Hace dos siglos, Bishkek —la actual capital de Kirguistán— era apenas un fuerte de barro establecido en 1825 sobre una de las rutas de la antigua Ruta de la Seda. La pequeña fortaleza formaba parte del kanato de Kokand, antes de quedar incorporada al Imperio ruso y, posteriormente, a la Unión Soviética. Su ubicación expresa, en cierto sentido, una continuidad histórica: Bishkek se encuentra en el corazón de un espacio euroasiático que durante siglos funcionó como un punto de conexión entre grandes civilizaciones, poderes políticos y circuitos comerciales.
Dos siglos después, la ciudad volvió a ocupar un lugar destacado en la geopolítica mundial. Allí se celebró recientemente una nueva cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), mientras que, pocas semanas después, Nueva Delhi fue sede de la XVIII Cumbre de los BRICS+. La sucesión de ambos encuentros permite observar una transformación de mayor alcance: la creciente centralidad de Eurasia en la configuración de un nuevo mapa del poder mundial.
En un lapso de apenas dos semanas, dos cumbres consecutivas —la de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) en Bishkek y la del BRICS+ en Nueva Delhi— pusieron en escena la arquitectura institucional que las potencias no occidentales vienen construyendo para gestionar, desde adentro, un orden internacional cada vez más multipolar.
La OCS en Bishkek: veinticinco años de un proyecto euroasiático
La cumbre de Bishkek marcó el 25° aniversario de la organización y cerró el año de presidencia rotativa de Kirguistán, que pasa ahora a manos de Pakistán. Participaron los diez miembros plenos —China, India, Pakistán, Rusia, Bielorrusia, Irán, Kazajistán, Kirguistán, Uzbekistán y Tayikistán—, que en conjunto representan más del 40% de la población mundial, además de observadores y el propio Secretario General de la ONU, António Guterres.
En un cuarto de siglo, la OCS se consolidó como la asociación continental que expresa con mayor claridad la centralidad de Eurasia en la transformación del sistema mundial. Contiene, en un mismo espacio institucional, a los principales actores del escenario multipolar relativo y asimétrico que hoy se configura: China, India y Rusia, el histórico «triángulo geoestratégico» imaginado por Yevgueni Primakov a fines de los años noventa como contrapeso a la unipolaridad estadounidense. A ese triángulo se le superpone hoy otro, de matriz más explícitamente confrontativa desde la perspectiva Occidental: el que integran China, Rusia e Irán, al que ciertos sectores de la política occidental caracterizan como un «eje» revisionista del orden liberal internacional.
Ese segundo triángulo quedó a la vista en uno de los gestos más significativos de la cumbre: el respaldo político a Irán. La declaración final condenó los ataques sufridos por el país persa y transmitió un mensaje inequívoco de que Teherán no está aislado dentro del bloque euroasiático. En contraste, la guerra en Ucrania no mereció mención alguna en el documento.
En ese contexto, resulta especialmente significativo que India haya suscripto la declaración conjunta. Nueva Delhi mantiene una relación cercana con Washington y Tel Aviv, y su participación en un documento que respalda a Irán no es un detalle menor. India constituye, de hecho, un caso paradigmático para comprender la dinámica multipolar contemporánea: su apuesta por la autonomía estratégica converge con su voluntad de presentarse como potencia emergente identificada con el Sur Global y el ascenso asiático. Su rivalidad estructural con Pakistán y la competencia estratégica que mantiene con China tampoco le impiden ser parte activa de organizaciones como la OCS o el BRICS+ y coexistir de manera constructiva con ambos países dentro de esos foros. Esta capacidad de sostener alineamientos múltiples y aparentemente contradictorios es, quizás, uno de los rasgos más distintivos del sistema multipolar en formación.
Más allá de los gestos políticos, la cumbre avanzó en la ampliación de la arquitectura de cooperación para el desarrollo y la seguridad, cristalizada en 28 documentos que abarcan desde la conectividad de corredores euroasiáticos hasta planteos en materia monetaria y financiera —un terreno donde la organización todavía exhibe más anuncios que resultados concretos, pero que marca una dirección de trabajo sostenida en el tiempo.
BRICS+ en Nueva Delhi: el peso estructural del Sur Global
Apenas unos días después, Nueva Delhi fue sede de la XVIII Cumbre del BRICS+, bajo el lema «Construir para la resiliencia, la innovación, la cooperación y la sostenibilidad». El encuentro reunió a los once miembros plenos del bloque —Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, Egipto, Etiopía, Irán, Indonesia, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita—, junto a diez países socios y a los titulares de la ONU, la OMS, la OMC y el Nuevo Banco de Desarrollo.
