De lo más preocupante entre lo mucho que hay para preocuparse, es la consolidación de un mundo con sociedades y -peor aún- dirigencias políticas que asumen posicionamientos sobre lo correcto, lo legítimo y lo legal, según el quien y no el qué-.
Se han pulverizado los postulados éticos, aquellos que formaron una convivencia -imperfecta pero convivencia al fin- a nivel doméstico e igualmente a nivel internacional.
Entonces los crímenes internacionales no son repudiables: son buenos o malos, justificables o no dependiendo de quién los cometa y quiénes sean las víctimas.
Este muro, mal o bien, con éxito o no, ha intentado navegar siempre por otras aguas.
Aquí se han repudiado sin fisuras -y desde la época del mismo Chávez– las violaciones a los derechos humanos en Venezuela, se ha señalado con detalle a los crímenes del régimen de Maduro, y se ha levantado la voz frente al fraude electoral escandaloso que terminó de acribillar a la democracia venezolana.
Nada de eso justifica la agresión de Estados Unidos, ilegítima e ilegal.
El derecho internacional es claro: entre los principios de derecho internacional se subrayan la igualdad soberana de Estados, la no intervención, y la prohibición del uso o la amenaza del uso de la fuerza (art. 2 de la Carta de Naciones Unidas).
Las excepciones al principio medular de no uso de la fuerza son únicamente la autorización del Consejo de Seguridad (capítulo VII de la Carta de Naciones Unidas), o la legítima defensa individual o colectiva (art. 51).
Estas normas de derecho internacional han sido aceptadas por todos los Estados que componen Naciones Unidas. La Carta de la ONU es un tratado que los Estados han ratificado y por ende es jurídicamente vinculante y exigible. Cinco países, además, poseen el privilegio de formar parte del Consejo de Seguridad como miembros permanentes, entre ellos Estados Unidos, lo que implicaría lógicamente un mayor deber de atenerse a las reglas.
En el caso de análisis no se dan ninguno de los supuestos -los requisitos de la legítima defensa no se cumplen ni de cerca-, lo que coloca al hecho de Estados Unidos en una violación flagrante del derecho internacional: es un acto de agresión armada que merece de manera evidente el repudio de la comunidad internacional en su conjunto.
Quienes aplauden lo que sucede -y se horrorizarían denunciando la atrocidad y exigiendo justicia si mañana el país atacado es otro igualmente brutal pero más amigable políticamente, y quien comete el ataque es uno identificado como enemigo ideológico-, no comprenden o no quieren comprender la gravedad de legitimar estos hechos para el futuro…
Nos coloca en la prehistoria del derecho internacional, en el todo vale cuando hay alguna «razón de Estado» que se decide unilateralmente por quien actúa. Se destroza el multilateralismo, se aniquila el derecho, y cuando así sucede, la fuerza es lo que se impone.
Y ello no conduce a nada bueno: así se llegó a la situación previa a la segunda guerra mundial, junto a un panorama de extrema polarización social y discursos discriminatorios y violentos legitimados. El resto de la historia es bien conocido.
Sé bien que quienes están de acuerdo con la barbarie harán la pregunta: ¿y entonces qué se podía hacer frente a la situación en Venezuela?
La respuesta es obvia: esto no, el fin no justifica los medios.
PD: Aclaro desde el lugar que hablo: soy profesor de Derecho Internacional desde hace 37 años, haciendo toda la carrera desde auxiliar docente; he ejercido la titularidad de cátedra de la materia siete años en La Universidad Nacional de La Pampa, y (1997-2004), y 20 en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de Universidad Nacional de La Plata (1999-2018), cuando renuncié por haber ganado la titularidad de cátedra de Derechos Humanos.
Fabián Salvioli
Director del Instituto de Derechos Humanos
FCJyS-UNLP
Coordinador
Cátedra de Derecho Humano a la Paz
IRI-UNLP