Tras casi cuatro meses de conflicto, podría presumirse que la gran tormenta de desolación, destrucción y crisis de toda índole ha llegado a su fin. Sin embargo, el optimismo no parece justificado.
Esa es, al menos, la sensación predominante en el momento en que estas líneas se escriben. La situación en Medio Oriente se ha movido durante todo este tiempo al ritmo de lo que los economistas denominan stop and go: se anunciaba un “acuerdo” y, en menos de veinticuatro horas, ya se asistía a un nuevo conflicto abierto. Las razones de fondo han sido ya expuestas: por un lado, la política revisionista del gobierno de Israel, que busca expandir no solo su influencia regional sino también su territorio, en lo que se conoce como el sueño del “Gran Israel”; por el otro, el comportamiento de Irán, tantas veces malinterpretado y descrito como el de un Estado irracional movido únicamente por la fe. Estos meses demostraron lo contrario: lo que existe en Teherán es un régimen teocrático pero pragmático, dotado de experiencia y de métodos eficaces para sobrevivir —por ahora— a la ofensiva militar conjunta de dos potencias como Estados Unidos e Israel. Un régimen que perdió incluso a su líder supremo en los primeros días de la guerra y que, aun así, no se derrumbó, contrariamente a lo pronosticado en Washington y en Tel Aviv.
La verdadera pregunta, sin embargo, es otra: ¿por qué ninguno de esos acuerdos logró sostenerse? La respuesta parece sencilla, y no lo es, menos aún en tiempos como los actuales, en que la inmediatez y la búsqueda constante de protagonismo por parte de líderes mesiánicos impiden que los asuntos más delicados reciban un tratamiento serio y profesional. Se habla aquí de la diplomacia.
Se trata de una palabra difícil de definir y aún más difícil de ejercer. A lo largo de la historia, la diplomacia ha sido una condición sine qua non del orden internacional: sin ella, el relato de las relaciones entre los Estados sería mucho más trágico de lo que ya es. Constituye una de las artes más antiguas del hombre y, en su evolución —con luces y sombras—, ha dotado al mundo de una herramienta para lograr aquello que la fuerza no puede: encontrar opciones donde antes no parecía existir ninguna. La diplomacia no es debilidad ni mera ceremonia. Es paciencia, es discreción, es memoria institucional y, sobre todo, es la capacidad de reconocer que el otro también posee intereses legítimos, con los que habrá que convivir una vez que el último misil deje de caer. Nada de ello se improvisa, y nada de ello se consigue en una cena ni en un anuncio en redes sociales.
Y es precisamente esto lo que ha faltado. A lo largo de todo este conflicto se carece de una verdadera diplomacia: se la ha denostado y prácticamente se la ha apartado de la escena. Estados Unidos dejó los procesos de negociación en manos de personas sin el conocimiento ni la experiencia necesarios para conducirlos, recurriendo a enviados y mensajeros improvisados en lugar de apoyarse en un cuerpo diplomático profesional. Y no ocurrió únicamente con Irán: el mismo patrón se repitió en Ucrania, en Pakistán, en Camboya y en África. Todos los acuerdos impulsados por esta nueva forma de ejercer la “diplomacia” terminan donde empiezan, porque nunca fueron concebidos como procesos, sino como titulares. El recorte presupuestario resulta, en este sentido, elocuente: una reducción drástica de los recursos del Departamento de Estado, en paralelo a un aumento extraordinario del gasto del Pentágono.
A esta falta de profesionalismo se suma el personalismo errático de un presidente que se conduce entre contradicciones y cuya soberbia le impide reconocer que atacar a Irán constituyó un error desde el primer minuto, tal como le habían advertido sus propios asesores. Cuando la política exterior de una potencia depende del estado de ánimo de un solo hombre, la diplomacia —que es, por definición, un trabajo colectivo y de largo plazo— se vuelve sencillamente inviable.
El mejor ejemplo de este vacío es el Líbano. Israel aprovecha en toda su extensión la debilidad estructural estadounidense —su incapacidad de cerrar un acuerdo con Irán— para fabricar la justificación que necesita y sostener sus ataques sobre territorio libanés. Y lo hace con plena conciencia de las consecuencias: mientras esos ataques no cesen, no habrá acuerdo posible con Teherán. Aquí emerge la contradicción de fondo, la que pone al desnudo la ausencia de estrategia: ¿cómo puede Estados Unidos no lograr controlar a su principal aliado en plena negociación? La respuesta resulta incómoda: no puede, porque controlar a un aliado exige, también, diplomacia —presión, incentivos, garantías, una arquitectura de negociación—, y eso es justamente lo que se ha desmantelado. Resulta evidente que Israel no desea un acuerdo de paz: sabe que la paz cerraría la ventana que hoy mantiene abierta para continuar expandiéndose a través del Líbano, sin mencionar el caso de Palestina. A un actor que sabotea de ese modo solo se lo neutraliza mediante la diplomacia, no proporcionándole más armamento.
Y, sin embargo, la diplomacia no ha desaparecido: simplemente cambió de manos. Mientras Washington abdicaba de su rol, fueron las cancillerías del Golfo las que nunca dejaron de acercar posiciones entre los actores en conflicto, y fue la mediación de Pakistán y de otras naciones la que finalmente logró imponer un alto al fuego. El hecho de que potencias medias y regionales hayan ocupado el lugar que dejó vacante la principal potencia del planeta dice mucho sobre el estado actual del sistema internacional. La diplomacia sigue funcionando; lo que falló fue quien debía ejercerla y optó por no hacerlo.
Pero que exista un alto el fuego no significa que exista paz, y conviene no confundir ambos conceptos. Los temas centrales permanecen sin resolverse: qué ocurrirá una vez vencido el plazo de sesenta días en el estrecho de Ormuz, qué destino tendrá el programa nuclear iraní, qué sucederá con el Líbano. Ninguna de esas preguntas se responde con un memorando firmado durante una cena. Se responden con meses —acaso años— de negociación seria, paciente y profesional; es decir, con lo único que ha escaseado a lo largo de todo este conflicto.
Hoy persisten las contradicciones en torno a los detalles del acuerdo, y persistirán también mañana. Pero hay una certeza: la falta de diplomacia por parte de Estados Unidos prolongó innecesariamente la guerra, profundizó el daño sobre la región y golpeó a la economía mundial en su conjunto. Y si no se recupera el arte que tan a la ligera se descartó, este alto el fuego no será el final de la tormenta, sino apenas su intervalo.
Franco Serrano
Integrante
Departamento de Medio Oriente
IRI-UNLP