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Bab al-Mandeb bajo control hutí: la reconfiguración del balance de poder en el Golfo Pérsico

La escala territorial de la guerra comenzada por Estados Unidos e Israel en Oriente Medio a finales de febrero del presente año no se ha limitado al territorio iraní, sino que ha trasladado sus consecuencias directas a los países de la región. Las bases norteamericanas en los estados del Golfo Pérsico, así como infraestructura clave, tales como las plantas desalinizadoras, han sido los principales objetivos de los ataques dirigidos desde Teherán. Las estrategias militares de atrición iraníes han buscado trasladar los costos del conflicto a Estados Unidos a través de ataques balísticos a los países del Consejo de Cooperación del Golfo y el cierre del estrecho de Ormuz, por donde a diario pasan 15 millones de barriles de crudo, el 20% del gas natural licuado y un tercio de los fertilizantes comerciados a nivel global.

Desde comienzos de agosto ha tenido lugar un rápido recrudecimiento y una extensión geográfica de la violencia regional. La repentina avanzada militar hutí sobre la costa del Mar Rojo, en conjunto con una serie de ataques balísticos y de drones dirigidos sobre territorio saudí, demandó una respuesta de Arabia Saudita, que no había desarrollado bombardeos aéreos en el vecino país desde hacía cuatro años.

Desde la pasada semana, las fuerzas hutíes lanzaron numerosos ataques sobre Jizan, en la región suroeste del Reino Saudí, dejando un importante saldo de heridos. Los bombardeos apuntaron principalmente a las instalaciones de Aramco, devenidas desde el comienzo de la guerra en Irán en un activo clave para sortear el bloqueo al estrecho de Ormuz que impide la normal circulación de los flujos energéticos globales. El oleoducto Abqaiq-Yanbu, que recorre el país de Este a Oeste, es la única vía capaz de redirigir el petróleo del Golfo para que pueda salir del territorio nacional a través de los estrechos de Suez y de Bab-al-Mandeb. No obstante, este último se encontraba bajo amenaza desde el mes de julio, cuando los hutíes declararon un embargo contra las exportaciones de Arabia Saudita y comenzaron a adjudicarse ataques contra infraestructura y buques saudíes. Esta situación condujo a que el Reino registrase un nivel de producción petrolera no reportado desde 1990, precipitándose por debajo de los 6,25 millones de barriles por día.

Las amenazas hutíes se hicieron realidad en forma de una ofensiva terrestre sobre la costa e islas del Mar Rojo con el objetivo de controlar completamente Bab-al-Mandeb. Este paso es una de las rutas marítimas más transitadas e importantes del mundo, en especial, para los flujos comerciales entre Europa y Asia. Las disrupciones en el tráfico comercial obligan a los buques a redireccionar sus rutas a través del extremo sur del continente africano, sumando tiempo de traslado y costos a un trayecto relativamente sencillo. Según diversos reportes, durante la semana del 7 de septiembre, las fuerzas rebeldes se hicieron con el control de ciudades costeras claves como Mocha y Dhubab, además de las islas de Zuqar, Hanish y Perim, logrando tomar control sobre el tráfico marítimo en el punto más angosto del estrecho.

Las imágenes satelitales confirman la destrucción total de una estación de bombeo del oleoducto Este-Oeste luego de un ataque con drones provenientes de Irak el día 11 de septiembre. Arabia Saudita anunció el freno de las operaciones de su única vía para exportar el petróleo extraído en territorio nacional, poniendo en jaque la economía saudí y las expectativas inflacionarias globales a corto, mediano y largo plazo. Si bien los puertos de Yanbu, y los de Sidi Kerir y Ain Sukhna en Egipto cuentan con stock para continuar con los embarques por algunos días, las reparaciones en las instalaciones dañadas podrían demorar hasta 6 semanas (Saunokonoko, 2026). Los bombardeos dejan al planeta sin el principal exportador de petróleo a nivel global, provocando pronunciados ascensos en los precios del crudo no vistos desde mayo.

El Príncipe heredero Mohammed bin Salman ha intentado acudir a sus aliados por asistencia sin demasiado éxito. El presidente estadounidense, Donald Trump, rechazó fehacientemente la posibilidad de conducir maniobras militares sobre territorio yemení. A pesar de ello, las fuerzas norteamericanas han brindado apoyo tras bambalinas para evitar el empeoramiento de la crisis energética, colaborando en la coordinación de la campaña de bombardeos aéreos de Riad, pero intentando no involucrarse directamente en el conflicto militar.

Estados Unidos, un aliado tradicional, ya ha sabido decepcionar a la dirigencia del reino saudí ignorando sus pedidos de ayuda ante ataques directos, como en 2019, ante los bombardeos a la infraestructura de Aramco en Abqaiq y Khurais. Debido a las diferencias en las prioridades estratégicas, Mohammed bin Salman ha intentado reforzar las capacidades autóctonas de defensa y diversificar los lazos de cooperación defensiva y militar con dos bastiones claves en la región como Pakistán y Turquía.

