El Mundial 2026 terminó formalmente cuando España derrotó a Argentina y se consagró campeona, pero se extendió en un campo de juego diferente: las redes sociales, donde Argentina fue presentada como el país más racista del mundo, una sociedad de descendientes de nazis y nación que merecía ser humillada mediante referencias a las islas Malvinas.
Circularon declaraciones tanto verdaderas como falsas, atribuidas a personajes del deporte y el espectáculo, en muchos casos acompañadas de material recortado y manipulado mediante inteligencia artificial para sostener posiciones de odio, un fenómeno que no puede reducirse a excesos individuales y que, en cambio, entiendo expresa la forma en que se produce, circula y valida el discurso público en la era digital.
Las plataformas sociales actúan mediante un “ver-reaccionar”, sin reflexión entre ambos momentos: el segundo se produce como reflejo inmediato del primero, proceso al que la IA generativa aporta capacidad para generar imágenes que confirmen un prejuicio e intensifiquen la “pulsión” por reaccionar.
El resultado es tan simple como patético: un contenido provoca una reacción; la reacción impulsa su distribución masiva y la distribución sustituye la verificación.
Cuando integramos en ese circuito a celebridades, todo se amplifica y, si luego se retractan, ya para entonces han perdido el control sobre su mensaje inicial.
En consecuencia, no se trata únicamente de quién dijo qué, porque quién compartió, quién creyó porque la imagen parecía real, quién difundió una publicación alineada con su posición previa también importa, y mucho.
Con ello surge una pregunta incómoda: ¿Quién se beneficia del mensaje?
Dos caminos digitales de propagación del odio antiargentino postmundial
Las agresiones contra Argentina tuvieron dos ejes extrafútbolísticos principales: el supuesto carácter de país racista y la búsqueda de humillar el reclamo argentino por Malvinas, un tema muy instalado en el corazón de los argentinos.
No por casualidad, ambos ejes comparten la misma estructura: parten de hechos históricos reales, los simplifican al máximo y los convierten en esencia de un ser nacional argentino, al que presentan como arquetipo único y despreciable.
Veamos: Argentina tiene una historia de racismo y de construcción de una identidad blanca, recibió criminales nazis después de la Segunda Guerra Mundial y mantiene una disputa de soberanía con el Reino Unido por las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur, pero el relato transforma eso en todos los argentinos son hoy racistas, descendientes de nazis o responsables por la Guerra de Malvinas de 1982, donde fueron derrotados por el ejército británico, lo que convierte procesos históricos cercanos o lejanos en el tiempo en una identidad hereditaria asignando a toda la población características degradantes. El salto desde allí a la xenofobia es muy corto.
Racismo y Samuel L. Jackson como paradigma del estúpido útil
El reposteo de Samuel L. Jackson es una pieza importante de lo sucedido: el actor compartió en Instagram una publicación original de SEC Black Alumni Network, una red social y comunidad de exalumnos afroamericanos de las universidades que integran la Conferencia del Sureste de los Estados Unidos, que pedía a las personas negras que no apoyaran a la selección argentina afirmando que el país había sido históricamente “uno de los países más racistas del mundo, si no el más racista”,
Allí comparaba a las personas negras que simpatizaran con el equipo argentino con Stephen, el personaje interpretado por Jackson en Django Unchained, que representaba a un negro esclavizado que colabora con el régimen racial que somete a otros negros (Jaureguy, 2026; La Nación, 2026a) y una imagen de ese personaje vistiendo una camiseta argentina generada por IA acompañaba al post (Operation Sports, 2026), dando a la IA una función argumentativa: transformaba la acusación en una representación visual que producía una asociación emocional eficaz entre Argentina, esclavitud y traición racial (Qu et al., 2023).
La afirmación de Jackson es demasiado burda: decir que Argentina tiene una historia de racismo, invisibilización y blanqueamiento es defendible, pero decir que es “el país más racista del mundo” exigiría un trabajo intelectual que claramente supera las capacidades, y la intencionalidad comunicativa, de ese personaje que, al dirigirse a “las personas negras” como si constituyeran un sujeto político homogéneo, pretende imponer una obligación racial de comportamiento tal que acaba por negar la autonomía y pluralidad de las mismas personas a las que pretende defender.
