A lo largo de su historia, la política exterior de Estados Unidos ha oscilado entre diversas tendencias: el aislacionismo y el intervencionismo, o entre el internacionalismo liberal o el proteccionismo. En el caso de Donald Trump, si su primera administración podía calificarse como jacksoniana, por sus predominantes atributos hacia el aislacionismo, la segunda administración es más bien proclive al intervencionismo, a la manera de su remoto antecesor Theodore Roosevelt. El ataque sobre Venezuela y, últimamente, la guerra contra Irán, de la mano del Israel de Netanyahu son una confirmación de las nuevas tendencias imperialistas de la potencia norteamericana.
En el contexto de la guerra contra Irán, el miércoles 1 de abril el presidente Donald Trump, durante un discurso pronunciado desde la Casa Blanca y televisado a nivel nacional en una hora de máxima audiencia, planteó que continuará atacando a Irán durante las próximas dos o tres semanas, aunque sin precisar una fecha para el fin de la guerra. Al mismo tiempo, señaló que los países que reciben petróleo a través del estrecho de Ormuz, tendrán que demostrar “coraje” y tomar por sí mismos el control de ese paso fluvial. Si bien había esperanzas en que durante su alocución el mandatario autodeclarara la victoria y pusiera fin al conflicto, lo cierto es que sus declaraciones llenaron de incertidumbre a las audiencias y sacudieron los mercados, ante una guerra que no muestra signos de desescalada, pese a que Trump meramente prosiguió con ideas y argumentos que venía sosteniendo en los últimos días.
Sin embargo, lo más llamativo del discurso, y que ha generado comentarios a nivel global, es la amenaza de que las próximas semanas va a bombardear de manera devastadora a Irán, hasta que “vuelva a la Edad de Piedra, donde pertenece”. Se trata de una amenaza que no es nueva en Estados Unidos, en tanto se remite a una frase análoga del oficial de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, Curtis LeMay, en el contexto de las amenazas norteamericanas contra Vietnam del Norte, en el marco de la Guerra Fría. También, durante la Operación Tormenta del Desierto en Irak, el entonces secretario de Estado James Baker, reunido con el ministro de Asuntos Exteriores iraquí, Tariq Aziz, amenazó con que Estados Unidos bombardearía Irak hasta reducirlo a la Edad de Piedra, si no se retiraba de Kuwait.
Hasta el momento han muerto mas de 2000 iraníes en la guerra iniciada el 28 de febrero pasado. Asimismo, ha resultado destruida una gran cantidad de infraestructura civil, tales como colegios, universidades, centros deportivos y hospitales. El evento más siniestro fue el ataque a la escuela primaria Shajare Tayebé de Minab, en el sur de Irán, donde murieron al menos 168 personas, la gran mayoría niñas de entre siete y doce años. Trump culpó en su momento al mismo Irán respecto del ataque. La nueva amenaza de Trump remite a lo que sería un bombardeo masivo, que buscaría destruir toda la infraestructura moderna del país persa, para que vuelva a un estado primitivo. Un hecho de estas características, desde luego, buscaría la destrucción de la infraestructura energética, de telecomunicaciones, industria, hospitales, centros educativos, entre otros, lo que constituiría una violación sistemática y grave del Derecho Internacional Humanitario, considerando que implicaría, en esencia un ataque contra civiles.
La idea de devolver a Irán a la edad de piedra, “donde pertenece”, parece especialmente notable, si consideramos que el país persa alberga una civilización milenaria, que ha realizado aportes en ciencias, medicina, arquitectura, poesía y filosofía, desde mucho antes que el joven Estados Unidos. Tampoco olvidemos que el zoroastrismo -religión oficial del imperio persa hasta la dinastía Sasánida en el siglo VII d.C.- se considera el origen primigenio de las religiones abrahámicas, con ideas como la distinción entre el bien y el mal, la vida eterna, el paraíso y la existencia de ángeles y demonios, entre otros principios teológicos que luego recogerán el judaísmo, el cristianismo y el islam, asuntos que debieran ser conocidos por un creyente como Pete Hegseth, secretario de guerra de Estados Unidos.
De igual modo, el presidente Trump señaló que la capacidad militar de Irán ha sido devastada, con una armada y fuerza aérea “en ruinas”, con su industria militar y capacidad misilística destruidas. No se tiene certeza respecto a qué es lo que se busca ahora. Esta nueva declaración pone en evidencia una vez más la poca funcionalidad de la toma de decisiones en Estados Unidos, cuyo presidente se caracteriza por las contradicciones, desconocimiento y los desvaríos emocionales, especialmente evidentes en una guerra de elección, que desde su origen no ha tenido objetivos y fines claros, con cargo a la estabilidad global en su conjunto, además de los propios costos para la región del Medio Oriente, una zona caliente del mundo y cuya estabilidad ha sido siempre un asunto sumamente precario.
Con la economía global severamente golpeada, el alejamiento de los aliados tradicionales y un apoyo doméstico en picada, las opciones de Trump parecen pocas. El discurso triunfalista ya no resulta creíble. Tampoco los mercados parecen sensibles a sus declaraciones, que suelen ser contrariadas por el propio Trump minutos después de ser proferidas. En tal contexto, la opción más plausible sería una retirada con un discurso triunfal, que permita a su vez la apertura del estrecho de Ormuz. Pero ello tampoco parece fácil, debido a la influencia de Israel, que no parece interesado en detener la guerra, sintiéndose favorecido en medio del caos. Como señala una notable columna aparecida en The Guardian, el “mayor problema para lograr un acuerdo podría ser el propio Trump y su necesidad de presentar esta guerra sin sentido como un triunfo”.
Lo cierto es que el conflicto parece no tener un fin próximo, sobre todo si Estados Unidos está planificando lanzar bombardeos sobre objetivos no militares para pulverizar la sociedad iraní desde sus cimientos -no solo a los representantes del régimen actual- lo que constituye a todas luces una guerra injusta y contraria al vapuleado derecho internacional. El propio presidente iraní, Masoud Pezeshkian, ha comunicado en numerosas ocasiones la voluntad de Irán para poner fin a la guerra con Israel y Estados Unidos, pero que se requieren garantías de que el conflicto no se repita. No obstante, sus llamados tienen poca llegada a nivel internacional, e incluso exigua eficacia en el plano interno. Las retóricas de la guerra son las que predominan actualmente. Y si el secretario de guerra de Estados Unidos señala que “Queremos un acuerdo. (pero) si no lo hay, estamos dispuestos a seguir negociando con bombas”, las perspectivas de la paz parecen todavía lejanas.
Sin lugar a dudas, las nuevas tendencias de Estados Unidos tendrán efectos de largo plazo en su relación con el mundo. Desde sus aliados es probable que se expresen dudas respecto de su confiablidad como socio de largo plazo. La intimidación, el bullying o los ataques armados, que marcan la diplomacia estadounidense en la actualidad, finalmente minaran el posicionamiento de ese país en el mundo, definiendo más bien un escenario esencialmente fragmentado y volátil, marcado por la carencia de un liderazgo estructurador del sistema internacional.
Jorge Riquelme
Chile
Integrante
Departamento de Seguridad Internacional y Defensa
IRI-UNLP