El 2026 nos dio un comienzo caótico o por lo menos a quienes intentamos entender lo qué pasa en el mundo. Sin demasiadas dudas, en el centro de la escena estuvo Venezuela, donde hace pocos días Estados Unidos llevó adelante una operación quirúrgica para capturar a Nicolás Maduro. Al mismo tiempo, el aumento de las tensiones en Teherán y la escalada de protestas alimentan las especulaciones sobre una posible caída del gobierno de Jameneí. En Sudán, los conflictos parecen no cesar y sostienen una de las crisis humanitarias más graves del planeta. Y en Ucrania, la paz sigue siendo más una fantasía que una alternativa real, cuando la guerra está por entrar en su cuarto año. Este 2026 se perfila como una continuidad de 2025, un año en el que muchas cosas quedaron a mitad de camino y en el que se dibujaron, con bastante crudeza, vencedores y perdedores dentro del sistema internacional.
Dentro de este esquema hay un actor que parece haber logrado algo más que sobrevivir al caos: no solo mejoró su posicionamiento geopolítico, sino que se coronó como uno de los jugadores con mayor capacidad de influencia y proyección de poder en su región. Israel, mirado desde casi cualquier ángulo, atravesó una sucesión de conflictos en distintos puntos de Medio Oriente y frente a actores muy diversos: desde agrupaciones armadas —los llamados proxies de Irán (Hamás, Hezbolá, hutíes, etc.)— que buscaron desgastar sus capacidades defensivas mediante ataques simultáneos en varios frentes, hasta el propio Irán, que fue su principal contendiente de 2025. En ese marco, la llamada “guerra de los doce díasˮ terminó siendo, desde la lógica de poder, un win–win para Israel: debilitó las capacidades ofensivas iraníes y, con ayuda de Estados Unidos, asestó un golpe clave contra la infraestructura que Teherán necesita para avanzar hacia la bomba nuclear.
Al mismo tiempo, Israel intenta aislar a su principal competidor dentro del mundo occidental: la Turquía de Erdoğan. Tel Aviv busca limitar la participación turca en casi todos los escenarios en los que este actor se desenvolvía, salvo en la negociación de acuerdos para Gaza, donde Ankara fue una pieza clave para alcanzar cierto marco de paz, que hoy no es mucho más que un documento sin efecto práctico donde nadie respeta realmente lo firmado. La reacción más reciente de Turquía frente al avance de Israel la ha llevado a intentar afianzar alianzas militares con otros actores de la región que también compiten con este último, como Arabia Saudita. Ankara busca sumarse al eje militar entre Pakistán y Arabia Saudita porque sabe —o al menos percibe— que, después de Teherán, el próximo objetivo de Israel será debilitar el posicionamiento de Erdoğan dentro de Turquía.
Las protestas en Irán y la forma en que se han intensificado difícilmente puedan explicarse sin algún grado de intervención de los servicios de inteligencia de Israel. El Mossad entiende que, después de los enfrentamientos recientes, Irán atraviesa un momento de debilidad único, y que este contexto abre una ventana para asestar el golpe final contra su principal enemigo estratégico en la región. Tal vez estemos a las puertas de uno de los momentos más importantes de la política de Medio Oriente: la caída de uno de los actores clave del tablero regional.
Siria es otro de los escenarios clave donde Israel encuentra, al mismo tiempo, una gran oportunidad y una enorme preocupación. La llegada al poder en Damasco de Ahmed al-Sharaa, ex combatiente vinculado a Al-Qaeda en Siria, provocó un movimiento estratégico inmediato por parte de Israel: su avance sobre una franja del sur sirio, una zona compartida, para construir un “colchónˮ de seguridad que le permita adelantarse a cualquier intento agresivo del nuevo gobierno sirio.
Estas áreas ocupadas por Israel —sin una justificación sólida en términos de derecho internacional— le permiten asegurarse posiciones estratégicas que ofrecen ventaja militar: anticipar movimientos hostiles desde Siria o, llegado el caso, lanzar un golpe quirúrgico contra el nuevo gobierno si lo considera necesario.
Por otro lado, Israel llevó a cabo uno de los movimientos diplomáticos más contundentes de los últimos años al reconocer a Somalilandia como país independiente, una región que lleva décadas buscando su lugar en el sistema internacional con resultados limitados. En el marco de su nueva estrategia revisionista en el mar Rojo, Israel decidió ser el primer Estado en dar ese paso, abriéndole la puerta a una relación formal con un actor que, hasta ahora, vivía en el limbo del no reconocimiento.
Israel necesita aliados en dicha región por múltiples razones estratégicas. Entre ellas, la posibilidad de una futura campaña contra los hutíes: Somalilandia es un candidato ideal para esa cooperación, porque puede ofrecer acceso potencial a una zona operativa muy cercana al área de conflicto. El reconocimiento también apunta a contrarrestar la influencia de Irán en el mar Rojo. Esta vía marítima no solo es clave para el comercio global, sino también un corredor para el flujo de armas y combatientes hacia el Mediterráneo oriental y, en particular, hacia Gaza. Tener presencia de seguridad e inteligencia en la desembocadura del mar Rojo refuerza directamente los intereses de seguridad nacional de Israel.
Donde Israel parece tener pase libre para hacer prácticamente lo que quiere, sin enfrentar grandes consecuencias —como ha ocurrido históricamente— es en Gaza. A pesar de los acuerdos de alto el fuego, los ataques unilaterales sobre la población palestina continúan de forma recurrente, bajo el argumento de que se trata de operaciones dirigidas exclusivamente contra objetivos que planean o ejecutan acciones contra Israel desde dentro de la Franja.
Algo similar ocurre en Líbano, donde los acuerdos alcanzados parecen tener un efecto limitado. Israel mantiene posiciones clave en zonas sensibles y realiza ataques dentro del territorio libanés con el objetivo declarado de seguir debilitando a grupos armados como Hezbolá, en una dinámica que vuelve frágil y casi simbólico cualquier intento de estabilización duradera.
Como dijimos al principio, no hay una fórmula precisa para determinar quiénes son los vencedores y quiénes los perdedores en Medio Oriente. Pero, con todas las salvedades del caso, Israel parece empezar este año en mejor posición que a comienzos de 2025. Las grietas internas en torno al gobierno de Netanyahu, al menos por ahora, se han calmado, y la idea de una posible destitución quedó en segundo plano. Ese margen político hacia adentro le permite sostener hacia afuera una agenda cada vez más ambiciosa.
Con ese respaldo, Israel se lanza a una política abiertamente revisionista en la región: no se conforma con administrar el statu quo existente, sino que intenta desarmarlo y reemplazarlo por un orden nuevo, en el que pueda controlar buena parte de su entorno geopolítico inmediato y tener un dominio más claro sobre sus competidores regionales. En el horizonte, para ciertos sectores de la elite, asoma la vieja idea del “Gran Israelˮ. El interrogante es si este impulso, que hoy parece darle ventaja frente al resto, no terminará chocando con los límites de la realidad: los costos humanos, la sobrecarga militar y un entorno cada vez más volátil que puede convertir cualquier posición de fuerza en una victoria demasiado cara.
Franco Serrano
Integrante
Departamento de Medio Oriente
IRI-UNLP