Por mi parte, no intento negar la historia de discriminación racial argentina, todo lo contrario, al poner el juicio crítico en juego, es fácil hallar que la apariencia predominantemente blanca de la selección tiene antecedentes históricos y no constituye un hecho demográfico neutral.
Según el “Censo de Vértiz” de 1778, que identificaba las categorías coloniales de blancos, indígena, mestizo, mulato y negro, los mulatos y negros eran cerca del 28 % de la población de Buenos Aires (Johnson & Socolow, 1980). Para 1810, año de la Revolución de Mayo que inició institucionalmente el proceso de independencia del entonces Virreinato del Río de La Plata, esa proporción era ya de casi un tercio de la población porteña, la mayoría registrada como esclavizada.
Fuera de Buenos Aires, ese mismo censo ubica en categorías coloniales asociadas con negros, mulatos y zambos al 64 % de la población de Tucumán, el 59 % de la de Catamarca, el 54 % de la de Santiago del Estero, el 46 % de la de Salta y el 44 % de la de Córdoba, demostración de que esas poblaciones eran parte de la sociedad y, en algunas regiones, incluso representaban a la mayoría de los habitantes (Delgado, 2004, p. 166).
Esto cambia la pregunta de ¿por qué Argentina nunca tuvo población negra? Por la de ¿Cómo la población negra llegó a ser representada como inexistente?
Sin hacer un análisis detallado, sabemos hoy que las guerras por la independencia contribuyeron a esa transformación: personas esclavizadas, libertas y afrodescendientes fueron incorporadas a las fuerzas militares y utilizadas como “carne de cañón”. Su participación en los ejércitos no fue una decisión adoptada por ellos en condiciones de libertad, sino que podía ser impuesta por “sus dueños”, ordenada por las autoridades o incentivada por promesas de emancipación.
A ello se agrega que la epidemia de fiebre amarilla de 1871 afectó a una sociedad profundamente desigual en la que los sectores con recursos podían abandonar las zonas de contagio y los sectores populares no, incluso con referencias al ejercicio de poder policial para asegurar que no lo hicieran y aumentaran el riesgo de contagio en las zonas donde se ubicaba la población de mayores recursos
A ello se sumó un proceso político de promoción estatal de la inmigración europea. El artículo 25 de la Constitución argentina, aún vigente, ordena al gobierno federal fomentar la inmigración europea, la mayor expresión de un proyecto de construcción nacional que asociaba Europa con civilización, ciencia y modernidad. La llegada masiva de europeos blancos, especialmente de España e Italia, contribuyó a modificar las proporciones demográficas.
Ese proyecto político estuvo acompañado de una narrativa de la Argentina como una nación blanca, que redujo la negritud a un rol folclórico del pasado colonial. La “invisibilización” de los negros en la historia argentina fue premeditada y se extiende, aunque con menor intensidad, hasta nuestros días.
Goebel (2026) advierte que la invisibilización estadística no explica toda la disminución registrada de la población negra y sostiene que estos procesos pueden haber estado vinculados a un descenso demográfico asociado a condiciones estructurales adversas.
El último Censo Nacional, realizado en 2022, registró 302.936 personas que se reconocieron afrodescendientes o con antepasados negros o africanos, equivalentes al 0,7 % de la población en viviendas particulares (Instituto Nacional de Estadística y Censos [INDEC], 2024), pero tras siglos de invisibilización y negación, es muy posible que el autorreconocimiento esté expresando desconocimiento y negación de quienes viven hoy en Argentina de sus raíces o que subsista algún tipo de “vergüenza”.
La Argentina predominantemente blanca es resultado de procesos históricos y políticos intencionados. Una selección nacional argentina puramente blanca expresa procesos históricos de colonialidad similares a los del colonialismo de la selección francesa, entre otras selecciones europeas.
