En este momento estás viendo ¿Estamos en la antesala de una nueva Guerra Fría regional en Medio Oriente?

¿Estamos en la antesala de una nueva Guerra Fría regional en Medio Oriente?

En las últimas semanas, la dinámica regional volvió más nítida una hipótesis: Medio Oriente tiende a reordenarse en torno a alineamientos pragmáticos. No son las afinidades ideológicas las que explican por sí solas el mapa de alianzas, sino la convergencia de intereses estratégicos —seguridad, estabilidad doméstica, proyección económica y control de zonas de influencia— la que está reconfigurando vínculos y elevando el riesgo de una confrontación indirecta, con una lógica que recuerda (aunque no replica) a la Guerra Fría.

Hablar de “bloques” puede ser útil como herramienta analítica, pero conviene aclarar su límite: no existen coaliciones rígidas, con fronteras nítidas y disciplina interna permanente, como ocurrió durante buena parte de la competencia entre Estados Unidos y la Unión Soviética. En Medio Oriente, los alineamientos funcionan más como coaliciones flexibles: se consolidan en un conflicto, se relajan en otro y, en ocasiones, conviven con rivalidades entre socios.

Aun con esa salvedad, puede distinguirse una primera tendencia asociada a actores que privilegian el mantenimiento del statu quo y la contención de la inestabilidad regional, con una preocupación constante por el “derrame” hacia la política doméstica (seguridad, legitimidad, economía). En distintos grados, este espacio incluye a Arabia Saudita, Egipto, Qatar, Pakistán y Turquía, aunque con agendas nacionales propias y fricciones puntuales.

En paralelo, se observa un segundo agrupamiento menos homogéneo, unido por la idea de que el orden regional existente no logró contener amenazas persistentes —desde redes armadas y conflictos crónicos hasta la disputa por la arquitectura de seguridad regional— y que, por lo tanto, es necesario reconfigurar equilibrios mediante alianzas, instrumentos económicos y proyección securitaria. Aquí suelen ubicarse Israel y Emiratos Árabes Unidos, acompañados por socios periféricos en algunos ejes.

Esta lectura “en bloques”, sin embargo, queda incompleta si no se incorpora un dato central: una parte relevante de la competencia actual no ocurre entre bloques, sino entre los miembros de los diferentes bloques. Y el caso más ilustrativo es la rivalidad —a veces silenciosa, a veces explícita— entre Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos. Ambos comparten, en términos generales, un interés por la estabilidad y por limitar amenazas regionales, pero difieren en su forma de traducir poder y en su proyecto de liderazgo. En otras palabras, la región puede mostrar rasgos de polarización, pero también exhibe una competencia intra-eje por influencia, prestigio y centralidad económica.

La animosidad subyacente entre Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos se volvió más explícita en enero, cuando voces mediáticas saudíes intensificaron críticas contra Abu Dhabi, acusándolo de “invertir en el caos” en escenarios del norte y el Cuerno de África y de actuar como instrumento de la agenda israelí en la región. Más allá del tono, el episodio es revelador: la disputa ya no se expresa únicamente como divergencias tácticas, sino como una competencia estratégica amplia, que combina dimensiones económicas, políticas y de seguridad.

Parte de los incentivos que aceleraron esta rivalidad provienen de la nueva proyección saudí como potencia que busca consolidar centralidad regional —incluida la ambición de atraer capital, sedes corporativas, turismo y logística— en áreas donde Emiratos construyó ventajas comparativas durante décadas. En el marco de Vision 2030, Riad intenta reducir su dependencia del petróleo y posicionarse como hub de finanzas, negocios y turismo. Para materializar ese giro, el Reino necesita captar volúmenes significativos de inversión extranjera, algo que a su vez exige previsibilidad, estabilidad y un entorno regional relativamente calmo. La competencia, sin embargo, no queda solo “puertas adentro” sino que se proyecta hacia afuera en forma de presiones diplomáticas, disputas por redes de influencia y enfrentamientos indirectos en teatros periféricos.

El ejemplo más evidente de esa confrontación indirecta aparece en Yemen. El país permanece fragmentado por una guerra civil en la que conviven múltiples actores. De manera esquemática, una parte del territorio está bajo el gobierno reconocido internacionalmente y el Consejo de Liderazgo Presidencial (PLC), con respaldo saudí; otra zona clave está controlada por los hutíes (Ansar Allah), respaldados por Irán y con presencia en áreas densamente pobladas y en Saná; y, en el sur, el Consejo de Transición del Sur (STC), respaldado por Emiratos, sostiene una agenda secesionista. En este escenario, Riad y Abu Dhabi no solo enfrentan amenazas comunes, sino que también compiten por modelar el resultado político y por construir socios locales funcionales a sus intereses.

Además de Yemen, la competencia saudí-emiratí se proyecta sobre otros tableros —Sudán y, en menor medida, Siria— donde ambos actores tienden a priorizar objetivos distintos. En líneas generales, Arabia Saudita privilegia la estabilidad y la reducción de riesgos sistémicos, siempre que no perciba una amenaza directa al Reino ni a su agenda de transformación económica. Emiratos Árabes Unidos, en cambio, suele enfatizar una lógica securitaria preventiva orientada a limitar el ascenso de actores islamistas —en especial aquellos vinculados al islam político— y a moldear resultados locales a través de alianzas selectivas.

En Sudán, esta divergencia se volvió especialmente visible: mientras Riad impulsó iniciativas diplomáticas y sostuvo vínculos con las Fuerzas Armadas Sudanesas, Abu Dhabi fue señalado en reportes y hallazgos externos como sostén material de las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), aunque Emiratos lo niega.

En Siria, la divergencia saudí-emiratí también se hace visible. Para Riad, respaldar al nuevo liderazgo en Damasco —encabezado por Ahmed al-Sharaa— aparece como la opción menos costosa para contener riesgos, reducir vacíos de poder y encauzar una transición que, con incentivos económicos, podría volverse más gobernable. En esa lógica, Arabia Saudita viene apostando por paquetes de inversión y proyectos presentados como motores de reconstrucción y, sobre todo, de estabilización. Emiratos, en cambio, se muestra más escéptico respecto de la capacidad del nuevo presidente para consolidar instituciones estables y, en particular, para cortar definitivamente con redes y reflejos asociados al islamismo militante.

Las diferencias se vuelven especialmente visibles en la relación con Israel. Mientras Arabia Saudita sostuvo durante años que la normalización requería avances sustantivos hacia una solución para Palestina, Emiratos optó por avanzar con los Acuerdos de Abraham bajo patrocinio estadounidense, priorizando beneficios estratégicos inmediatos. Tras el 7 de octubre, la dinámica regional añadió nuevas tensiones: el conflicto empujó a Israel a adoptar posturas más marcadas por el uso de la fuerza, reforzando afinidades tácticas con actores que sostienen una visión más “activista” del orden regional, entre ellos Emiratos.

En síntesis, la idea de una “Guerra Fría regional” captura un rasgo real —la expansión de la competencia indirecta y la disputa por influencia—, pero debe usarse con precisión. Medio Oriente no se está partiendo en dos campos cerrados: muestra una combinación de alineamientos pragmáticos, coaliciones variables y rivalidades internas. Y, justamente por esa mezcla —más fluida y menos disciplinada—, el riesgo no reside solo en la retórica de “bandos”, sino en la acumulación de fricciones locales, escenarios periféricos y apuestas cruzadas que, bajo ciertas condiciones, pueden escalar hacia crisis más amplias.

Franco Serrano
Integrante
Departamento de Medio Oriente
IRI-UNLP