El nuevo tablero euroasiático: cómo la guerra de EE.UU e Israel contra Irán fortalece la asociación con China y Rusia

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El nuevo tablero euroasiático: cómo la guerra de EE.UU e Israel contra Irán fortalece la asociación con China y Rusia

Gabriel Merino[1]

El ataque unilateral de Estados Unidos e Israel contra Irán, que disparó el recrudecimiento de una guerra regional, no sólo busca frenar el programa nuclear de Teherán (supuestamente destruido el año pasado en la llamada guerra de 12 días). También se propone debilitar a Irán como potencia regional y propiciar un cambio de régimen, controlar el suministro de la energía global y quebrar una asociación geopolítica y geoestratégica que lleva años construyéndose. Especialmente desde 2018.  Detrás de la guerra hay una batalla más profunda: el control de Eurasia y el fin del orden unipolar.

Cuando Donald Trump abandonó en 2018 el Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC), el pacto que limitaba el programa nuclear iraní a cambio del levantamiento de sanciones, pocos imaginaron que aquella decisión unilateral desataría una reacción en cadena. Irán no había incumplido el acuerdo, pero la Casa Blanca declaró el inicio de una guerra híbrida con un objetivo claro: hundir su economía y aislarlo internacionalmente, retomando la estrategia neoconservadora alineada con los intereses de Tel Aviv.

El asesinato del general Qasem Soleimani en enero de 2020, ordenado por Trump en un ataque con drones en Bagdad, fue la punta de lanza de una estrategia conjunta con Israel para avanzar hacia el llamado «Gran Israel» y buscar la hegemonía regional. Sin embargo, el aislamiento no llegó. Teherán giró estratégicamente hacia Oriente, consolidado su integración en las asociaciones euroasiáticas que modifican estructuralmente la relación de fuerzas global. En la práctica, el petróleo iraní —que en 2018 destinaba apenas un 25% de sus exportaciones a China— pasó a enviarle casi el 90% de su crudo, burlando de hecho el cerco de sanciones.

Dos acuerdos clave

Lejos de rendirse ante la presión de la guerra híbrida en su contra, Irán firmó en 2021 con China una asociación estratégica integral por 25 años, con inversiones potenciales de 400.000 millones de dólares en energía, infraestructura y cooperación política. En la práctica, este acuerdo —que incluye la compra de petróleo iraní a cambio de tecnología crítica— neutralizó buena parte del efecto de las sanciones de máxima presión impuestas por Trump.

Poco después, Teherán inició su camino hacia la Organización para la Cooperación de Shanghái y el BRICS+, rompiendo el cerco diplomático que pretendía convertirlo en un paria internacional. Al mismo tiempo, se convirtió en un nodo central de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, ubicado justo en el corazón de uno de sus seis corredores terrestres euroasiáticos. Un hecho simbólico llegó en mayo de 2025, días antes de la llamada «Guerra de los 12 días», cuando quedó inaugurado el ferrocarril que conecta China con Irán a través de Asia Central, un hito que materializa físicamente la integración euroasiática.

En enero de 2025, apenas días antes de la asunción de Trump, Teherán y Moscú firmaron el Tratado de Asociación Estratégica Integral, un acuerdo de veinte años que abarca defensa, seguridad, energía, comercio e inversiones. No es una alianza militar con defensa automática —al igual que el pacto con China—, pero sí un compromiso de largo plazo que ya muestra resultados concretos en el campo de batalla.

Durante la guerra, Rusia ha proporcionado a Irán inteligencia sobre objetivos estadounidenses —incluyendo la ubicación de buques de guerra y aeronaves—, según confirmaron funcionarios estadounidenses a The Washington Post (6/03/2026). Además, ha suministrado sistemas de defensa aérea Verba y cazas Su-35, aunque la información sobre su despliegue sigue siendo reservada.

Pero el aporte ruso no es nuevo. En los primeros meses de la invasión rusa a Ucrania, Irán fue clave al abastecer a Moscú con los drones Shahed. Hoy esa cooperación se ha profundizado y ampliado, consolidando un intercambio tecnológico y militar que beneficia a ambas partes.

Beijing ha mantenido un perfil bajo en la retórica pública, pero su apoyo a Teherán es igualmente estratégico. China ha modernizado la defensa aérea iraní con misiles HQ-9B y ha cooperado en tecnología de reconocimiento satelital, permitiendo a Irán rastrear movimientos israelíes con una precisión antes impensada. La medida más disruptiva, sin embargo, fue la migración oficial de la arquitectura militar iraní del GPS estadounidense al sistema de navegación chino BeiDou-3. Este cambio no solo neutraliza las capacidades occidentales de interferencia y sigilo, sino que incluye un servicio de mensajes cortos que permite a los comandos iraníes comunicarse incluso si las redes locales colapsan.

En este contexto, China y Rusia actúan cada vez más como los «ojos» de Irán –como lo hacen EEUU y la OTAN a favor de Kiev en el conflicto en Ucrania—, proporcionándole tecnología que abarca desde vigilancia orbital hasta sistemas avanzados de guiado de misiles. El resultado se ha visto en el campo de batalla: Irán ha impactado sobre buena parte de la infraestructura militar estadounidense en el Golfo Pérsico y ha demostrado capacidad para golpear a Israel, superando su «indestructible» sistema de defensa.