Otra crítica racializada fue la ausencia de negros en la selección Argentina, y quiero ser muy claro al respecto: la composición racial de una selección no es expresión de integración social y la presencia de jugadores negros o hijos de migrantes en selecciones europeas posee un valor más simbólico que real.
Lamine Yamal nació en España y es hijo de un padre marroquí y una madre ecuatoguineana. Su participación en la selección española cuestiona concepciones étnicamente cerradas de nacionalidad, pero su éxito esconde la forma en que son tratados los hijos de migrantes marroquíes en España y los estereotipos que se les asignan.
Francia presenta una paradoja similar: sus selecciones cuentan desde hace tiempo con jugadores negros como Kylian Mbappé, Ousmane Dembélé o N’Golo Kanté, descendientes de poblaciones africanas y caribeñas, un reflejo de la diversidad de la sociedad francesa, así como de su pasado colonial, y solo demuestran que un deportista excepcional puede ser símbolo nacional mientras otros integrantes de su comunidad enfrentan discriminación laboral, segregación residencial o cuestionamientos sobre su pertenencia.
Las selecciones nacionales son portadoras de fragmentos de historia: migraciones, esclavitud, blanqueamiento, y sus camisetas proporcionan indicios y plantean preguntas.
Las redes producen una Argentina, una España y una Francia inexistentes y dejan pasar una hermosa oportunidad para hablar de lo que se suele callar por privilegiar imaginarios odiantes o endiosantes.
Es Malvinas, no Falkland, y son argentinas
Después de que los jugadores argentinos mostraran la bandera “Las Malvinas son argentinas” tras superar a Inglaterra en semifinales, el periodista británico Piers Morgan publicó en X: “Idiotas sin clase. Espero que España los aplaste tan mal en la final como los aplastamos en la Guerra de las Malvinas” (Morgan, 2026, como se citó en La Nación, 2026b).
El uso de la cuestión Malvinas como instrumento de humillación muestra con toda crueldad como se produce una inversión colonial entre el “nosotros” europeo poderoso y el “ustedes” subordinado y colonializado.
Las Malvinas integran la lista de territorios no autónomos (colonias, bah) de la ONU desde su confección inicial, en 1946, y generaron la única guerra entre países del bloque occidental que tuvo lugar durante la Guerra Fría, impulsada por una dictadura genocida que gobernaba la Argentina, que envió a luchar a chicos de 18 años, mal armados, mal alimentados y en zapatillas (recomiendo ver la película “Los chicos de la Guerra” para entender más).
Podemos poner en discusión el tratamiento que da Argentina a sus excombatientes, el uso político de la causa, las responsabilidades de los genocidas y altos mandos militares en la guerra, la política exterior argentina sobre Malvinas, pero no negar que existe allí una cuestión colonial y sangre derramada por jóvenes argentinos a los que el pueblo reconoce mucho más que casi todos sus dirigentes.
Cuando una bandera con la frase “Las Malvinas son argentinas” es presentada como una provocación ilegítima vemos la inversión ideológica de la que hablamos: el problema es la bandera en sí misma, no lo que ella transmite, y deja sin tocar la relación de poder que existe detrás. La potencia ocupante es víctima y la sociedad que reclama es victimaria. Un espectáculo triste.
Como agresora, la Argentina aparece expresando una sociedad violenta y atrasada, actualizando la narrativa colonial, lo que pone bajo observación a toda Latinoamérica, la misma que en la redes ha negado que Argentina sea Latinoamérica, reactivando y perpetuando el sentido de una política que es expresión de colonialidad y reactualizando la narrativa de que “los argentinos descendemos de los barcos”, lo que reactualiza la historia de invisibilización de la negritud y las diversidades por la que, al mismo tiempo, se acusa al país de racista. Interesante y maquiavélico giro discursivo-político.
La responsabilidad de compartir y “dar like”: Rosalía y la confesión perfecta
El episodio de Rosalía fue diferente, pero ofrece una representación aún más precisa del funcionamiento habitual de las plataformas.
