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Alboroto mediático en torno a la cumbre de las superpotencias

El encuentro en Pekín entre dos de los hegemones del momento apenas ha dejado una estela poco duradera sobre el agua. A pesar del proverbial boato chino desplegado para este tipo de acontecimientos, la reunión no produjo grandes novedades, al menos en el plano geopolítico, que era el aspecto que despertaba mayores expectativas entre los analistas. China y EE. UU. aparecieron, en líneas generales, alejados del teatro de los acontecimientos más urticantes de estas semanas.

Un ejemplo fue la posición compartida respecto del bloqueo del Estrecho de Ormuz: ambos se manifestaron prudentemente “a favor del desbloqueo del estrecho”, sin que mediara ninguna exigencia explícita. La posición, matizada por el aterciopelado lenguaje de la diplomacia, parece mostrar que, en la nueva geopolítica, un país de poder medio como Irán —del porte de Turquía o de la propia Argentina— posee la capacidad de adoptar medidas capaces de poner en jaque a la economía mundial.

En el encuentro hubo también dos mensajes de cierta potencia simbólica. Uno, subliminal y cargado de ternura, se vio en la multitud de niños que agitaban pequeñas banderas de ambos países durante la recepción oficial, imagen que pareció insinuar las profundas diferencias demográficas y etarias entre las dos potencias. El otro mensaje fue de carácter más transaccional.

Como una gentileza de reciprocidad, frente al respaldo político que implica sin duda la presencia del presidente estadounidense en Pekín, Xi visitará Washington unas semanas antes de las elecciones de medio término. Algunos observadores consideran que una fotografía de alto impacto protocolar podría ayudar a Trump a recuperar parte del terreno perdido en las encuestas, afectadas por la inflación y el aumento del precio de la gasolina derivados de la crisis en Oriente Medio y de la subestimación del potencial militar, institucional y social iraní.

El encuentro estuvo marcado por la cordialidad, salvo por un detalle llamativo durante la despedida: la presencia de Marco Rubio en la comitiva estadounidense, pese a encontrarse formalmente sancionado por China desde 2020.

Siendo senador, Rubio había cuestionado duramente a Pekín por la situación en Xinjiang y Hong Kong, lo que derivó en sanciones que incluían restricciones de ingreso al país. Lo singular es que igualmente pudo participar de la visita oficial acompañando a Trump. Según diversos medios, Pekín habría encontrado una salida diplomática “técnica”: modificar la transliteración oficial china de su apellido para sortear formalmente la sanción. Así el secretario de Estado dejó de ser Rubio y su nombre fue convenientemente modificado.

Hubo también algunas señales económicas cuya durabilidad aún está por verse. Por ejemplo, la posibilidad de que parte del petróleo destinado a alimentar el gigantesco aparato productivo chino provenga de EE. UU. Asimismo, la presencia de los máximos representantes de las grandes compañías tecnológicas dejó en evidencia las verdaderas proporciones de la proclamada “guerra” entre ambas potencias.

La cuestión de los microprocesadores constituye la quintaesencia de ese enfrentamiento abierto. Sin embargo, el armamento principal permanece en manos de empresas globales que conservan, en gran medida, denominación de origen estadounidense. No se trata de que China carezca de desarrollo tecnológico —basta recordar que ha logrado colocar un vehículo espacial en la cara oculta de la Luna—, sino de la dificultad para acceder a los chips más avanzados, indispensables para ocupar posiciones en el podio de la carrera de la inteligencia artificial.

Esa dimensión explica la presencia en la comitiva del CEO de Nvidia, Jensen Huang —curiosamente nacido en Taiwán y uno de los hombres más ricos del mundo—, quien se integró al viaje prácticamente sobre la hora, abordando el Air Force One durante la escala técnica realizada en Alaska.

El problema central son los “nanómetros”, unidad que mide la escala de integración de los microprocesadores. Cuanto menor es el tamaño alcanzado, mayor resulta la capacidad de procesamiento de los chips. Y allí aparece nuevamente Taiwán, quizá el punto más sensible y controvertido de toda la relación bilateral.

La cuestión taiwanesa posee dos dimensiones. La primera es geopolítica: la eventual incorporación de Taiwán a la República Popular China, algo que Pekín considera inevitable, aunque sujeto a los tiempos adecuados. Algunos analistas imaginan incluso formatos de integración gradual similares a los ensayados con Hong Kong en los años noventa. Desde esa perspectiva, Taiwán seguirá siendo un foco latente de controversia entre ambas superpotencias, aunque probablemente dentro de márgenes cuidadosamente administrados.

La segunda dimensión es tecnológica. En Taiwán se encuentra TSMC, responsable de producir aproximadamente tres cuartas partes de los chips más avanzados del mundo. Nvidia, por ejemplo, es una empresa fabless: diseña microprocesadores, pero no posee fábricas propias, por lo que depende de la capacidad industrial taiwanesa.

Sin embargo, la complejidad de esta cadena de suministros suele simplificarse excesivamente. Las máquinas litográficas utilizadas para imprimir chips son fabricadas por la neerlandesa ASML, que domina ampliamente ese segmento. Se trata, probablemente, de uno de los mecanismos industriales más complejos desarrollados por la humanidad.

A su vez, esas máquinas dependen de componentes críticos producidos por otras compañías especializadas: la alemana Zeiss aporta la óptica de ultraprecisión, mientras que la estadounidense Cymer —adquirida posteriormente por ASML— provee las fuentes de luz ultravioleta extrema indispensables para la fabricación de semiconductores avanzados. A ello se suman insumos químicos y materiales altamente sofisticados, muchos de ellos provenientes de Japón. Finalmente, las obleas de silicio son procesadas, testeadas y encapsuladas en distintos puntos de Asia antes de llegar a los mercados globales.

Hoy China continúa teniendo enormes dificultades para acceder a los niveles más avanzados de esa cadena de suministros tecnológicos, especialmente debido a las restricciones impuestas por Washington sobre equipamiento crítico. Mientras los chips de 2 nanómetros ya comienzan a ingresar en producción, la industria china todavía enfrenta severas limitaciones para alcanzar esas escalas, aunque resulta evidente el enorme esfuerzo desplegado por Pekín para reducir esa brecha y ya se sabe del empeño chino para copiar y no perder las carreras por una cabeza.

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De cualquier manera, estos movimientos —como la próxima visita de Putin a Pekín— son importantes, aunque probablemente no decisivos para el curso profundo de los acontecimientos. Funcionan más bien como estaciones de ajuste dentro de procesos estratégicos de mucho mayor alcance.

Mirados en perspectiva histórica, estos episodios podrían ser apenas síntomas de una transformación más profunda. El mundo parece avanzar aceleradamente hacia una nueva etapa civilizatoria que podría desplegarse plenamente hacia mediados del siglo XXI. La globalización ingresaría entonces en una fase superior caracterizada por dos grandes dinámicas convergentes: la reducción progresiva de la pobreza y la creciente reticulación física del planeta mediante nuevas infraestructuras de conectividad, condición indispensable para elevar la productividad de los factores económicos.

En ese tránsito continuarán produciéndose acontecimientos sangrientos y tensiones administradas por los grandes hegemones —EE. UU., Rusia y China— en el marco de un reordenamiento global que busca remover regulaciones, estructuras y obstáculos considerados incompatibles con la nueva etapa de modernización.

Mientras tanto, basta observar el mapa geopolítico mundial para advertir hasta qué punto el prefijo “geo” conserva toda su vigencia, tal como anticipaba hace más de un siglo el geógrafo británico Halford John Mackinder.

Alberto Ford
IRI-UNLP