¿Estaremos ahora en una situación tan frustrante como hace doscientos años en lo que se refiere a la evolución de Hispanoamérica? ¿De nuevo nos encontraremos con Sísifo —es decir, con las naciones hispanoamericanas— condenado a repetir, siglo tras siglo, el castigo de los dioses? ¿De nuevo nos encontraremos con Penélope —también las naciones hispanoamericanas— tejiendo y destejiendo, como recuerda Carlos Granés en su obra El rugido de nuestro tiempo? Y, ante el fracaso secular, Jano —esto es, los historiadores y analistas de los procesos de integración hispanoamericanos— nos muestra su rostro marcado por las huellas indelebles de la oposición entre las partes —entre las naciones hispanoamericanas— y anuncia a todos, como antaño a los romanos, que las puertas del Templo siguen abiertas, pues los tiempos presentes del proceso de integración hispanoamericano —como hace doscientos años— siguen siendo de confusión y de zozobra. Pero, quién sabe, tal vez mañana —un mañana que desearíamos próximo— las puertas del Templo se cierren por fin, anunciando que la oposición y la divergencia en el quehacer histórico de la antigua América española han llegado a su término. Y entonces, cumplida la penitencia, doscientos años después, haciendo de la necesidad virtud —pues, en el fondo y en la forma, era más lo que unía que lo que separaba—, de las ruinas del pasado podría al fin levantarse la nueva Hispanoamérica unida.
Hace doscientos años, como sabemos, la nueva Hispanoamérica unida no fue posible. Conviene resaltar que nuestra reflexión histórica parte de una paradoja que aflora al historiar los esfuerzos integradores en el ámbito hispanoamericano: parapetada en la desunión, la América española —Hispanoamérica— lleva doscientos años empeñada en buscar la unidad. Una integración que existió y se destruyó; una unidad alcanzada en el seno de la monarquía hispana —la patria grande, de dimensiones continentales, según la expresión de Jaime Eyzaguirre que recordó Bernardino Bravo Lira y sobre la que vuelve Marcelo Gullo en su obra Madre patria— que fue dilapidada y desaprovechada. Su pérdida obligó a los “españoles del hemisferio sur” —los españoles de América, hoy denominados hispanoamericanos, iberoamericanos o latinoamericanos— a intentar reconstruirla o reformularla desde las ruinas del proceso de emancipación que condujo a la proclamación de las independencias (de cuyo inicio también se cumplen ahora doscientos años). Y ello reconociendo, con José Ortega y Gasset —el pensador de Europa, a quien Albert Camus consideró el mayor escritor europeo después de Nietzsche—, que solo desde las ruinas es posible la reconstrucción, como dejó escrito en su Meditación de Europa y otros escritos afines.
En el caso de la América española, quizá se hubiera podido evitar la demolición total del edificio “unitario” y bastara con rehabilitarlo, tras siglos en pie, para adecuarlo a los nuevos tiempos que se avecinaban —con la España metropolitana enzarzada en una guerra patriótica contra el ejército invasor napoleónico y en el umbral de su decadencia decimonónica—. Pero, como todos sabemos, se produjo la demolición. No fue total, ciertamente, como demuestra la pervivencia de lo que hoy se denomina —con más que dudosa propiedad— “la colonia” (según señaló el ya citado Bernardino Bravo Lira); pero sí afectó sobre todo a los puentes que unían unos territorios diversos, aunque hermanados por una misma lengua y una misma religión y, por tanto, portadores de una misma cultura, que componían la “desahuciada” monarquía española en América.
Y, recurriendo al refranero español, los españoles de América “en el pecado llevaron la penitencia”: apenas demolido el edificio unitario —la unidad que los cobijaba—, comenzaron a imaginar procesos de integración (algunos de ellos concebidos ya a finales del siglo XVIII), procesos que todavía hoy, doscientos años después, son más una aspiración que una realidad. Como Sísifo, los españoles de América quedaron condenados a una tarea sin fin: la de reunificarse o, simplemente, integrarse, empezando a recomponer los desechos hace ahora dos siglos.
Curiosa y paradójicamente, los luchadores por la emancipación —¿patriotas, aunque equivocados en su quehacer?, ¿traidores, aunque poco después héroes locales de la independencia?, ¿revolucionarios, aunque más tarde devorados por la revolución, como corresponde a todo buen revolucionario? (sobre esta cuestión remitimos a Jaime Eyzaguirre y a su obra Ideario y ruta de la emancipación chilena, donde proponía la necesaria revisión —para superarlo— del “catecismo emancipador” de la historiografía al uso)— comenzaron a reclamar la unidad de los territorios hispanoamericanos antes incluso de que sonara “la campana de la libertad” a partir de 1810, con la España metropolitana en llamas frente a la invasión militar del imperio napoleónico. ¡He aquí la gran paradoja! Así lo hicieron Francisco de Miranda; el chileno Juan Martínez de Rozas —que aspiraba a crear una sola nación y un solo Estado— y su compatriota Juan Egaña; Bernardino Rivadavia; Simón Bolívar, y tantos otros impulsores de las independencias, como José de San Martín, Bernardo Monteagudo, José Cecilio del Valle, Lucas Alamán, Hidalgo, Morelos o José Martí.
Sin embargo, los proyectos “unitivos” de los pensadores, próceres y caudillos hispanoamericanos no llegaron a consolidarse en algo duradero. Fue el caso del Congreso Anfictiónico de Panamá, convocado por Bolívar en Lima el 7 de diciembre de 1824 y celebrado en Panamá entre el 22 de junio y el 15 de julio de 1826. Participaron en él representantes de la Gran Colombia, México, Perú y la República Federal de Centroamérica, pero no mostraron interés en asistir los gobiernos de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Chile o Brasil, y Bolivia llegó tarde. Curiosamente, también fue invitado el Gobierno de los Estados Unidos —cuyo representante no llegó a tiempo—, y enviaron observadores los gobiernos del Reino Unido y de Holanda. Con gran esfuerzo, al término del congreso se aprobó el llamado “Pacto General sobre Unión, Liga y Confederación Perpetua”, que, a la postre, solo ratificó la Gran Colombia, ese mismo año de 1826. El resultado sumió en el desaliento a Bolívar, quien vio en el congreso una ocasión fallida, de la que apenas quedaría la sombra de lo que pudo ser y no fue (aunque podría volver a ser, según Pedro Baños en su obra Geohispanidad). Desde aquella experiencia de finales de los años veinte del siglo XIX, y durante más de un siglo, la idea de la unión de la América española —tras la demolición de la estructura que la monarquía española había levantado en América Central y del Sur, en esencia desde el Río Bravo o Grande hasta la Tierra del Fuego— y sus proyectos dejaron de ser relevantes.
Guillermo Pérez Sánchez
Universidad de Valladolid
España
Integrante
Departamento de Historia de las Relaciones Internacionales
IRI-UNLP