El triunfo de Luiz Inácio “Lula” da Silva para ejercer su cuarto mandato (2027-2030) se puede leer como el triunfo de la apuesta al “ecumenismo político”. El término ecumenismo, proviene del griego oikoumene y según el diccionario de la lengua española, significa “tendencia o movimiento que intenta la restauración de la unidad entre todas las Iglesias cristianas”. Trasladado al mundo político y social implicaría la restauración de la unidad de todos los sectores que apostaron por la continuidad democrática que incluya a todos los sectores sociales del país.
Hace apenas tres semanas, casi todo parecía indicar que Lula da Silva había llegado al final de su camino político. El 4 de octubre, Flávio Bolsonaro se impuso en primera vuelta por una diferencia de al menos dos puntos porcentuales, admitiendo el propio Lula que el resultado lo había tomado por sorpresa. Ayer, 25 de octubre de 2026, las urnas dijeron otra cosa desacreditando de alguna manera, a varias encuestas que vaticinaban un empate técnico o directamente el triunfo de Bolsonaro. Según el escrutinio final del Tribunal Superior Electoral de Brasil, Lula ganó la segunda vuelta con el 51,76% de los votos frente al 48,24% de su rival, una ventaja de más de cuatro millones de sufragios (exactamente 4.430.191), superando en más de dos millones de votos las cifras de su elección de 2022. En otro orden, lo desafiante en esta segunda vuelta fue que Lula consiguió el apoyo de indecisos y personas que no habían ido a votar en la primera vuelta, lo que da cuenta de su apuesta por el “ecumenismo político” al que nos referimos en las líneas anteriores. De esta manera, a los 80 años de edad, Lula será el presidente más longevo de la historia de Brasil y el primero en acceder a un cuarto mandato, lo que lo enfrenta a la necesidad de trabajar en la construcción de su sucesión de política, así como la construcción de una unidad nacional frente a un escenario de extrema polarización.
Como sabemos, la elección brasileña no es un asunto exclusivamente doméstico. Brasil es la mayor economía de Sudamérica, el principal socio comercial de la Argentina y una pieza central del Sur Global. Lo que ocurrió ayer reordena expectativas en la región latinoamericana y a nivel internacional. En esta opinión proponemos una lectura de ese impacto desde una mirada regional, con la convicción de que el resultado puede contribuir a la construcción de una agenda regional con eje en el fortalecimiento de la democracia y la integración de la región, impactando en la construcción de un orden global más equilibrado.
Por otra parte, la victoria tiene un valor político propio, ya que Lula revirtió un resultado adverso y lo hizo en una elección muy polarizada. Tras la primera vuelta, en la cual -como dijimos- triunfó Bolsonaro, el presidente Lula prometió salir a buscar a los millones de brasileños que no habían votado y a aquellos que estaban indecisos y los números confirmaron que esa estrategia funcionó. Esta diferencia final fue más amplia de lo que anticipaban muchos pronósticos y además desafió la idea de que el electorado brasileño había girado de manera irreversible hacia la derecha o ultraderecha.
El giro fue también comunicacional. Después del 4 de octubre, cuando Flávio Bolsonaro lo superó por alrededor de 2,2 millones de votos, el equipo de Lula entendió que había que disputar un terreno en el que el bolsonarismo llevaba años de ventaja: las redes. De esta manera, el presidente, junto a su equipo se encaminó en una estrategia comunicacional de difusión por WhatsApp conocida como el «Ejército de Lula», la cual logró ganar, según encuestas, a más de un millón de seguidores. Sin embargo, a estas cifras se le suma el respaldo territorial del Partido de los Trabajadores (PT), la movilización de amplios sectores que temían un nuevo gobierno de la familia Bolsonaro, los resultados de varias políticas públicas desarrolladas por el gobierno en los años anteriores (que además fueron reforzadas en los últimos tiempos) y las propuestas sociales, cuyo lema fue desde siempre la lucha por la integración social. Pero el resultado fue contundente, mostrando que un dirigente con décadas de trayectoria política debió adaptarse a la forma en que hoy se informa el electorado y funcionó.
