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¿Es viable un análisis del tablero mundial sin Geopolítica propia?

*  ¿Es viable un análisis del tablero mundial sin Geopolítica propia?

Juan José Borrell[1]

El primer bimestre del 2026 deja un agitado tablero geopolítico internacional difícil de caracterizar. La cantidad, velocidad y contundencia de los acontecimientos en diversos órdenes, obliga a guardar prudente distancia para observar su curso, o bien forzar una apreciación probablemente microscópica con sabor a que aún es precipitada y pronto será obsoleta. Ésta última modalidad más propia del periodismo sensacionalista estilo breaking-news no es adecuada para el campo académico, donde elaborar una reflexión implica una dificultad extra: sostener el supuesto científico de la objetividad para que la producción y transferencia de conocimiento se vea afectada lo menos posible –sin caer tampoco en una estéril corrección política–, cuando con certeza sabemos que existe una dimensión valorativa que desmitifica la asepsia y neutralidad de la ciencia.

Como es conocido, enero inició con el golpe comando por una task-force en Venezuela, y febrero cerró con el bombardeo quirúrgico de Irán, descabezando ambos gobiernos con una precisión abrumadora –aunque sin generar hasta la fecha cambios de régimen. El factor común ha sido la enérgica toma de decisión del gobierno y Fuerzas Armadas estadounidenses como motor de los acontecimientos. A lo largo del bimestre se agregan también hechos que tienen directa o indirectamente a los EE.UU. en el rol protagónico, algunos cambiantes y contradictorios como las marchas y contramarchas de la cuestión tarifas comerciales arrastrada desde el año pasado, o los acuerdos en suspenso parcial como el Unión Europea-Mercosur. Además, limita captar lo significativo en la maraña acontecimental el ruido de anuncios gubernamentales grandilocuentes, y la saturación mediática arropada entre amarillo y gris oscuro repitiendo hasta el hartazgo el vocablo crisis –un mantra naturalizado ya por numerosos divulgadores.

¿Cuál sería el parámetro para sopesar los recientes hechos mundiales? A los efectos de evitar una insípida cronología, o por el contrario, alambicados juicios desde una torre de marfil con pretensión de verdad revelada y ética universal, la clave yace en anclar la reflexión en un criterio estratégico funcional para Argentina y la Defensa Nacional. Aún así, en el ejercicio de nominar, sintetizar y pretender explicar “aquello que acontece”, varios expertos, analistas internacionales y altos funcionarios con un marcado tinte negativo han incurrido en el anatema de las metáforas mecanicistas y biologicistas importadas al receptivo campo de las ciencias sociales y las humanidades. Figuras imbuidas de determinismo que lejos de contribuir a comprender, conducen a juicios parciales, apresurados y fatalistas.

Por caso sentenciar la “fractura” del orden internacional, sugiere la imagen de un gran mecano concatenado en sus engranajes de manera milimétrica, que alguien torpemente vino a quebrar. También diagnosticar la “situación crítica de”, o más aún (por enésima vez) el “declive de Occidente” o la “agonía del globalismo” infiriendo una patología, una condición de enfermedad terminal padecida por cierto ente u organismo que deja atrás una condición saludable; lo cual presupone la armonía natural del orden o el sistema, una suerte de equilibrio homeostático entre partes constitutivas donde el germen causante del des-orden viene de afuera. Serían actores “externos” en su voraz ambición los que alteran el organismo/sistema (internacional), léase China, Putin o un ayatola X. Seguridad es inmunidad del sistema, es decir neutralizar los agentes patógenos que pueden vulnerar el cuerpo.

Sin embargo, ésta vez –y con mayor insistencia en meses recientes– el factor disruptivo señalado es interno: la misma administración presidencial de los EE.UU. Incluso en dos cumbres mundiales de referencia en la esfera noratlántica, del World Economic Forum en Davos y de Seguridad en Múnich, primó dicha perspectiva sobre el futuro inmediato conjunto como algo indigerible. El reporte de la cumbre de Seguridad acusa al actual Ejecutivo estadounidense de demoler desde adentro el orden institucional y las normas que habían establecido en la posguerra. Titulado Under destruction y con imagen de portada un elefante –¿en un bazar? –, el documento menciona más de sesenta veces la palabra destrucción, una veintena disrupción, y por si fuera poco apoda the demolition man a Donald Trump, al que atribuyen impulsar una política exterior de demolición, de topadora (bulldozer) y bola de demolición (wrecking ball) –conceptos repetidos una treintena de veces.

Con el mismo tono pesimista pero sin tantas metáforas ingenieriles como las de los politólogos de Múnich, el ex director ejecutivo de Goldman Sachs y ex Governor del Bank of England devenido en primer ministro de Canadá, Mark Carney, en su proclama de enero pasado en Davos –presentado por el también muy liberal CEO de BlackRock Larry Fink– frente a la «fractura del viejo orden global» y el desafío de «edificar uno nuevo» puso en valor la soberanía estatal –por paradójico que suene y para envidia de los sectores nacionalistas. Por su parte, una revista del mainstream internacionalista como Foreign Affairs divulgó sin demasiados pruritos epistémicos un artículo reciente del reconocido académico Stephen M. Walt, donde formula una analogía zoomórfica del lobo feroz o el león salvaje para caracterizar el gobierno con Trump a la cabeza: EE.UU. es ahora un «Hegemón Depredador». Sólo la prensa más progresista podría aventurar analogías similares.

