29 de julio de 1981. Boda de Lady Di y el príncipe Carlos

29 de julio de 1981. Boda de Lady Di y el príncipe Carlos

La irrupción de las cámaras automáticas pronto causaría estragos en una institución donde lo sagrado se asemejaba a lo oculto, a  lo misterioso. A través del lente, toda esa pompa se desvanecía, quedaba la herrumbre de un sistema fatigado.

Transcurrían los primeros años de la década del 80 cuando sociedad la británica se encontraba convulsionada por la redefinición de los nuevos paradigmas, el desencanto de la juventud con los modelos ya establecidos, sumado a la recesión y el desempleo que contribuyeron a la agitación y el desorden en las calles. No  creaba un ambiente alentador.

La fugaz vida de Diana Spencer fue consumida vorazmente por la atención mediática. Las infidelidades, las discusiones, las obligaciones, todo se convertiría en espectáculo.

La masificación del público y el interés desmedido por la vida de la realeza, alimentado por la prensa sensacionalista, desafiaba las normas de una familia que se jactaba de ser conservadora y reservada. Se suponía que el matrimonio de Carlos y Diana debía actuar como bálsamo frente a la imagen negativa que representaba la monarquía. La corona reposaba en la tradición, en el pasado, en los valores, y eso implicaba la fidelidad en el matrimonio, al menos públicamente.

Diana entró en la vida del príncipe cuando éste perdió a su mentor, a su tío abuelo, Lord Louis Mountbatten, quien había sido el último virrey de la India. Cercano a la corona, era la experiencia viva del sacudón que vivió la Casa Windsor tras la abdicación de Eduardo VIII  (1936) ante la negativa de su familia de aceptar como esposa a las dos veces divorciada, Wallis Simpson. Para evitar poner en aprietos a la corona nuevamente, Dickie, apodo del ex virrey, tuvo una relación paternal con el futuro rey del Reino Unido, aconsejando sobre cómo debería ser su futura esposa e incluso haciendo de casamentero entre el príncipe y su nieta, Amanda Knatchbull.

El  asesinato de Lord Mountbatten fue reivindicado por el IRA, un grupo nacionalista irlandés que veía a Inglaterra y, por lo tanto, a la casa Windsor como una fuerza invasora. En este sentido, Mountbatten era la personificación del imperio británico.

En cuanto a la vida amorosa del príncipe Carlos, esta estuvo vinculada a varias mujeres, entre ellas Camila Parker Bowles y Sarah Spencer, la hermana mayor de Diana. Sin embargo, Carlos encontró en Diana las cualidades que Mounbatten resaltaba que toda futura esposa de un rey debería de tener, creía que con el tiempo la amaría y que podría dejar en el pasado su turbulenta vida amorosa, y sobre todo lafuerte relación que lo unía a  Camila

Tras solo unos pocos meses de noviazgo, la joven pareja anunciaba su compromiso.

La princesa provenía de una familia aristocrática muy influyente en el mundo político, entre sus ancestros podemos encontrar: caballeros, embajadores, siete presidentes norteamericanos y un primer ministro, Winston Churchill.

La futura reina de Gran Bretaña pensaba quesu paso a la monarquía la despojaría de todo el dolor y el trauma que arrastraba desde su niñez, como el divorcio de sus padres, los desórdenes alimentarios y la necesidad de ser aceptada en su entorno, pero la fantasía pesó más que la realidad,ycreyóque encontraría todo ese amor y compasión en la realeza.

El 29 de julio de 1981, a los 20 años de edad, la joven Diana le decía que ¡SÍ!al hombre más codiciado del Reino. La entrada nupcial por la catedral de San Pablo era vista por más de 750 millones de espectadores, entrelazando no solo el destino del príncipe y la princesa de Gales sino además el de Camila Parker Bowles.

Lady Diana, indudablemente, fue una figura disruptiva: intervino en fundaciones que la realeza no acostumbraba apadrinar como la visita a pacientes con VIH o los refugios londinenses para personas sin techo.

Su magnetismo no pasó desapercibido en la arena política, la imagen que irradiaba la princesa fue aprovechada por la política exterior británica. Era recurrente su presencia en cenas con embajadores o en los viajes diplomáticos. Incluso se propició un acercamiento entre la reina de corazones y el primer ministro laborista Tony Blair.

¿Será que Lady Diana estaba predestinada a convertirse en princesa? Sin lugar a dudas era algo que ella deseaba. Gran parte de su vida fue cubierta por las cámaras.

Si Diana hubiera restaurado la tradición de los griegos de consultar el oráculo para saber que le depararía su nueva vida, ¿habría dicho que no?

La imagen idílica, el cuento de hadas era solo una invención no hecha para humanos.

María Emilia Hassan
Colaboradora de la Red Historia de las Relaciones Internacionales (CoFEI)
Departamento de Historia
IRI – UNLP

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