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El realismo nuestro de cada día y las desilusiones liberales en el orden internacional

*  El realismo nuestro de cada día y las desilusiones liberales en el orden internacional

Gonzalo Salimena[1]

La política internacional siempre ha sido un ambiente peligroso, conflictivo y competitivo. La esencia del sistema internacional, que lo ha caracterizado a lo largo de su historia desde la paz de Westfalia de 1648 hasta nuestros días, ha sido dinámica y se transforma en función de las vicisitudes del poder. Si bien el poder no es la única variable que determina la conducta de los Estados, sin duda es la más relevante.

Los grandes momentos de cambios en la política internacional, han estado vinculados a transformaciones en la distribución de poder entre las grandes potencias, lo que impactó directamente sobre la configuración del orden mundial. En ese núcleo de poder, la fuerza militar y sus capacidades asociadas se convierten en herramientas centrales de la política internacional. Cuando los conflictos no pueden ser canalizados mediante acuerdos normativos o institucionales, la fuerza emerge como un recurso último para alcanzar objetivos nacionales, en un contexto que recuerda al estado de naturaleza hobbesiano: anárquico, pero no caótico, donde la seguridad constituye el objetivo vital.

Parece que el acuerdo consensuado y negociado a través de procesos políticos no han sido la norma. Las grandes transformaciones del sistema internacional rara vez han sido el resultado de consensos normativos; por el contrario, han surgido de luego de intensas luchas por el poder, en las cuales los vencedores impusieron su voluntad sobre los vencidos. Para el realismo clásico, la lucha por el poder constituye el vector fundamental de las relaciones internacionales, como sostenía Hans Morgenthau a partir de la evidencia empírica histórica. Desde una perspectiva estructural, las unidades más poderosas – Estados Unidos, China, Rusia, India, la Unión Europea, entre otras) buscan preservar su posición relativa de dominio frente a sus competidores.

La competencia, la lucha por el poder y la búsqueda de dominación emergen del reconocimiento de que ninguna posición en el sistema internacional está garantizada permanentemente. Esta dinámica se sostiene a través de una filosofía de confrontación estoica, que implica aceptar la realidad tal como es y no como quisiéramos que fuese, sin ilusiones normativas y focalizarse en aquello que es controlable, es decir desde una perspectiva morgenthiana del poder. En política internacional, los vencedores de hoy pueden ser los vencidos del mañana. Sin embargo, la pertenencia al club de las grandes potencias continúa siendo limitada:  pocos, pero muy poderosos como afirmaba Kenneth Waltz.

En este marco, el liberalismo político pierde terreno en un escenario internacional de claro predomino realista, porque busca imponer una ilusión discursiva del progreso normativo y de la naturaleza humana, así como también de profesar una armonía institucional que puede moldear la conducta de los Estados. Quizás esto sea posible en los ordenamientos jurídicos internos, donde hay las reglas, normas y procedimientos bien definidos y donde el Estado promueve instituciones para solventar la vida política, así como el respeto por las mismas como parte de la convivencia política. El Estado no posee un rival de su tenor que le dispute ese espacio de poder. En el ambiente internacional, los Estados disputan esos espacios de poder mediante la búsqueda de “ventajas relativas” sobre los competidores mediante acciones que pueden erosionar los intereses vitales de otros. Esto es así, porque los más importantes poseen capacidades ofensivas que pueden poner en operatividad en cualquier momento. De esta manera, aquellos Estados capaces de dominar y controlar sus esferas de influencias regionales, quitando de sus entornos el poder y la influencia de otros, pueden proyectar poder más allá de sus esferas inmediatas, como sostiene John Mearsheimer.

En la actualidad, las grandes potencias parecen actuar conforme a estos principios. Rusia busca impedir la expansión de la OTAN en su esfera de influencia, considerando esto como una amenaza existencial y, por lo tanto, como un asunto de seguridad nacional. El conflicto en Ucrania es más que mero conflicto clásico, es una cuestión de supervivencia y prestigio, vinculado a su seguridad. Un interés nacional no negociable que puede devengar de una guerra real a una guerra absoluta en términos clausewitzianos.

Por otra parte, Estados Unidos se reposiciona en la estructura de poder internacional, como actor con capacidad de proyectar poder más allá de su esfera de influencia y control. Apoyó a Ucrania con recursos estratégicos y tecnológicos que resultaron vitales para la resistencia. Asimismo, ha buscado erosionar la influencia de regímenes y actores rivales en su hemisferio, dañando sus intereses incluyendo el régimen venezolano de cercanía a Irán y Rusia, y el caso de China, donde pudo contrarrestar su expansión económica en espacios estratégicos como el canal de Panamá.