El Pacto Estratégico de Seguridad Mutua, convenido entre Pakistán y Arabia Saudita en noviembre de 2025 y extendido a Turquía el 7 de agosto de 2026, representa algo más que una alianza, dado el reconocimiento de un compromiso de defensa colectiva. Por su naturaleza, el Acuerdo de La Meca ya ha debido enfrentar su primer desafío con el ataque hutí. Islamabad decidió no involucrarse directamente en la campaña de bombardeos en Yemen, pero ha manifestado su apoyo a Riad haciendo énfasis en el carácter defensivo del acuerdo. Ello quiere decir: el reconocimiento de su obligación de defender territorio saudí, pero con el deseo implícito de no poner un pie sobre tierra yemení. La participación de Pakistán en el conflicto contra los hutíes podría acarrear un deterioro grave de su relación con Irán y una pérdida de su estatus como mediador imparcial en el conflicto que involucra a Estados Unidos. Simultáneamente, corre el riesgo de que su posición relativa en Riad se vea afectada negativamente.

Por el momento, Pakistán ha optado por la diplomacia como medio para salir de entre la espada y la pared. Las autoridades pakistaníes han conducido charlas con sus homólogos iraníes, en las cuales comunicaron una advertencia de Arabia Saudita, llamando a Teherán a poner un alto a la ofensiva hutí. La respuesta de Irán fue clara y para nada disuasiva: no poseen ningún tipo de control sobre las acciones hutíes –a pesar de que varios miembros de las filas estatales hayan celebrado los ataques del grupo político-militar yemení. Ante el recrudecimiento de los enfrentamientos y sus consecuencias, la estrategia de balanceo seguramente probará ser difícil de mantener.

Por su parte, el involucramiento de Türkiye ha sido aún más tibio. A pesar de la condena a los ataques y la expresión de apoyo al gobierno de Arabia Saudita, la retórica positiva no ha devenido en ningún tipo de apoyo material. La coincidencia estratégica y cooperación militar en diversos escenarios de conflictos regionales, como Sudán o Somalia, no se ha hecho extensiva a un conflicto en el cual esté involucrado Irán, que sigue siendo la principal amenaza geopolítica e ideológica del reino saudí.

Los acontecimientos en Yemen se dieron en paralelo con reportes de la OIEA de movimientos y obras sospechosas en el complejo iraní de Pickaxe Mountain, en la región de Isfahan, identificado como un posible sitio vinculado al almacenamiento y tratamiento de material nuclear. El presidente norteamericano ha hecho eco de estas acusaciones, amenazando a Irán y recordándole, en el discurso por el 25 aniversario del atentado contra las Torres Gemelas, que jamás permitiría que desarrolle un arma nuclear. En vísperas de las elecciones de medio término en Estados Unidos, el intenso clamor popular por el final de la guerra para aliviar la crisis energética ha afectado las perspectivas del establishment republicano de cara a los comicios. No obstante, Donald Trump ha manifestado que no cree que el ocaso del conflicto se produzca previo al momento de acudir a las urnas.

Mientras los ataques y bombardeos hutíes continúan, la dinámica de atrición del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán alcanza nuevas alturas. La captura total de la costa sobre el Mar Rojo de Yemen eleva considerablemente el poder de negociación tanto para los propios hutíes como para sus aliados iraníes, alterando profundamente el balance geopolítico y geoeconómico en el Golfo. Bab al-Mandeb y Ormuz, los dos cuellos de botella más importantes para las economías regionales y para los flujos de energía internacional, se han convertido en puntos de presión que afectan al mundo entero.

La falta de apoyo de Türkiye y Pakistán supone una seria limitante a la reconfiguración de la arquitectura securitaria de Oriente Medio encabezada por Arabia Saudita y a la credibilidad de los pilares del Acuerdo de La Meca. Si la sola base de una alianza descansa en ciertas amenazas externas, no hay una renuncia real a una hipotética competencia futura. Sobre todo, es así en el caso de las relaciones Riad-Ankara, hasta hace poco rivales en disputa por influencia regional. En el caso de Islamabad, su reticencia a involucrarse de lleno en la defensa de su aliado obedece principalmente a sus cálculos securitarios independientes en relación a Irán y a su estatus de mediador, evidenciando una falta de sintonía y/o coordinación política y securitaria entre los gobiernos.

El bloque erigido del Pacto de la Meca –sumando también al cuarto integrante del eje, Egipto– descansa fundamentalmente en un encuentro contingente de las agendas políticas en una serie de tópicos a escala regional. Por el momento todo indica que el cuadrilátero carece de la interdependencia y confianza necesaria para conformar una relación donde la seguridad de cada uno de los actores sea definida en relación al resto.

Lenny Favre
Integrante
Departamento de Medio Oriente
IRI-UNLP