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Estados Unidos, Irán y una guerra: grandes interrogantes y escasas certezas ante la nueva escalada en Medio Oriente

El jueves, en la ciudad de Ginebra, tuvo lugar la tercera ronda de negociaciones entre Estados Unidos y la República Islámica de Irán, con el objetivo de llegar a un acuerdo en torno al programa nuclear iraní. Los mediadores omaníes destacaron la labor colaborativa de ambas partes, la cual ha dotado a la negociación de un ritmo lento, pero estable. Si bien la tercera ronda de negociaciones concluyó sin acuerdo, se programó un cuarto encuentro en Viena para la semana siguiente, una fecha próxima al vencimiento del plazo de entre 10 y 15 días establecido el pasado jueves 19 de febrero por el presidente norteamericano Donald Trump para la conclusión del acuerdo.

Si bien existen trascendidos sobre las posiciones de las partes durante el intercambio, las certezas son escasas. De cualquier manera, fuentes periodísticas destacaron que Washington habría solicitado que Irán renuncie a la hipotética intención de obtener armamento nuclear, destruya las instalaciones nucleares iraníes de Fordow, Natanz e Isfahan, entregue los 600 Kg. de uranio enriquecido de los cuales dispondría, y acepte restricciones permanentes a su programa de desarrollo nuclear y la supervisión continua del cumplimiento de estas cláusulas.

Además, se esperaba que las charlas toquen temas tales como la limitación de la capacidad de los misiles balísticos iraníes, que ha despertado la exaltación del presidente norteamericano, y ha sido denominada como un escollo considerable en las negociaciones. Si bien las afirmaciones del mandatario estadounidense de que Irán estaba cerca de conseguir misiles intercontinentales fueron, aparentemente, exageradas, diversos portales han reportado que Irán tenía negociaciones avanzadas con China para adquirir un arsenal de misiles antibuques, mientras, simultáneamente, la armada norteamericana desplegaba su fuerza naval cerca de la costa iraní.

La diplomacia iraní ha movilizado a su cuerpo diplomático en pos de conseguir un acuerdo que asegure el levantamiento de las sanciones económicas que pesan por sobre el país, las cuales han dificultado el acceso a los mercados y empeorado los indicadores en materia de inflación, pobreza y desempleo. El pobre desempeño económico de Irán; el distanciamiento entre la ciudadanía y un Estado crecientemente autoritario; y la ampliación de las demandas sociales en materia de derechos, son signos de la decadencia de un modelo político hace ya tiempo incompatible con las necesidades del pueblo iraní.

El mesurado optimismo con respecto al curso de las negociaciones se tornó rápidamente anticuado ante los desarrollos de los días viernes y sábado. Mientras el portaviones USS Gerald Ford llegaba a las costas de Israel, Estados Unidos autorizó al personal no esencial de la Embajada en Jerusalén y a sus familias a abandonar el país debido a lo que denominó como “una situación securitaria impredecible”. Asimismo, ante la aludida amenaza de hipotéticos ataques con misiles balísticos y UAV -vehículos aéreos no tripulados-, el Gobierno norteamericano instó a sus ciudadanos a evitar cualquier tipo de viaje cerca de las fronteras con Siria y Líbano, y de las regiones de Cisjordania y Gaza. En la misma dirección, China, Canadá y Reino Unido, entre varios otros, ordenaron evacuaciones urgentes de su personal diplomático y de sus ciudadanos tanto en Israel como en Irán ante el riesgo de una escalada. Estas advertencias culminaron con los ataques del día sábado por la mañana sobre instalaciones militares, de inteligencias y que acogían a altos mandos políticos y militares de la República Islámica.

El nuevo pico de tensión no se corresponde solamente con las vicisitudes que despierta la negociación del nuevo acuerdo nuclear, sino que se puede rastrear a partir las protestas que han tenido lugar en Irán desde finales del año pasado. Las tribulaciones de la ciudadanía iraní han desembocado en una extensa insurrección popular que fue duramente reprimida, ocasionándole la muerte a numerosos ciudadanos de manera indiscriminada. El desarrollo de los eventos no fue pasado por alto por la dirigencia estadounidense, instando a Trump a sopesar sus opciones y ponderar la posibilidad de una intervención militar que desate un cambio de régimen que ponga punto final a la República Islámica de Irán, opción por la cual parece haber decantado en las últimas horas.

Este curso de acción fue inicialmente postergado, entre otros factores, por ser año de elecciones legislativas en Estados Unidos. Las expectativas y las encuestas vaticinan una derrota del republicanismo y dan cuenta de un grave deterioro de la imagen pública del presidente, la cual podría deteriorarse aún más como producto de la puesta en peligro de la vida de miles de ciudadanos estadounidenses. No obstante, la vía militar finalmente se impuso ante lo que considera una actitud intransigente de su contraparte.

