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Entre la fragmentación y la reconfiguración: el futuro del Reino Unido

Las elecciones locales celebradas el 7 de mayo de 2026 el Reino Unido evidencian un marcado descontento de la sociedad británica con los partidos tradicionales. El Brexit expuso una sociedad profundamente dividida y la experiencia de la última década muestra un considerable deterioro de la situación económica y social del país.

La victoria laborista en 2024 reflejó, en gran medida, el cansancio del electorado luego de catorce años ininterrumpidos de políticas de austeridad impulsadas por los gobiernos conservadores. No obstante, el gobierno encabezado por Keir Starmer, que había llegado a Downing Street con importantes promesas de renovación política y recuperación económica, experimentó un rápido deterioro de su imagen pública. La caída de su apoyo electoral a nivel nacional ha sido particularmente acelerada.

En este contexto, el principal ganador de las elecciones ha sido Reform UK, liderado por el dirigente populista de derecha Nigel Farage. La fuerza obtuvo un importante caudal de votos, especialmente en Inglaterra, capitalizando el castigo electoral hacia los partidos tradicionales. Farage ha sido elogiado reiteradamente por Donald Trump, quien lo considera el dirigente capaz de “hacer grande al Reino Unido otra vez”.

Sin embargo, en Escocia y Gales el avance del populismo derechista de Reform UK encuentra límites claros en las fuerzas nacionalistas e independentistas, particularmente el Scottish National Party (SNP) y Plaid Cymru, que mantienen firmes posibilidades de formar gobierno en Edimburgo y Cardiff.

Una de las principales características de esta elección ha sido la creciente transformación del sistema político británico hacia un esquema multipartidista. Aunque Farage obtuvo un resultado electoral significativo, las proyecciones indican que, a pesar de la euforia, Reform UK difícilmente supere entre el 25% y el 30% del electorado a nivel nacional.

La situación política británica atraviesa una etapa de elevada complejidad. El Brexit no ha producido los beneficios económicos y estratégicos prometidos por los defensores de la idea de “Global Britain”. La situación económica y social doméstica se ha deteriorado, la economía británica muestra un crecimiento anémico y el Reino Unido ha reducido parte de su influencia internacional en el espacio euro atlántico.

No obstante, el problema más profundo no radica únicamente en el crecimiento del populismo de derecha, sino en las tensiones crecientes en torno a la continuidad del Reino Unido como actor político unificado. El deterioro económico, político y social de la última década ha fortalecido las aspiraciones independentistas en Escocia, particularmente entre quienes consideran que la independencia permitiría reintegrarse al bloque europeo y obtener “lo mejor de ambos mundos”. Las diferencias históricas, culturales, políticas y sociales entre escoceses e ingleses continúan alimentando esta aspiración.

En 1977, el reconocido académico y politólogo escocés Tom Nairn publicó The Break-Up of Britain, obra reeditada en 2021. Allí sostenía que el Reino Unido era, en cierto sentido, un “Estado anacrónico”: una estructura política que había logrado sobrevivir a la modernización gracias a su temprano desarrollo imperial, pero que arrastraba profundas asimetrías internas. Para Nairn, la ausencia de una “revolución burguesa clásica” había dejado como legado instituciones rígidas, una élite sobrerrepresentada en Londres y una débil integración territorial.

Escocia continúa siendo el caso más evidente de estas tensiones. El nacionalismo escocés no desapareció tras el referéndum de independencia de 2014; por el contrario, se consolidó luego del Brexit. La tensión entre centro y periferia que Nairn consideraba estructural permanece vigente e incluso se ha profundizado a partir de las crecientes divergencias políticas entre Londres y Edimburgo.

Desde una lectura “nairniana”, el Brexit no representaría una anomalía histórica, sino la expresión contemporánea de tensiones de larga duración. La desconexión entre las élites, territorios y narrativas nacionales encaja con la idea de un Estado que nunca logró resolver plenamente su identidad interna.

El Reino Unido actual enfrenta bajo crecimiento económico, profundas desigualdades regionales y un sistema político que amplios sectores perciben como agotado. Nairn ya advertía sobre las dificultades de las estructuras británicas para adaptarse plenamente a las exigencias del capitalismo avanzado.

La pregunta central es, si el Reino Unido se encamina hacia una reconfiguración de su estructura política -con mayores niveles de autonomía y una federalización de facto- o si, por el contrario, avanza gradualmente hacia un escenario de fragmentación similar al imaginado por Nairn.

Las alternativas siguen abiertas. Sin embargo, resulta evidente que el Reino Unido atraviesa por un ciclo de transformaciones económicas, políticas y sociales que inevitablemente tendrán consecuencias sobre su lugar y proyección en el sistema internacional. Más allá de los resultados electorales coyunturales, lo que hoy se encuentra en discusión no es únicamente el éxito o fracaso del Brexit, sino la propia capacidad del Reino Unido para reconstruir un proyecto político, económico e identitario capaz de sostener la cohesión de la unión en el siglo XXI. En este contexto, las tensiones analizadas por Tom Nairn hace casi cinco décadas adquieren una renovada actualidad: el interrogante sobre el futuro de Gran Bretaña ya no pertenece exclusivamente al terreno académico, sino que comienza a instalarse progresivamente en el centro del debate político británico contemporáneo.

Federico Vaccarezza
Secretario
Departamento de Europa
IRI-UNLP