Sin perjuicio de lo enunciado, no podemos dejar de mencionar que el país quedó dividido casi por la mitad y la oposición ya anticipó que no reconocerá el resultado. Flávio Bolsonaro afirmó que le resulta imposible aceptarlo, refiriéndose a la decisión de un juez de extender dos horas el horario de la votación, y anunció que pedirá la anulación de los comicios. En este sentido, la Justicia Electoral será la que tendrá que responder a un nuevo intento de “ruptura democrática”.
Para Argentina, el resultado tiene dos lecturas: una incómoda y otra ineludible. La incómoda da cuenta que el presidente Javier Milei había apostado abiertamente por Flávio Bolsonaro, celebró su triunfo en la primera vuelta con un mensaje contra Lula y, compartió en redes publicaciones que cuestionaban la legitimidad del balotaje. Cabe recordar que, en agosto del corriente, tras el altercado político entre ambos países debido a la participación de Milei en una convención política del Partido Liberal (PL), donde apoyó abiertamente a Bolosnaro e insultó a Lula, Brasil redujo el nivel de su relación diplomática con Argentina, quedando ambos países representados por encargados de negocios. Y la lectura ineludible refiere a que Brasil es el vecino regional y el primer socio comercial de Argentina. Sectores enteros de la industria argentina, empezando por la automotriz, textil y alimenticio, dependen de este vínculo bilateral.
La economía no entiende de afinidades ideológicas. A modo de ejemplo, según el Banco Mundial (2023), la Argentina exportó a Brasil unos 11.857 millones de dólares e importó desde allí unos 17.295 millones, más que desde cualquier otro país. Por eso, con Lula reelecto, el desafío para la diplomacia argentina es recomponer un vínculo deteriorado, sin que las diferencias personales entre ambos presidentes contaminen una relación de Estado a Estado y de los pueblos. La historia de la relación bilateral muestra que ambos gobiernos pueden pelearse y reconciliarse, pero no pueden darse la espalda como ocurrió durante décadas en el siglo pasado antes de que nos vinculáramos a partir de la creación del Mercosur.
América Latina ¿fin de la «ola» o prueba de pragmatismo?
La lectura de varios analistas de política internacional se orienta a afirmar que el triunfo en Brasil de Lula podría frenar el giro a la derecha que se vio en Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, Perú y otros países de la región, y que contó con el respaldo del presidente estadounidense, Donald Trump. Lula, ha afirmado a lo largo de su campaña y de sus discursos, que Brasil mantendrá la autonomía nacional y no permitirá interferencias de otros gobiernos en sus políticas domésticas.
En la región, rápidamente se hicieron públicas las reacciones políticas que confirman el pragmatismo necesario. Los apoyos inmediatos llegaron de la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, del uruguayo, Yamandú Orsi y del cubano Miguel Díaz-Canel, pero también felicitaron a Lula por su triunfo mandatarios de signo político distinto, como el chileno José Antonio Kast, el paraguayo Santiago Peña, el panameño José Raúl Mulino y el ecuatoriano Daniel Noboa. Estas acciones reconocen que los gobiernos de la región necesitan trabajar junto a Brasil para fomentar la cooperación regional.
Por otra parte, destacamos las reacciones de diversos Estados y regiones, tales como Estados Unidos, China, Europa y el Sur Global. Por su parte, Donald Trump cuestionó el resultado al sostener que en Brasil acababan de aplicar el «manual de Joe Biden«, y cuestionó la extensión del horario de votación, generando sospechas de legitimidad. Del otro lado del espectro estadounidense, el senador Bernie Sanders celebró lo que llamó una extraordinaria victoria. Como sabemos, la relación entre Lula y Trump fue turbulenta durante todo el período de Lula, lo que implicó imposición de aranceles del 50% a productos brasileños, sanciones a un juez de la Corte Suprema, una reunión en la Casa Blanca en mayo que bajó la tensión y una nueva escalada arancelaria en julio de este año. El gobierno de Lula apostará por conservar su autonomía ante cualquier “interferencia” de Estados Unidos en Brasil y en la región, aunque seguramente, y ante el pragmatismo que ha caracterizado a Lula en sus estrategias de política exterior, tratará de construir una relación que mantenga abiertos los canales de diálogo.
