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Medio Oriente, aranceles y transición de poder: una lectura desde el realismo estructural y ofensivo

El 20 de febrero de 2026, el Congreso de los Estados Unidos avanzó en la apelación y revisión de una serie de aranceles estratégicos impuestos en el marco de la disputa comercial con China. El debate no era menor: los aranceles habían sido uno de los instrumentos centrales para contener el ascenso económico chino en sectores sensibles.

Ocho días después, el 28 de febrero, comenzó una escalada militar significativa en Medio Oriente que involucró directamente a Israel, Estados Unidos e Irán. En las jornadas posteriores, se produjeron ataques y contraataques que impactaron infraestructura energética clave en el Golfo. Vastas consecuencias se dieron a continuación: por un lado, la suspensión de producción de GNL en Qatar y otros puntos geoestratégicos alteraron los mercados energéticos, y por otro, el precio de hidrocarburos en Europa registró aumentos abruptos en las últimas horas. El incidente en Kuwait (con afectación de infraestructura vinculada a intereses estadounidenses y ampliación del teatro de operaciones) confirmó que el conflicto excedía el eje Israel-Irán y tocaba un nodo geoestratégico mayor.

Los interrogantes que caben realizar en este punto y dada la secuencia de acontecimientos son: ¿Es esta secuencia meramente contingente? ¿O responde a incentivos estructurales más profundos?

Desde el realismo estructural de Kenneth Waltz, los Estados operan en un sistema anárquico donde la distribución de capacidades condiciona comportamientos: no importa tanto lo que declaran, sino cómo se reconfiguran las posiciones relativas de poder. En la última década, China ha incrementado de forma sostenida su inserción en Medio Oriente mediante acuerdos energéticos, inversiones en infraestructura y expansión logística asociada a la Belt and Road Initiative.

El Golfo Pérsico, por su lado, no es sólo un espacio productor de hidrocarburos sino que es el principal nodo energético del sistema. Quien influya sobre su estabilidad incide sobre el crecimiento de las grandes economías industriales. China importa una proporción sustancial de su energía desde esa región; su expansión económica depende de la previsibilidad de esos flujos. Desde esta perspectiva, el fortalecimiento de vínculos sino-árabes no es simplemente comercio: es acumulación estructural de capacidad.

Estados Unidos, por su parte, mantiene superioridad militar en la zona, bases desplegadas, capacidad naval y alianzas consolidadas. Aunque su dependencia energética directa es menor que décadas atrás, conserva la capacidad de influir decisivamente en la seguridad del Golfo. Aquí, entra en juego el realismo ofensivo de John Mearsheimer:  las grandes potencias no esperan pasivamente a que un rival consolide posiciones estratégicas. Actúan para impedirlo. En contextos de transición de poder, la incertidumbre sobre las intenciones futuras del competidor genera incentivos para conductas preventivas.

El elemento doméstico —la apelación arancelaria— no explica por sí solo la escalada, pero sí modifica el repertorio disponible de herramientas de contención. Si los instrumentos económicos enfrentan límites internos, el desplazamiento hacia instrumentos geoestratégicos puede adquirir mayor centralidad.

Desde una lectura ofensiva, la coincidencia temporal entre debilitamiento de presión comercial y reactivación de tensión en el principal nodo energético global no es irrelevante. No implica planificación directa pero sí sugiere que, ante una estructura que favorece el ascenso de un competidor en una región crítica, la potencia dominante tiene incentivos para reafirmar su centralidad mediante demostración de capacidad y control.

La suspensión del GNL qatarí y la suba del gas en la Unión Europea refuerzan este punto: la crisis energética vuelve a colocar a Estados Unidos en posición de actor indispensable para la estabilización del sistema. China, en cambio, enfrenta mayor vulnerabilidad relativa. La inestabilidad en el Golfo afecta más a quien depende estructuralmente de sus importaciones que a quien controla la arquitectura de seguridad.

En paralelo, Rusia obtiene beneficios indirectos por el aumento de precios energéticos en Europa y por la posible dispersión estratégica occidental (más que nada después de últimos resultados en el conflicto ucraniano). Sin embargo, no posee capacidad para redefinir el equilibrio en el Golfo: su ganancia es oportunista, no estructural.

Por ende, emerge un patrón coherente con la teoría de transición hegemónica: cuando una potencia ascendente incrementa su inserción en un nodo crítico del sistema, la potencia establecida tiende a reaccionar para evitar que esa inserción se traduzca en influencia estratégica irreversible. La escalada actual puede interpretarse como una manifestación de ese mecanismo. No como una conspiración deliberada, sino como el resultado de incentivos estructurales que empujan hacia la prevención.

En definitiva, el conflicto en Medio Oriente no se reduce a la rivalidad Israel-Irán ni a episodios tácticos aislados. Se inscribe en una competencia sistémica mayor. La cuestión central no es únicamente quién gana en el terreno inmediato, sino quién logra transformar la inestabilidad en ventaja relativa en la distribución futura de poder.

Si el siglo XXI está marcado por la disputa entre Washington y Beijing, el Golfo Pérsico continúa siendo uno de los tableros donde se juega esa transición.

Camila Marchetti
Integrante
Departamento de Relaciones Económicas Internacionales
IRI-UNLP