Los ejemplos podrían seguir. Ahora, la percepción al respecto no se ha disparado sin fundamentos. El anuncio con fuegos de artificio de Trump y su círculo gubernamental de sumar el entero Canadá como un estado más de la unión, y también la insistencia discursiva en anexar territorialmente Groenlandia, contra la voluntad de daneses y media Europa marítima –más el silencio de los aliados conservadores del centro-este–, sumado a hechos como el uso punitivo de aranceles comerciales, más los discursos del Ejecutivo sermoneando a los gobernantes europeos sobre la incontrolable inmigración e islamización de sus sociedades, han servido estos meses para proclamar el quiebre del sistema liberal internacional y conjeturar el fin de la alianza noratlántica.

La eventual escalada del conflicto armado en el golfo Pérsico con involucramiento abierto de las potencias euroasiáticas, serviría de fuerza centrípeta para reunir a los socios recelosos. Pero como también lo desatado a fines de febrero podría finalizar en días o semanas, para evitar la futurología en esta breve nota es preciso observar el ritmo vertiginoso de los acontecimientos. La idea de una utopía global retrospectiva –anterior a Trump/Vance/Rubio/Hegseth y compañía– donde las democracias occidentales puedan continuar business as usual ante la expansión de potencias rivales y la pérdida de una posición relativa, pareciera justificar la postura acusadora antes mencionada: “una vez derrotados los republicanos en las urnas el sistema internacional volverá a su armonía natural”.

En un artículo de mayo de 2025 en la revista universitaria Fortín decíamos que el accionar de EE.UU. parecía tender a reafirmar una presencia geopolítica de alcance hemisférico, proyectándose sobre el espacio continental americano. Reflotar la doctrina Monroe de dos siglos atrás la cual considera el entero hemisferio una zona de influencia propia y en especial Latinoamérica su “patio trasero”, puede interpretarse además en el marco estratégico mayor de balancear la descomunal presencia económica de China en la región, y también compensar cierto repliegue de escenarios más calientes de la arena mundial –en los que por supuesto recientemente tuvo un papel protagónico–, por ejemplo la prolongada guerra en Ucrania con Rusia, o la corrección diplomática frente a la presión de Pekín sobre Taiwán.

Lo que luego hacia finales de 2025 se implementó con la operación militar Southern Spear (Lanza del Sur) en la cuenca del Caribe, confirma en éste primer bimestre aquella percepción pragmática de un año atrás: conato de regime change en Venezuela, negociaciones con Cuba para un posible cambio del anquilosado gobierno, golpes quirúrgicos al narcotráfico en espacio marítimo y asistencia en espacio terrestre como la decapitación del cártel de Sinaloa en México, endurecimiento de la vigilancia y controles de frontera, etc.. La serie de procesos aún en marcha podrían redefinir el escenario geopolítico continental. Sin embargo, considerando una mirada macro que haga foco en Eurasia, el actual bombardeo de precisión en Irán junto con Israel tiene el potencial de abrir la caja de Pandora y modificar lo analizado hace un año. Y no porque las consideraciones sobre un país denominado Irán sean las que tienen todo el peso en el jerárquico tablero mundial, sino porque el escenario geopolítico en juego se ubica en la retaguardia (gran) proveedora de hidrocarburos de China, y antes que eso el “blando vientre” de Rusia.

Frente al movimiento tectónico de las superpotencias en su competencia por dominar espacios y controlar circuitos de recursos naturales, la pregunta de doble cara que nos aguijonea es por un lado, cómo podría impactar en nuestro país y región una escalada bélica en el tablero euroasiático, y por otro, qué tan al Sur puede llegar aquella “lanza” justiciera del Southcom. Más allá del alineamiento del gobierno argentino con la política exterior estadounidense y el fluido diálogo entre presidentes, en círculos del sistema de Defensa genera inquietud la intención de Washington de instalar una base militar en la Patagonia, para contrapesar las bases satelitales chinas de uso dual que se permitieron instalar años atrás, y la cual a su vez podría fungir de trampolín al espacio Antártico y Atlántico Sur. Un principio del realismo nos recuerda que toda potencia sólo negocia simétricamente con actores de peso similar. Entonces, ¿contribuirá ello a la defensa nacional, o al abandonar una posición internacional de neutralidad estamos gestando un conflicto de impredecibles consecuencias?

Si bien la lectura de los virajes de EE.UU. y el pragmatismo en el posicionamiento argentino contribuyen a posibilitar una coyuntura favorable o al menos más estable en un contexto mundial incierto –en lo inmediato en el plano macroeconómico–, para el largo plazo es primordial la gravitación de un código geopolítico propio. Es decir, la hoja de ruta que permita orientar hacia un norte estratégico la alta política nacional –de la cual carecemos desde el período post-Malvinas. De esta manera, el diagnóstico de los acontecimientos globales podría tamizarse de acuerdo a la funcionalidad para los intereses vitales del país, poniendo distancia a lo “mundial” supuestamente urgente, y dando relevancia a lo importante e inmediato. Esto implica la distinción central de no verse involucrado en guerras ajenas, ni descuidar los peligros reales inminentes.

Mientras, en el ámbito académico queda el interrogante sobre cuál rol cumplir frente a la dicotomía: o estéril efervescencia y postureo según tribu de referencia –sea cual sea–, o genuina producción de conocimiento para el crecimiento nacional.

[1] Profesor Titular de Geopolítica Universidad de la Defensa Nacional (UNDEF)