En Medio Oriente, el escenario es un poco más incierto, ya que la competencia entre Estados Unidos, Rusia y China refleja una competencia compleja donde las alianzas económicas no se traducen necesariamente en compromisos militares, evidenciando cierta prudencia estratégica en contextos de potenciales proliferación de conflictos.

La Unión Europea (UE) enfrenta dificultades para definir una estrategia coherente en este contexto de transición global. Los desencuentros en el marco de la OTAN no son nuevos, podríamos decir que son históricos, y datan de la inmediata segunda posguerra, cuando varios funcionarios de primera línea de la política exterior de Estados Unidos sostenían que Europa no quería defenderse a sí misma, algo así como no apelar a un sistema de autoayuda realista que debería garantizar su propia supervivencia, y en contrapartida, buscó que sea Estados Unidos aquel garante. Este fenómeno es visible desde la doctrina Truman hasta las discusiones actuales sobre el gasto en defensa que inició la administración Trump. La guerra de Ucrania reactivó esos dilemas de seguridad, y el debate sobre una doctrina nuclear europea o de una mayor autonomía estratégica. En este sentido, la reciente conferencia de Múnich, evidenció la complejidad del asunto y las tensiones internas que fueron desde un posible acercamiento entre Francia y Alemania, en virtud de una posible doctrina nuclear de disuasión frente a la amenaza rusa, a las voces disidentes como la de España.

La alocución del secretario de estado Marco Rubio fue el momento más esperado por la UE.

En un tono diplomático y conciliador, pero con la firmeza que lo caracteriza, dejó traslucir todo aquello que había unido a ambos a lo largo de la historia, resaltando ser “hijo de Europa” y el “destino manifiesto” que conduce los designios de ambos, aunque subrayó aquellas políticas que en los últimos años condujeron a su declive: la migración y el medio ambiente. En un discurso de tono realista de las relaciones internacionales, apeló a los valores morales compartidos, y señaló que su destrucción trajo consigo la desaparición de una sociedad internacional. En ella se construyen identidades, valores e intereses comunes entre los Estados, lo que permite acercarnos a los problemas de la paz y la seguridad de un enfoque compartido. Este consenso se quebró luego con la falta de una moral compartida. Un planteo que ya Hans Morgenthau realizó finalizada la gran contienda, retomando las ideas al respecto del historiador inglés Edward Carr.

Dentro de su alocución, remarcó también la centralidad de las organizaciones internacionales, subrayando la necesidad de una reforma profunda que sostenga su viabilidad y utilidad, aunque como buen realista, remarcó que su papel para la resolución de las problemáticas en Gaza, Ucrania e Irán fue resuelto gracias al “liderazgo de Estados Unidos y otras potencias” colocando en el centro de las relaciones internacionales nuevamente al Estado.

Frente a este contexto internacional donde el idealismo político encuentra dificultades para adaptarse a la heterogeneidad del sistema internacional contemporáneo. ¿Qué tipo de instituciones internacionales pueden subsistir? El realismo cotidiano se impone a un liberalismo impregnado de promesas normativas. No se trata de negar que los organismos internacionales son instancias importantes para articular recursos de poder de los Estados, y que son parte de un proceso negociador internacional de normas e instituciones, sino de reconocer que el orden internacional continúa estando dictado por una agenda de seguridad, el uso del instrumento militar y el poder duro y que la eficiencia de las instituciones está en función de la voluntad y los intereses de las grandes potencias que las sostienen. La política mundial se desarrolla sobre la búsqueda de poder o de la seguridad, donde la carencia de conformar instituciones robustas es parte de la inevitable desilusión de la mayoría de los integrantes de la comunidad internacional a los proyectos normativos universales, por lo menos hasta nuestros días.

Referencias bibliográficas

Carr, E. (1964). The twenty year ́s crisis 1919-1939. An introduction to the Study of International Relations. Editorial Macmillan.

Mearsheimer, J. (2003), The Tragedy of the Great Power Politics. W. W. Norton & Company.

Morgenthau, H. (1986) Política entre las naciones. La lucha por el poder y la paz. GEL.

Waltz, K. (1988), Teoría de la política internacional. GEL.

Páginas webs

https://www.state.gov/translations/spanish/discurso-del-secretario-de estado-de-ee-uu-marco-rubio-en-la-conferencia-de-seguridad-de-munich

[1] Doctor en Relaciones Internacionales (USAL). Director de la licenciatura en Defensa Nacional (UNDEF). Coordinador del Departamento de Seguridad y Defensa del IRI-UNLP. Miembro de la Comisión Asesora del Doctorado en Relaciones Internacionales (IRI-UNLP).