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La guerra entre Estados Unidos e Irán: errores de percepción en un mundo interdependiente

El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron la Operación Epic Fury, la mayor operación militar conjunta en Medio Oriente desde la invasión a Irak en 2003, con el objetivo declarado de destruir el programa nuclear y de misiles balísticos iraní e inducir un cambio de régimen en Teherán.

Sin embargo, tras más de 40 días de conflicto los resultados no fueron los esperados por la Casa Blanca: el régimen de los ayatolás no sólo sobrevivió a los ataques, sino que se radicalizó en términos ideológicos y logró fortalecer su posición negociadora frente a un Estados Unidos atrapado en la retórica y debilitado en la praxis.

Si bien no caben dudas que Estados Unidos sigue siendo la superpotencia militar indiscutida, los recientes acontecimientos ponen de manifiesto lo que Keohane y Nye expusieron en los 70’s: que los recursos de poder no se traducen directamente en control de resultados, es decir, el poder no es fungible y la interdependencia genera costos recíprocos. Así, la retórica coercitiva del presidente Trump de que “la fuerza hace el derecho” reveló una lectura profundamente errónea del escenario internacional.

A pesar de que Irán es vulnerable ante los ataques coordinados entre Tel Aviv y Washington, el régimen islámico demostró una notable capacidad de adaptación en un conflicto asimétrico a través del uso de drones baratos, misiles balísticos, ataques contra bases estadounidenses en países del Golfo y el cierre del Estrecho de Ormuz. Esta capacidad de respuesta generó múltiples costos para la administración Trump.

A nivel económico, el cierre iraní del Estrecho de Ormuz disparó los precios del crudo y provocó una fuerte caída bursátil. El Banco Central estadounidense advirtió que, de prolongarse el shock energético, la inflación podría superar el 3%, colisionando directamente con la prioridad política de Trump de contener los precios antes de las elecciones legislativas de mitad de mandato. Asimismo, la Reserva Federal perdió margen para bajar las tasas de interés. Más aún, Estados Unidos se vio obligado a suavizar las sanciones a las exportaciones de hidrocarburos rusos, emitiendo una licencia temporal con el fin de que el petróleo siguiera fluyendo en el mercado global.

A nivel doméstico y estratégico, el presidente Trump no ha podido demostrar hasta el momento la vigencia de un peligro inminente que explique la ofensiva norteamericana en una región designada por su administración como de “menor prioridad”, que le lleva costando a los contribuyentes más de veinte mil millones de dólares. Peor aún, los continuos ataques debilitaron su capacidad de disuasión frente a posibles conflictos en otras áreas estratégicas.

Desde el punto de vista diplomático, las monarquías del Golfo pusieron en duda la confiabilidad de Washington a causa de la falta de comunicación previa sobre los ataques y a la insuficiente protección de sus territorios frente a las represalias iraníes. Asimismo, las relaciones con sus principales aliados extrarregionales (como la Unión Europea, Japón, Australia y Corea del Sur) también se han visto afectadas.

Más allá de los posibles resultados de este conflicto, en un mundo interdependiente, la acción unilateral estadounidense terminó fortaleciendo a sus propios rivales estratégicos. El ataque perpetrado durante negociaciones diplomáticas y en violación de la Carta de las Naciones Unidas establece un grave precedente que otros actores podrían invocar para justificar acciones similares en sus áreas de influencia. Sumado a lo anterior, la caída relativa de la imagen internacional de Estados Unidos favorece a países como China, quien se posiciona como un actor mesurado y confiable ante la comunidad internacional.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, probablemente el presidente Trump declare que su misión está cumplida pero no será porque Estados Unidos haya alcanzado sus objetivos políticos, sino porque el costo de seguir persiguiéndolos se ha vuelto insostenible: económica, estratégica y diplomáticamente.

El problema de fondo no fue sólo jurídico sino estratégico: Washington intentó ejecutar militarmente lo que no había logrado en la mesa de negociación. La administración careció de propósito, moderación y claridad estratégica para promover sus propios intereses. Todo lo anterior demuestra que ser el más fuerte en el terreno militar no se traduce en una victoria automática y, además, puede generar una alta sensibilidad, algo que el presidente estadounidense sigue sin entender.

Mariano G. Criscenti
Integrante
Departamento de Medio Oriente
IRI-UNLP