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Turquía, Arabia Saudita y Pakistán: la alianza que expresa una nueva realidad del poder regional y global

El «Acuerdo Conjunto de Defensa de La Meca», firmado el 7 de agosto de 2026 por Arabia Saudita, Turquía y Pakistán, es un hito geopolítico. Este debe leerse como parte del re-equilibrio político-estratégico regional que se da hace unos años, en el marco de la actual transición de poder mundial donde Eurasia cobra cada vez mayor centralidad, donde se observa una creciente capacidad de las potencias medias regionales de actuar como actores emergentes en un mundo relativamente multipolar.

Este reequilibrio ya se expresa, entre otras cuestiones, en el papel creciente de China en la región como gran comprador, inversor, centro diplomático y motor de iniciativas multilaterales; la convergencia Rusia en la OPEP+ liderada por Arabia Saudita; el acercamiento saudí-iraní mediado por Beijing; la incorporación de actores de la región a las nuevas asociaciones euroasiáticas como los BRICS+ (donde Irán, Egipto y EAU ya son nuevos miembros, Arabia Saudita se debate en su posible incorporación y Turquía solicitó el ingreso) o la Organización para la Cooperación Shanghái (que integra Pakistán y también Irán); y el declive relativo de la influencia de EEUU y el Occidente geopolítico, que antes dominaban la región. El fracaso de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán aceleró este proceso.

El pacto no debe interpretarse simplemente como la creación de un nuevo bloque antioccidental, pero tampoco anti-Irán –luego del fracaso de la guerra de Estados Unidos e Israel contra el país persa, que terminó por fortalecer su posición en la región y en el tablero geoeconómico mundial. Más bien constituye un “hedging geopolítico” –una especie de cobertura a partir de la diversificación estratégica—, mediante el cual potencias regionales buscan reducir su dependencia de una sola gran potencia, a la vez que contener otros actores locales. Pero a su vez, fortalece su agencia, es decir, su autonomía relativa y la posibilidad de acción geoestratégica.

Un Mecanismo de Defensa Colectiva

El acuerdo establece que un ataque armado contra cualquiera de los tres países será considerado un ataque contra todos. Su objetivo declarado es fortalecer la «disuasión colectiva» en un contexto de gran inestabilidad, exacerbado por la guerra de EE.UU. e Israel contra Irán. En términos de la perspectiva que venimos trabajando, se puede interpretar como otro indicador de la regionalización de la seguridad internacional.

Pakistán es la única potencia nuclear de mayoría musulmana. País de gran población y con importantes vínculos con China, protagonista central en la mediación entre Estados e Irán, Islamabad busca reforzar su seguridad y su papel como mediador, aunque ha dejado claro que el pacto no implica convertirse en un «paraguas nuclear». En términos geográficos, es un país del Índico con penetración en Asia Central, que articula el llamado “Oriente Medio” (o la región central de Afro-Eurasia), con la región sur de Eurasia en dónde se destaca India (su rival secular).

Arabia Saudita posee un enorme poder financiero e hidrocarburífero, y tiene una posición central en el mundo musulmán suní. Necesita un nivel adicional de seguridad ante la percepción de que la garantía de EE.UU. es cada vez más limitada, el proyecto de “Gran Israel” es un vector de inestabilidad e Irán está quedando fortalecido luego de la guerra, lo que repercute en Yemen.  Además, Riad tiene vínculos comerciales con China cada vez más profundos, que incluyen el sensible aspecto monetario.

Por su parte, Turquía posee el segundo ejército más grande de la OTAN y tiene una importante industria de defensa, a la vez que busca ser una potencia emergente con autonomía de Washington. Se muestra cada vez más confrontativo con Israel y tiene un punto de disputa clave en Siria. Está ubicado entre tres regiones: la península occidental de Eurasia (Europa), el espacio Medio Euroasiático y “Medio Oriente”.  Además controla el paso del Mar Negro con el Mediterráneo y es un actor importante en la zona del Cáucaso y en el Norte de África (especialmente Libia). Busca consolidar su rol como «actor clave de seguridad regional» y ha enfatizado el carácter defensivo del pacto.

¿Shatterbelt o parte del mundo emergente?

En trabajos previos (“BRICS+ and the Global Power Transition”), utilizo la definición de shatterbelt de Samuel Cohen para esquematizar el dilema actual de “Medio Oriente”, Asia Occidental ampliada o la región central de Afro-Eurasia. El concepto de shatterbelt refiere a una región geopolítica que está fragmentada, carece de consenso político, está atravesada por conflictos intraestatales e interestatales, es escenario de competencia entre grandes potencias externas que buscan influencia y funciona como un «campo de batalla» donde se dirimen las disputas hegemónicas.

En la actualidad, ¿la región continúa funcionando principalmente como un shatterbelt de las grandes potencias o comienza a constituirse en un espacio de articulación autónoma del mundo emergente? Probablemente, en la transición, veamos elementos de ambas cosas. De hecho, el Acuerdo de La Meca podría ser presentado como una manifestación de la segunda tendencia dentro de una región que todavía conserva muchas características de la primera.

La alianza refuerza una tendencia hacia un sistema mundial multipolar (en términos relativos y asimétricos), donde actores como Turquía, Arabia Saudita y Pakistán buscan seguridad a través de alianzas propias. A la vez, intenta posicionarse como una suerte de nuevo polo de poder en el mundo islámico. Aunque no sea una «OTAN islámica», el acuerdo reúne a tres de las naciones musulmanas más poderosas, creando un nuevo espacio de articulación que podría mediar en conflictos, desafiar la influencia de otras potencias en la región y proyectarse globalmente. En otras palabras, la coordinación entre potencias regionales de diferente escala permite alcanzar niveles de autonomía que ninguno de esos Estados podría conseguir aisladamente.

Por otro lado, hay que insistir en el hecho de que el pacto simboliza el cuestionamiento y debilitamiento relativo de las llamadas Garantías de Seguridad de EE.UU. y el fin de una era en la que EE.UU. era el árbitro de seguridad en Oriente Medio.

El Acuerdo de La Meca es un síntoma claro de la transición hacia un mundo multipolar, relativo y asimétrico. Constituye una afirmación de autonomía relativa por parte de actores que buscan garantizar su seguridad en un contexto de Guerra Mundial Híbrida y Fragmentada. Su éxito o fracaso dependerá de su capacidad para traducir su cooperación en una disuasión creíble y de cómo navegue las tensiones internas y las presiones externas en este nuevo y volátil escenario geopolítico.

Gabriel Merino
Coordinador
Departamento de Eurasia
IRI-UNLP