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Líbano e Israel: negociación bajo fuego

La imagen de las banderas del Líbano e Israel, ubicadas una junto a otra en una sala de reuniones de la Casa Blanca, podrían haber resultado un tanto chocantes para los familiares de las víctimas de los ataques ordenados por Tel Aviv en el último mes. El 2 de marzo, de forma inconsulta con el gobierno central, Hezbolá atacó objetivos israelíes por primera vez desde el cese al fuego de noviembre de 2024, en el contexto de la guerra contra Irán, que Israel y Estados Unidos habían comenzado a última hora del 28 de febrero. La respuesta israelí no se hizo esperar: el bombardeo masivo y las incursiones terrestres generaron más de dos mil muertos, un millón de desplazados, la destrucción de aldeas completas y daños irreparables en la infraestructura civil, en un escenario que presenta muchas similitudes con lo sucedido en Gaza. El accionar israelí, por fuera de cualquier principio internacional, fue criticado por los principales líderes mundiales.

En un esfuerzo por detener esos ataques, el gobierno libanés ensayó diferentes medidas, como la expulsión del personal diplomático iraní, la suspensión del acuerdo de visas con Irán, la declaración de ilegalidad de las armas de Hezbolá y la detención de algunos de sus cuadros militares intermedios. Nada de esto fue suficiente para el primer ministro Benjamin Netanyahu, que ordenó continuar con la campaña militar, en un contexto donde la superioridad de Israel resultaba aplastante para el Ejército libanés. Finalmente, el 9 de abril Israel anunció que, a pedido del Líbano, comenzarían negociaciones con la mediación de Washington. La cumbre, presidida por Marco Rubio con la participación, entre otros, de los representantes del Líbano e Israel en Washington (la embajadora Nada Hamadé y su par Yechiel Leiter, respectivamente) finalmente se concretó el 14 de abril en la capital estadounidense.

El encuentro fue el primero entre funcionarios civiles desde 1993, cuando Siria empujó el retiro de la delegación libanesa que participaba de las negociaciones de normalización árabe-israelíes en el marco de los acuerdos de Oslo. Más recientemente, en 2022, con el objetivo de delimitar el mar territorial, Estados Unidos había auspiciado una serie de negociaciones que derivaron en un acuerdo, aunque, por lo sensible del caso, por el Líbano habían participado únicamente referentes militares.

En el marco de las negociaciones, son escasas las herramientas que el gobierno libanés posee para poder detener la ejecución de los objetivos que Israel tiene en agenda. Para Beirut, todas las opciones son malas. Por una parte, negociar con Israel en un contexto de invasión, ocupación y masacre de la población constituye una claudicación y una humillación. Por otra parte, permitir que Irán imponga un cese al fuego en el Líbano en el contexto de sus negociaciones particulares con Estados Unidos implicaría admitir que la política doméstica libanesa se maneja desde Teherán. En este caso, la opinión más sensata pareciera ser que evitar la pérdida de más vidas humanas y la destrucción de la capital, corazón económico y social del país, constituye una prioridad. El auspicio de Estados Unidos para llevar adelante estas negociaciones, de las cuales Francia fue excluida explícitamente, es posiblemente el recurso más poderoso con el que cuenta Beirut porque evita, al menos formalmente, que la posición dominante de Israel se vuelva explícita.

Los interrogantes son, por un lado, si el gobierno libanés es realmente capaz de desarmar a Hezbolá y contener un eventual enfrentamiento comunal, y, por otro lado, cuáles son las verdaderas intenciones de Israel con respecto al sur del Líbano. De algún modo, la escena recuerda a las negociaciones de Munich en 1938. En ese escenario, el margen de acción del presidente Edvard Benes era escaso, especialmente frente a la presión de un poder militar mucho mayor. Para evitar la guerra, Francia y el Reino Unido acabaron entregando los Sudetes checoslovacos a Berlín, solo para que la Alemania nazi, habiendo notado la debilidad de los negociadores, avanzara sobre el resto de aquel país un año más tarde. En otras palabras, la situación de asimetría entre los actores aleja la idea de una apertura diplomática genuina.

En el Líbano, el presidente de la República (católico maronita), el primer ministro (sunita) y el titular de la Cámara de Diputados (chiíta) constituyen una suerte de troika que toma las decisiones en conjunto. Es difícil imaginar que los dos primeros, Joseph Aoun y Nawaf Salam, hayan avanzado sin el acuerdo del tercero, el veterano Nabih Berri. Este último, que lidera el Movimiento Amal, ha trabajado de manera coordinada con Hezbolá por lo menos desde las elecciones legislativas de 1992, a instancias de las demandas que por entonces le impuso Damasco.  Desde entonces, uno y otro llevaron adelante de manera coordinada la representación política de la comunidad chiíta libanesa. El vínculo ha atravesado numerosas tempestades. Sin embargo, en esta ocasión, Berri no habría sido consultado por las autoridades de Hezbolá en los momentos previos a atacar a Israel. De confirmarse, la fragmentación política del chiísmo podría representar una oportunidad para la agenda de Aoun y Salam, en la cual el desarme de Hezbolá constituye una prioridad, en tanto consideran que es un limitante al ejercicio de la soberanía del gobierno.

A esta altura, es importante recordar que, con independencia de su dimensión militar, el llamado “Partido de Dios” cuenta con diez bancas en la Legislatura y dos carteras en el Consejo de Ministros. Mientras tanto, las autoridades en Tel Aviv deberían brindar rápidamente algunas concesiones concretas a la delegación negociadora libanesa, para demostrar a la opinión pública, atravesada por el luto, que Aoun y Salam están en el camino correcto a pesar de los sacrificios exigidos a la población.

En resumen, el escenario libanés, por ahora en una pausa táctica de duración incierta, sigue siendo altamente volátil. Esta situación en el Levante persistirá al menos mientras Hezbolá conserve su armamento con independencia de la opinión del gobierno legítimo del Líbano y, paradójicamente, Israel sostenga un nivel de superioridad tecnológico-militar que le permita actuar a su antojo, con independencia de las regulaciones internacionales. Mientras tanto, en las negociaciones paralelas, Irán seguirá presionando a Estados Unidos para contener la creciente autonomía israelí en la región como una forma de testear, verdaderamente, quién cuenta con una posición dominante en ese vínculo.

Said Chaya
Secretario
Departamento de Medio Oriente
IRI-UNLP