Los números que exhibe el bloque bastan para dimensionar su peso estructural: cerca del 49% de la población mundial, el 40% del PBI global medido en paridad de poder adquisitivo (frente a poco más del 30% del G7) y el control de más del 41% de las reservas probadas de petróleo. Se trata, en otras palabras, de una agrupación que ya no puede leerse como una curiosidad diplomática, sino como un actor con capacidad efectiva de incidir sobre las reglas de la economía y la política internacional. Como analizo en algunos trabajos, el BRICS+ no es un bloque militar, político y económico en sentido estricto, sino que expresa, más bien, al «bloque histórico» de fuerzas emergentes en la reconfiguración del sistema mundial.
La Declaración de Nueva Delhi, de 140 puntos, fue adoptada por unanimidad tras negociaciones que se extendieron hasta último momento. El documento reclama un orden multilateral «más representativo y justo», mayor participación de África, Asia y América Latina en los organismos de gobernanza global, y la expansión de los pagos en monedas locales entre los socios del bloque. Al igual que en Bishkek, el consenso tuvo un límite: la declaración evitó pronunciarse directamente sobre la guerra contra Irán para no poner en riesgo la unidad del grupo, pero sí se rechazaron las medidas coercitivas unilaterales y se insta al diálogo.
Además, la Declaración de Nueva Delhi incluyó un punto interesante expresando su seria preocupación por los ataques deliberados contra infraestructuras civiles e instalaciones nucleares pacíficas que están bajo la supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA): es un lenguaje fuerte aunque no nombre a Estados Unidos e Israel directamente.
En el plano de las propuestas de mayor alcance estratégico, Xi Jinping planteó avanzar hacia un «Gran BRICS» articulado en torno a redes industriales y de inteligencia artificial integradas, mientras que Vladimir Putin presentó al bloque como pilar de un orden multipolar dotado de sistemas financieros propios, menos dependientes de la infraestructura occidental.
Matices entre ambas cumbres
La comparación entre los dos documentos finales permite advertir matices que revelan los distintos equilibrios de poder internos de cada organización. A diferencia de la OCS, la declaración del BRICS+ no condena explícitamente los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, aunque como se mencionó sí rechaza las medidas coercitivas unilaterales y llama al diálogo. También expresa un rechazo unánime a las acciones económicas unilaterales —las sanciones, en particular—, que constituyen hoy una de las herramientas centrales de la guerra económica que Estados Unidos y el resto del Occidente geopolítico despliegan contra sus adversarios. El bloque respaldó, asimismo, la solución de dos Estados para el conflicto entre Israel y Palestina.
Estas diferencias de tono no son casuales: reflejan la mayor heterogeneidad del BRICS+ —que incluye a Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, socios de Washington, o a países como Brasil y Sudáfrica donde suele pesar más la influencia del Occidente geopolítico— frente a una OCS donde hay un mayor margen para imponer un lenguaje más confrontativo.
En materia económica, ambas cumbres coincidieron en avanzar sobre una agenda de progresiva desdolarización: mayor uso de monedas nacionales en el comercio entre socios, interoperabilidad de los sistemas de pagos y fortalecimiento de organismos financieros alternativos, como el Nuevo Banco de Desarrollo. En el terreno tecnológico, China propuso además avanzar en el desarrollo de una inteligencia artificial de código abierto, en lo que puede leerse como un intento de ofrecer una alternativa a los estándares tecnológicos definidos hoy casi con exclusividad por Estados Unidos.
Una arquitectura en construcción
La OCS ni el BRICS+ no constituyen alianzas homogéneas ni bloques cerrados: conviven en su interior rivalidades tan profundas como las que enfrentan a India con China y con Pakistán, o intereses tan divergentes como los de Arabia Saudita e Irán. Justamente, una de sus virtudes centrales es organizar las fuerzas emergentes de un sistema cada vez más multipolar, a la vez que contener los conflictos entre sus miembros. Esa capacidad de sostener el diálogo y construir consensos claves en las fuerzas político-sociales emergentes, que también presentan agendas e intereses contrapuestos, es lo que confiere valor estratégico a ambas asociaciones.
Bishkek y Nueva Delhi no representan la conformación de un bloque antioccidental monolítico, sino la consolidación de espacios institucionales —una arquitectura flexible de cooperación— donde las potencias emergentes y el Sur Global construyen, con matices propios, los términos de un nuevo «orden mundial» que ya no admite ser pensado exclusivamente desde las capitales del Atlántico Norte.
Gabriel Merino
Coordinador
Departamento de Eurasia
IRI-UNLP