La cantante compartió en TikTok un video publicado por Mia Khalifa donde se burlaba de Argentina. Tras recibir fuertes críticas de sus seguidores argentinos, la cantante eliminó la publicación y explicó: “Le di a compartir porque sonaba ‘La perla’ (una canción de Rosalía), ni leí lo que ponía. Mala mía. Perdón” (Prieto, 2026).
La explicación, por sincera, es significativa y una demostración del circuito de reacción refleja que mencionamos antes: escuchar su canción fue estímulo suficiente para compartir, acción más fuerte que dar “like” porque amplifica la llegada del contenido a nuevos públicos.
Reaccionar a publicaciones sin leerlas no es un acto aislado de Rosalía, sino una práctica extendida en las redes que cualquiera que participe en ellas puede registrar sin problema ni esfuerzo: en ellas, el usuario no necesita conocer, y mucho menos entender, un contenido para intervenir en su circulación.
La retractación genera una serie de problemas propios: el contenido original ya circuló unido a una figura pública y la disculpa aparece después y dentro de un contexto defensivo, y queda planteada la duda, en casos como el de una cantante que pronto llegará a la Argentina a dar conciertos, sobre si es real o hasta qué punto se mezcla con intereses comerciales dado que en el país se inició inmediatamente después de su primer post un llamado a devolver entradas para sus conciertos (El País, 2026).
No se trata de afirmar que una rectificación carece de valor, sino de reconocer la asimetría estructural que existe entre esta y la publicación original: la primera se incorpora a la cadena emocional que impulsa la controversia mientras que la segunda se integra en un proceso “de odio” que ya adquirió autonomía.
La frase “no lo leí” de Rosalía explica el problema con más precisión que cualquier teoría sobre manipulación algorítmica, y la respuesta, creo, implica sumar a la responsabilidad un segundo componente igualmente relevante: repensar la alfabetización digital, que está dando por hecho un elemento central que la realidad desmiente, como lo es la lectura del mensaje previo a su diseminación o reacción.
La pregunta oculta
Al abrir este texto dijimos que una pregunta que necesitaba respuesta es la de quién se beneficia de este odio o, para decirlo más claro, quiénes encuentran ventajas en presentar a la Argentina en una identidad única, homogénea y degradada.
La primera respuesta surge de forma casi natural: quienes necesitan ocultar relaciones históricas de poder y apuestan por crear cortinas bajo la forma de una condena moral contra el país subordinado.
Nuestros primeros candidatos a beneficiarios son, entonces, los viejos y nuevos imperios, reciban ese nombre o no.
El odio antiargentino también puede favorecer proyecto nacional-fascistas, contra los que el progresismo protesta en escenarios internacionales: al ser incapaz de distinguir la acción política de los gobiernos de las sociedades que gobiernan provocan una unidad entre ambos que no es siempre real, lo que contribuye a debilitar a quienes resisten dentro de un país políticas de injusticia social y violaciones a los derechos humanos o a los derechos de los grupos vulnerables, volviendo la acción progresista internacional en contra de quienes defienden ideas sociales dentro del país. Esto es Maquiavelo recargado.
También se benefician los nacionalismos reaccionarios que utilizan el agravio externo para justificar xenofobia, persecución de extranjeros, hostigamiento digital o silenciamiento de disidencias, en una u otra dirección según hablemos de Argentina o del resto del mundo, en un juego donde los extremismos crean sus propias condiciones de potenciación: “yo te odio”, “yo te odio más, “no, yo te odio más”
Y, como siempre, se benefician los que se benefician siempre (esto no es un error de escritura): las grandes empresas tecnológicas de internet y la IA: Fulay & Roy (2026) y Falkenberg et al. (2024) han mostrado que la hostilidad dirigida contra grupos externos y el lenguaje tóxico están directamente relacionados con la interacción en redes sociales y, agrego yo, eso implica mayor uso de la IA por facilitación de contenidos falsos (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura [UNESCO], 2026).
Las plataformas no necesitan adherir políticamente al mensaje, solo dejarlo circular en nombre de la democracia digital: el algoritmo se encarga del resto, distribuyendo los contenidos.
