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La paradoja de la victoria: los resultados políticos de la ofensiva estadounidense contra Irán

La reciente ofensiva estadounidense contra Irán y las negociaciones que se abrieron luego en Suiza constituyen uno de los episodios más reveladores para comprender la dinámica actual de Medio Oriente. A primera vista, la operación parecería haber permitido a Washington alcanzar varios de sus objetivos inmediatos: erosionar las capacidades estratégicas iraníes, forzar el retorno de Teherán a la mesa de negociación y evitar una escalada regional de mayor envergadura. Una mirada más detenida, sin embargo, revela un panorama considerablemente más complejo. El conflicto puso de manifiesto no sólo el poderío militar estadounidense, sino también las dificultades que enfrenta Estados Unidos para traducir esa superioridad en un orden político estable y duradero.

La paradoja reside en que las dimensiones militar y política del conflicto siguieron trayectorias divergentes. Aunque la campaña impuso costos significativos a Irán, el régimen no colapsó: sus principales estructuras estatales permanecieron operativas y el programa nuclear siguió ocupando un lugar central en la agenda de negociación. Como advirtió el comité editorial de The New York Times, la pregunta decisiva no es sólo qué ocurrió en el campo de batalla, sino si Washington logró efectivamente los objetivos políticos que perseguía (The New York Times Editorial Board, 2026).

Las negociaciones iniciadas en Suiza ofrecen una primera respuesta. Si bien el memorándum de entendimiento entre ambos países se firmó por vía electrónica, su implementación avanza a través de sucesivas reuniones técnicas y políticas. La participación del vicepresidente J. D. Vance y la creación de grupos de trabajo sobre el programa nuclear, las sanciones y los mecanismos de verificación muestran que el conflicto ingresó en una etapa en la que la diplomacia vuelve a ocupar el centro de la escena. Las propias autoridades estadounidenses admiten que estas conversaciones son apenas el punto de partida de una hoja de ruta de unos sesenta días. La guerra, en este sentido, no resolvió el problema iraní: se limitó a abrir una nueva fase de negociación.

Este escenario cobra particular relevancia a la luz del antecedente del acuerdo nuclear alcanzado durante la administración Obama. Cuando Donald Trump abandonó el Plan de Acción Integral Conjunto en 2018, lo hizo sobre la premisa de que una política de máxima presión arrancaría mayores concesiones a Teherán. Los hechos recientes sugieren lo contrario: aun después de una confrontación militar directa, Washington vuelve a verse obligado a negociar con Irán para gestionar los principales desafíos de seguridad de la región. Lejos de diluir la centralidad iraní en Medio Oriente, la guerra reafirmó su condición de actor indispensable en cualquier esquema de estabilidad regional.

Las tensiones entre Estados Unidos e Israel aportan otra clave para interpretar los resultados políticos del conflicto. Mientras la administración Trump parece dispuesta a consolidar los avances diplomáticos logrados en Suiza, el gobierno de Benjamin Netanyahu sigue apostando por una presión sostenida sobre Irán y sus aliados regionales. La divergencia revela que, incluso entre socios estratégicos, conviven visiones encontradas sobre cómo administrar el equilibrio regional y hasta dónde puede llegar una eventual normalización con Teherán.

El estrecho de Ormuz ofrece otra medida de los límites de la ofensiva. Las restricciones a la circulación marítima durante la crisis recordaron la capacidad de Teherán para provocar efectos económicos y estratégicos que trascienden lo estrictamente militar. La velocidad con que Washington reaccionó ante esa amenaza confirmó, de manera indirecta, el peso de semejante instrumento de presión. El episodio demostró que, pese a los daños recibidos, Irán conserva herramientas capaces de imponer costos regionales e internacionales considerables.

En una perspectiva más amplia, la crisis reabrió el debate sobre el papel de Estados Unidos en Medio Oriente. Durante buena parte de la posguerra fría, Washington ejerció como principal garante del orden regional; los hechos recientes, en cambio, parecen confirmar una tendencia que diversos autores vienen señalando: el poder militar sigue siendo un componente esencial de la potencia estadounidense, pero ya no alcanza para resolver conflictos atravesados por una multiplicidad de actores e intereses contrapuestos. Como sostiene Walt (2018), uno de los grandes desafíos de la política exterior de Estados Unidos ha sido precisamente la dificultad para convertir su ventaja militar en resultados políticos sostenibles.

En definitiva, la ofensiva contra Irán dejó una lección que trasciende el desenlace inmediato de la confrontación. Estados Unidos consiguió alterar en parte el equilibrio estratégico de la región, pero no resolvió las cuestiones de fondo que originaron el conflicto. El régimen iraní sigue en pie, el programa nuclear continúa sujeto a negociación y las tensiones regionales permanecen abiertas. La paradoja de esta guerra es que, tras una contundente demostración de fuerza, su resultado más significativo terminó siendo el regreso a la diplomacia. Lejos de inaugurar un nuevo orden regional, la crisis confirmó una verdad incómoda para Washington: proyectar poder sigue siendo uno de sus atributos centrales, pero traducir ese poder en un orden político duradero enfrenta límites cada vez más evidentes.

María Sofía Gómez Mansur
Integrante
Departamento de Medio Oriente
IRI-UNLP