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La crisis estructural del Reino Unido: entre el agotamiento del modelo y la amenaza populista

Entre julio de 2016 y julio de 2026, el Reino Unido tuvo siete primeros ministros, es decir, un recambio en el cargo cada 17 meses en promedio. El contraste con su historia reciente es abismal: durante la posguerra, la permanencia promedio osciló entre cuatro y seis años, y entre 1979 y 2007 apenas tres primeros ministros —Margaret Thatcher, John Major y Tony Blair— gobernaron durante 28 años consecutivos. La vertiginosa sucesión de la última década —Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak, Keir Starmer y, más recientemente, Andy Burnham— no es casual: expresa una crisis estructural que atraviesa al país desde 2007.

A lo largo de las últimas dos décadas, una secuencia de crisis recurrentes fue erosionando la estabilidad británica. El colapso financiero global de 2008 marcó el fin de una era de certidumbre. Entre 2010 y 2016, el país atravesó un severo programa de austeridad y estancamiento económico. En 2016, el Brexit y la posterior salida de la Unión Europea funcionaron como catalizador de un problema estructural aún mayor que el proyectado por sus propios impulsores. La pandemia de COVID-19 y la salida de la emergencia sanitaria derivaron en una crisis de costo de vida (2021-2024), marcada por una inflación récord, una crisis energética, huelgas masivas, la caída de Johnson y el efímero gobierno de 45 días de Liz Truss. La gestión posterior de Rishi Sunak apenas logró estabilizar el tablero político para llegar, de manera más o menos ordenada, a las elecciones de 2024.

Tras 14 años de austeridad fiscal conservadora, pérdida de competitividad externa y una marcada caída del ingreso de los hogares frente a sus pares de Europa continental, la ciudadanía británica optó por un giro estratégico. En las elecciones generales de 2024, el Partido Laborista obtuvo una victoria aplastante al hacerse con 411 de los 650 escaños de la Cámara de los Comunes. Ese triunfo llevaba implícito un reclamo social claro: dinamizar la economía y ponerla al servicio de las mayorías. Keir Starmer fue el elegido para conducir esta compleja transición bajo el lema del «Cambio». Su plataforma prometía impulsar el crecimiento, revitalizar el deteriorado Sistema Nacional de Salud (NHS), construir 1,5 millones de viviendas y mantener el compromiso de no incrementar los impuestos básicos.

Sin embargo, la realidad socioeconómica subyacente era alarmante. Según datos oficiales de 2025 del Department for Work and Pensions (HBAI) y de la encuesta Family Resources Survey, de los 69,5 millones de británicos, 13,4 millones (20,4%) vivían en situación de pobreza relativa: 7,6 millones de adultos (19%), 4 millones de niños (27% de la población infantil) y 1,7 millones de jubilados. Geográficamente, Londres concentraba el mayor nivel de pobreza (entre 20% y 25%) debido a su elevado costo de vida, seguida por las regiones desindustrializadas del norte de Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte. El mapa demuestra que la frontera más profunda del Reino Unido no es territorial ni identitaria, sino socioeconómica.

En lugar de avanzar hacia una transformación decidida del modelo, el gobierno de Starmer optó por la continuidad de la ortodoxia fiscal. Medidas altamente impopulares —como el recorte drástico de los subsidios energéticos de invierno para los jubilados (Winter Fuel Payment) y el aumento de la carga impositiva sobre sectores productivos— evidenciaron una rápida desconexión con las promesas de campaña. El desencanto social provocó un desplome abrupto de la imagen gubernamental y un éxodo masivo de votantes laboristas en las elecciones locales de mayo de 2026 hacia el Partido Verde y hacia Reform UK, la formación de ultraderecha populista liderada por Nigel Farage.

Esa señal de alerta electoral precipitó el urgente relevo de Starmer dentro del Laborismo e impulsó el ascenso del exalcalde de Gran Mánchester, Andy Burnham. Con un perfil sensible a las demandas sociales y ligado al ala más socialdemócrata del partido, Burnham busca recuperar la iniciativa política y contener un malestar social que amenaza con allanar el camino a la derecha radical. Su programa estratégico fija cuatro prioridades: restablecer la estabilidad institucional, aliviar el costo de vida de los hogares, descentralizar el poder político desde Westminster hacia las regiones y estructurar un modelo económico más equitativo.

El gran desafío de Burnham será enfrentar el mismo condicionante estructural que ha limitado a todos los gobiernos desde la era de Thatcher: el rol de la City de Londres como principal vector que fija las reglas de la economía nacional. Sin embargo, la City no es un actor omnipotente. Un ejecutivo respaldado por una mayoría parlamentaria sólida y un fuerte apoyo popular cuenta con los resortes institucionales necesarios para impulsar las reformas estructurales que exige la cohesión social, construyendo los consensos regulatorios indispensables con el sector privado. El equilibrio del modelo británico requiere reducir la dependencia hipertrofiada de los servicios financieros, fortalecer el tejido industrial y la inversión productiva y, sobre todo, reincorporar socioeconómicamente a los 13,4 millones de ciudadanos relegados. Solo mediante ese viraje el Reino Unido podrá desactivar la amenaza de una ultraderecha populista que ya se proyecta en el horizonte de las elecciones generales de 2029.

Federico Vaccarezza
Secretario
Departamento de Europa
IRI-UNLP