Donald Trump manifestó el día viernes su desencanto con el estilo de negociación iraní, el cual ha sido descrito por el ministro de Relaciones Exteriores iraní, Abbas Araqchi, como el propio de los bazares persas, un enfoque que requiere tiempo y paciencia, recursos que parecen estarse agotando. Parafraseando las propias palabras de Araqchi, su país parece estar vendiendo nieve bajo el sol.

La frustración se hizo carne en las declaraciones del presidente norteamericano, quien reafirmó su oposición a que Irán siga enriqueciendo uranio a cualquier nivel. Por su parte, el Ayatollah Ahmad Khatami, durante la plegaria del viernes, declaró que el Estado iraní nunca aceptó ni aceptará la suspensión del enriquecimiento de uranio ya sea temporal o parcialmente. Las incongruencias entre las voluntades de los cuerpos diplomáticos y los deseos de las respectivas élites políticas y religiosas que conforman la mesa nacional de negociación bloquearon un avance más ágil hacia una resolución definitiva.

La tónica de los eventos del viernes creo un escenario donde la guerra era inminente, proliferando la incertidumbre y siendo escasas las certezas. Al respecto, ¿cuánto podrá extenderse esta guerra y cuál será el objetivo último que perseguirá Estados Unidos? ¿Hasta dónde quiere llegar Washington? ¿El objetivo será destruir las capacidades con las que cuenta Irán, poner coto a su desarrollo nuclear o provocar el cambio de régimen? Si el objetivo es el primero, el accionar de la Casa Blanca sería incongruente con las declaraciones de Donald Trump luego de la guerra de 12 días en junio de 2025, cuando afirmó que las capacidades nucleares iraníes habían sido destruidas.

El recrudecimiento de las hostilidades podría ser valorado como una herramienta para profundizar la fractura económica, política y social iraní, desatando la insurrección civil y, con ella, un cambio de régimen.  Aun así, nada garantiza que, en ese caso hipotético, no se produzca la llegada al poder de los sectores más duros de la Guardia Revolucionaria quienes, además del aparato securitario, dominan también grandes sectores económicos. Por otra parte, ¿qué consecuencia podría suscitar forzar la caída del régimen en Irán? La experiencia relativamente reciente en Irak no arrojó los mejores resultados si se tiene en consideración que tras la caída de Saddam Hussein el país se vio sumido en el caos, dando paso a una etapa de fuerte inestabilidad interna, enfrentamientos étnicos confesionales e, inclusive, a la proliferación de células terroristas.

Aún más, siguiendo la lógica de los grandes interrogantes, ¿Qué rol jugarán los aliados de Estados Unidos en Medio Oriente en una confrontación directa? Arabia Saudita, Egipto, Emiratos Árabes Unidos y Qatar habían manifestado no estar dispuestos a permitir el uso de sus bases en el caso de una contienda. Pese a eso se informa de 160 vuelos norteamericanos trasladando equipos hacia Arabia Saudita, Qatar y Yibuti. En tanto, los actores del Golfo ya han recibido los primeros ataques.

En esta misma dirección, ¿qué impacto tendrá una guerra sobre la región? ¿Y sobre el vínculo entre EEUU y sus aliados en la misma? Claramente la escalada militar no resultará favorable para la recepción de las inversiones que el reino saudita se encuentra buscando traccionar con vistas al desarrollo de los grandes proyectos que tiene en cartera; tampoco para que continúen los grandes flujos de turistas que cada año viajan a Emiratos, instalado como destino de alto nivel. Sin embargo, el aumento del riesgo geopolítico en Oriente Medio podría derivar en un aumento del precio del petróleo, lo cual permitiría sanear las arcas del Estado Saudí y el Fondo de Inversión Pública, quienes se han visto obligados a reducir la escala de los proyectos vinculados a la Visión Saudí 2030 debido a la merma de los ingresos públicos derivados de la renta externa.

No obstante, la amenaza no es solo económica en el caso de los países del Golfo, tal como se ha visto en las primeras horas del sábado. Al respecto, Bahréin es sede de la quinta flota de marina norteamericana, Qatar posee la base aérea más importante que Estados Unidos detenta en la región, Al Udeid, mientras en Kuwait se encuentra la base Ali Al Salem y en Arabia Saudita la base Príncipe Sultan, solo por mencionar algunos ejemplos. De todas maneras, la extensión del rango geográfico de las hostilidades podría suponer una acción “suicida” para Irán, ya que son estos actores quienes más han abogado por el cese de la escalada de violencia demandando a Estados Unidos que no desate un conflicto cuyas devastadoras consecuencias inmediatas recaerán, una vez más, sobre Medio Oriente y no sobre suelo norteamericano.

Ornela Fabani
Coordinadora
Lenny Favre
Integrante
Departamento de Medio Oriente
IRI-UNLP