria, País Vasco, 1991.

Perez-Agote, Alfonso. El nacionalismo vasco a la salida del franquismo. Centro de Investigaciones Sociológicas - Siglo Veinte Uno de España editores. Madrid, España, 1987.

Sabine, George H. Historia de la teoría política. Fondo de Cultura Económica. México D.F. México, 1984.