El control de Ormuz

Uno de los movimientos más audaces de Teherán ha sido su capacidad para controlar y  administrar el estrecho de Ormuz. Lejos de bloquearlo por completo, Irán ha impuesto un control selectivo que funciona como un «peaje geopolítico»: solo autorizan el paso a barcos chinos, rusos y de naciones “amigas”. Catorce embarcaciones que intentaron cruzar sin permiso fueron atacadas.

No puede dejar de observarse que China, Rusia e Irán han realizado varios ejercicios navales conjuntos desde 2019 en las aguas próximas al estrecho, principalmente en el golfo de Omán y en el norte del océano Índico.

Según The Wall Street Journal, este control le ha permitido a Irán exportar más petróleo que antes de la guerra, hasta que EEUU hizo el bloqueo. Se estima que 11 millones de barriles fueron despachados hacia China durante las primeras dos semanas del conflicto, y las transacciones se realizaron mayoritariamente en yuanes, acelerando el proceso de desdolarización del comercio entre socios que ya venía en marcha.

Lo que en otro contexto habría sido un problema para China (el cierre de una ruta marítima clave) se convirtió en su oportunidad: sus barcos pasan, su moneda se impone y su influencia crece. Como diría Sun Tzu: «Lo supremo en el arte de la guerra consiste en someter al enemigo sin darle batalla».

El Corredor Norte-Sur y la nueva geografía del comercio

Más allá de Ormuz, Irán es pieza clave en otra iniciativa euroasiática estratégica: el Corredor Internacional Norte-Sur, que une a Rusia, India e Irán y permite sortear la ruta marítima del canal de Suez, reduciendo distancias comerciales entre un 30 y un 40%. En enero de 2026, este corredor registró tráfico récord con los primeros trenes regulares de contenedores conectando Moscú con el puerto iraní de Bandar Abbas.

Estos corredores no son meras obras de infraestructura: son armas geopolíticas que reconfiguran el comercio mundial, desplazando el eje marítimo controlado por las potencias occidentales hacia un eje terrestre dominado por Eurasia.

El fantasma de Brzezinski y la profecía cumplida

En 1997, el geoestratega estadounidense Zbigniew Brzezinski advertía en El gran tablero mundial que una alianza entre China, Rusia e Irán —unida no por una ideología común, sino por «agravios complementarios»— constituiría el peor escenario posible para la primacía de Estados Unidos en Eurasia y, por ende, para su predominio global.

Hoy, ese escenario se ha materializado. Moscú y Pekín no intervendrán militarmente de forma directa, pero el conflicto en Irán consolida el eje de la resistencia al unipolarismo, profundiza las asociones euroasiáticas y puede acelerar el desarrollo de las condiciones geopolíticas para la ruptura del monopolio del  dólar en el comercio mundial. Incluso la continuidad de la guerra podría acelerar la entrega de sistemas de armamento más sofisticados que hasta ahora Moscú y Pekín habían retenido.

Debe tenerse en cuenta que los tres países cuentan con un importante arsenal de misiles hipersónicos, mientras que Estados Unidos todavía no ha desplegado ni uno solo.

Los misiles hipersónicos Fattah de Irán —empleados por primera vez en combate real— demostraron que son prácticamente imposibles de interceptar con los sistemas de defensa actuales de la OTAN e Israel. Lo mismo sucede a favor de Moscú en el escenario ucraniano.

Reflexiones finales

Estados Unidos e Israel pretenden con esta guerra sacar a Irán del tablero regional, quebrar las asociaciones euroasiáticas y frenar los corredores que modifican estructuralmente la relación de fuerzas global. Pero la evidencia muestra que la cooperación entre Teherán, Moscú y Pekín no comenzó esta mañana, y que el conflicto solo la ha profundizado.

Rusia y China se juegan mucho en Irán: de su estabilidad depende la viabilidad del Corredor Norte-Sur, de los corredores de la Franja y la Ruta, y de un nuevo orden multipolar que ya está en marcha –como se expresa en la expansión del BRICS+ o de la Organización para la Cooperación de Shanghái.

Es probable que este conflicto continúe fluctuando entre la guerra híbrida y momentos de guerra convencional. Pero una cosa es segura: incluso sin disparar un solo misil, China y Rusia están avanzando en la partida geopolítica. La partida es más amplia y la dinámica es multipolar, no bipolar. El 3 de septiembre del año pasado, China recordó los 80 años del fin de la Segunda Guerra con un despliegue mostró su enorme capacidad militar, asociada a desarrollos tecnológicos de vanguardia. Pero también envió un mensaje claro: al lado de Xi Jinping estaban Vladimir Putin (Rusia), Narendra Modi (India) y Kim Jong Un (Corea del Norte). En la resolución de la cumbre de la OCS que se dio en dicho marco de enorme peso histórico,  también se refirieron en términos de condena a la guerra israelí contra Irán de junio de 2025 y los bombardeos de instalaciones nucleares iraníes en la llamada “guerra de 12 días”, mostrando solidaridad con la República Islámica de Irán.


[1] UNLP-CONICET. Coordinador del Departamento de Eurasia.gemonía estadounidense atraviesa una crisis estructural, mientras el continente euroasiático se consolida como el principal espacio donde se articula la transición hacia un mundo multipolar –dimensión geopolítica de una transformación estructural del sistema mundial. Por ello, también es el principal tablero geopolítico y geoestratégico,  marcado por la guerra en Ucrania, la escalada en Asia Occidental o la región central de Afro-Eurasia –denominada habitualmente Medio Oriente—, la competencia por la influencia en Asia Central y la profundización de la influencia de China en el conjunto de Eurasia, particularmente en Asia Oriental y el Sudeste Asiático.

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