En Europa, se destacó como inédito el giro que le dio el triunfo a Lula y por ende el freno que esto implicó al avance de la derecha radical. Pero el verdadero vínculo entre Brasil y Europa pasa por el acuerdo Mercosur-Unión Europea, y allí el resultado de ayer es una garantía de continuidad. Para el mundo en desarrollo, la victoria de Lula significa también la continuidad de una voz con peso propio en la agenda climática, en la gobernanza global y en la defensa del multilateralismo, banderas que Brasil llevó al G20 de Río en 2024 y a la COP30 de Brasil de 2025.
Integración regional: el Mercosur ante su oportunidad
Como dijimos, el escenario regional está permeado por el acuerdo Mercosur-UE, y el liderazgo de un Brasil estable y comprometido con el tratado es clave para sostener el impulso político del lado sudamericano. Pero la integración no se agota en la agenda comercial y la oportunidad, ahora, puede estar enfocada en construir un piso institucional que no dependa tanto del clima político de cada gobierno y de los reveses de la economía internacional.
No podemos dejar de mencionar que el triunfo de Lula también es promisorio para el proceso de integración regional sudamericano, aunque en ocasiones anteriores el mismo Lula no tuvo éxito en sus intentos de reactivar la Unasur. El camino en este sentido es incierto.
Los BRICS y su continuidad
Brasil ejerció la presidencia de los BRICS en 2025 y la cumbre de Río dejó declaraciones sobre gobernanza de la inteligencia artificial, un marco de financiamiento climático y una alianza en salud. En 2026 la presidencia pasó a la India, que reunió a los líderes del bloque ampliado en Nueva Delhi el 12 y 13 de septiembre del corriente bajo el lema de “la resiliencia, la innovación, la cooperación y la sostenibilidad”. De acuerdo a la rotación tradicional, el próximo turno le correspondería a China.
La reelección de Lula garantiza que Brasil seguirá sentado en esa mesa con un presidente que considera a los BRICS un espacio para reformar las instituciones financieras y de gobernanza global. Ese matiz es importante y es, quizás, el mayor activo de la diplomacia brasileña: la capacidad de dialogar a la vez con Estados Unidos, China, Europa e India. Para la región, un Brasil con voz propia en los BRICS puede ser una vía de acceso a financiamiento, inversiones y mercados, siempre que se evite caer en alineamientos automáticos.
Los límites del triunfo
Algunos analistas ponen el acento en que Bolsonaro obtuvo tanto en primera vuelta como en el ballotage un número considerable de votos y que el resultado de la primera vuelta definió la composición de un Congreso fragmentado que puede limitar las acciones futuras del próximo gobierno de Lula. Quedará evaluar si estos resultados provocan un cambio en la política del PT o se mantendrá con las acciones de gobierno prometidas en la campaña.
En el plano económico, el nuevo mandato comenzará con una economía que mostró resultados mejores de lo esperado, aunque con algunos desequilibrios que deberán ser mejorados. El compromiso de elevar el salario mínimo por encima de la inflación y de ampliar las prestaciones sociales podría complicar el cumplimiento de las metas fiscales, y Lula deberá negociar con una oposición fortalecida.
Conclusión
El triunfo de Lula es una noticia que trasciende a Brasil. Para la Argentina, es la oportunidad de recomponer el vínculo con nuestro principal socio; para la región, una señal de que la polarización no tiene por qué impedir la cooperación; para el mundo, un recordatorio de que el Sur Global tiene voz propia. El desafío ahora es transformar una victoria electoral en una agenda concreta de integración, desarrollo y convivencia democrática, donde triunfe la apuesta al “ecumenismo político”. Esa es la gran tarea de Brasil.
Laura Bono
Laura Bogado Bordazar
Coordinadoras
Departamento de América Latina y el Caribe
IRI-UNLP