Hacia mediados de 1945, el escenario de la Segunda Guerra Mundial se encontraba en una fase de profunda asimetría. Mientras la Alemania nazi ya había capitulado en el mes de mayo, el foco de las relaciones internacionales globales se trasladó exclusivamente al frente del Pacífico, donde los sangrientos combates en islas como Okinawa e Iwo Jima evidenciaban que una eventual invasión terrestre al archipiélago japonés acarrearía un costo humano masivo para las fuerzas aliadas. Dentro de este marco, el 26 de julio de 1945 se emitió la Declaración de Potsdam, un ultimátum conjunto firmado por Harry Truman, Winston Churchill y Chiang Kai-shek, con la notable ausencia de Iósif Stalin debido a que la Unión Soviética aún mantenía formalmente su pacto de neutralidad con Tokio, que exigía la rendición incondicional de las fuerzas armadas japonesas bajo la advertencia de una destrucción rápida y total.
Este documento internacional desató una crisis interna sin precedentes en la dirigencia política japonesa, la cual se vio atrapada en una compleja encrucijada diplomática y militar. Por un lado, los sectores más duros del estamento militar, liderados por el ministro del Ejército Korechika Anami, presionaban para continuar la contienda hasta una batalla final en el territorio soberano. Por otro lado, el ala diplomática encabezada por el ministro de Asuntos Exteriores, Shigenori Togo, advertía la inviabilidad de prolongar el conflicto. No obstante, el principal dilema de las autoridades niponas radicaba en que la declaración aliada no explicitaba el futuro del sistema imperial (kokutai) ni la continuidad del Emperador en la estructura estatal, un factor que resultaba innegociable para la preservación de la identidad nacional.
Es por esta razón que el gobierno del primer ministro Kantaro Suzuki decidió adoptar una postura de prudencia y postergar una respuesta oficial, aferrándose a la última línea de acción diplomática que les quedaba: las gestiones secretas que venían realizando con Moscú para que la Unión Soviética actuara como mediadora de una paz negociada con Occidente. Para comunicar esta decisión de ganar tiempo ante la prensa el 28 de julio, el primer ministro empleó el controvertido término “Mokusatsu”. Aunque la intención gubernamental detrás de esta palabra era transmitir un «sin comentarios por el momento» o «mantenerse a la expectativa», las agencias de noticias extranjeras y los servicios de inteligencia aliados lo tradujeron e interpretaron de manera literal como un rechazo categórico basado en «ignorar con desprecio» el ultimátum.
Este trágico malentendido, sumado a la posterior e imprevista ofensiva soviética en Manchuria a principios de agosto, terminó por desmoronar la estrategia externa de Tokio y proporcionó a la administración estadounidense de Truman el argumento definitivo para justificar el empleo de su nueva arma estratégica. De este modo, la parálisis diplomática derivada de Potsdam condujo directamente a los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki los días 6 y 9 de agosto respectivamente, precipitando la intervención directa del Emperador Hirohito para destrabar el empate en el gabinete y aceptar las condiciones aliadas. En última instancia, la efeméride de la Declaración de Potsdam no solo representa el preludio del fin de la Guerra del Pacífico y la posterior rendición formalizada el 15 de agosto a bordo del USS Missouri, sino que también marca el doloroso punto de inflexión que inauguró el ordenamiento geopolítico de la Guerra Fría en el continente asiático.
Por Aimé Rojas Petruccelli
Departamento de Historia
IRI-UNLP