Conclusiones
Una publicación sin fuentes se convierte en diagnóstico histórico; una imagen generada por IA es un argumento; una celebridad comparte sin leer e intenta una retractación que ya no es plenamente posible; miles de personas responden con nuevas generalizaciones, teorías conspirativas o campañas de hostigamiento; otros tantos miles completan su significado mediante reacciones, comentarios y nuevas publicaciones.
La IA no inventó el racismo, la xenofobia ni el nacionalismo, ni las redes son el origen de la búsqueda de humillar al adversario o de crear teorías conspirativas, pero ambas herramientas, puestas al alcance de un público masivo, modifican la escala, la velocidad y los costos de esas prácticas.
El problema tecnológico nace de la forma en que las personas organizan su atención y gestionan su responsabilidad, sumado a otros elementos como el uso del anonimato, la tendencia a creer lo que se ve, etc., y por eso una sociedad democrática necesita de gente dispuesta a interrumpir cadenas de odio tanto como de sistemas de detección de contenidos sintéticos.
Identificamos algunos beneficiarios de este proceso, pero ¿quiénes pierden? Cuando el odio se apodera del discurso, todos los que creemos en los derechos humanos, la democracia, la diversidad, el diálogo.
Samuel L. Jackson, Piers Morgan y Rosalía representan presencias diferentes del mismo ecosistema, donde el primero amplificó un mensaje de odio, el segundo utilizó la humillación en una situación sensible y desplazó el foco de reclamo, y la tercera actuó de manera absolutamente irresponsable.
Aunque la diferencia de intención importa, esos episodios demuestran que el alcance de una cuenta en una red social no necesariamente es proporcional al cuidado con el que se utiliza, y creo que es hora de asignar responsabilidades especiales a las personas y entidades cuyas cuentas en redes sociales superen un cierto umbral, porque su capacidad de causar daño es inmensa: quien redistribuye un contenido aporta su audiencia, reputación y capacidad de legitimación de lo publicado.
A veces, el gesto político más importante en una red social es no presionar todavía el botón de compartir.
Javier Surasky
Coordinador
Centro de Inteligencia Artificial y Relaciones Internacionales
IRI-UNLP
Referencias
Delgado, F. (2004). Población negra y afromestiza en el noroeste argentino. En B. A. R. Cáceres (Ed.), Los afroandinos de los siglos XVI al XX. El caso de la jurisdicción de Jujuy. Un estado de la cuestión y líneas temáticas que se perfilan (pp. 161-178). UNESCO. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000141269
El País. (2026, 22 de julio). Rosalía pide perdón tras la tormenta digital en Argentina por compartir un vídeo de la victoria de España. El País. https://elpais.com/cultura/2026-07-22/rosalia-pide-perdon-tras-la-tormenta-digital-en-argentina-por-compartir-un-video-de-la-victoria-de-espana.html
Falkenberg, M., Zollo, F., Quattrociocchi, W., Pfeffer, J., & Baronchelli, A. (2024). Patterns of partisan toxicity and engagement reveal the common structure of online political communication across countries. Nature Communications, 15, Article 9560. https://www.nature.com/articles/s41467-024-53868-0
Fulay, S., & Roy, D. (2026). Language model estimates indicate increased outgroup animosity among a sample of politicians, journalists, and partisan users on Twitter and Reddit. Scientific Reports, 16, Article 16617. https://doi.org/10.1038/s41598-026-43342-w
Goebel, M. (2026). Gauging the Black undercount: Race and censuses in nineteenth-century Buenos Aires. Social Science History, 50(1), 114–144. https://doi.org/10.1017/ssh.2025.10101
Instituto Nacional de Estadística y Censos. (2024). Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2022: Resultados definitivos. Población afrodescendiente o con antepasados negros o africanos. INDEC. https://www.indec.gob.ar/ftp/cuadros/poblacion/censo2022_poblacion_afrodescendiente.pdf
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Johnson, L. L., & Socolow, S. M. (1980). Población y espacio en el Buenos Aires del siglo XVIII. Desarrollo Económico, 20(79), 329–349. https://doi.org/10.2307/3466434
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