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Una breve interpretación de la Estrategia de Seguridad Nacional

*  Una breve interpretación de la Estrategia de Seguridad Nacional[1]

Gonzalo Salimena[2]

Gran parte de la historia de Estados Unidos puede comprenderse a partir de sus doctrinas de seguridad nacional, ello implica que que los grandes jugadores de la política internacional elaboran su política exterior y definen sus intereses nacionales a partir de su concepción de la seguridad internacional. En tal sentido, en un nivel un poco más específico a la doctrina, pero en vínculo con ella, la Estrategia de Seguridad Nacional es un documento que ayuda a entender como el gobierno de Estados Unidos prioriza sus amenazas, distribuye sus recursos para hacer frente a las mismas y decide vincularse con el mundo. De esta manera el último documento emitido por la administración del presidente Trump, se transformó en una hoja de ruta clave para la toma de decisiones en los últimos meses. Su correcta interpretación puede brindarnos algunos indicios sobre los acontecimientos que atraviesa actualmente el sistema internacional en nuestros días, y ayudarnos a visualizar cuales pueden ser futuros escenarios de confrontación.

Este documento inicia su recorrido con una severa crítica a las administraciones posguerra Fría, las cuales definieron al interés vital de la política exterior norteamericana, a través de una enumeración interminable de deseos irrealizables, es decir, que la misma estuvo bajo una fuerte influencia del deber ser del idealismo, y no de aquello que se podía llevar a cabo. En otras palabras, estuvo inclinada hacia apuestas erróneas como el liberalismo y el globalismo, es decir, la elite política de Estados Unidos la condujo a formar parte de instituciones internacionales que eran contrarias a los intereses nacionales americanos (o antinorteamericanas) y que condujeron a una fuerte erosión de la soberanía westfaliana. En este sentido, se puede observar a simple vista, un giro clave en la política exterior, la cual debe estar orientada sobre cómo Estados Unidos percibe el mundo y que espera de esa interacción, así como una profunda reformulación de los intereses vitales de la nación.

Bajo una profundización de las ideas y del vocabulario del realismo político, se menciona en primer lugar a la necesidad de “garantizar” la estabilidad del hemisferio occidental, lo cual lo conduce a definir cuáles son sus amenazas prioritarias (migración masiva, narcoterrorismo, cárteles, incursiones extranjeras hostiles y propiedad de activos entre otros). Aquí subyace una idea de algunos autores de la vertiente del realismo político, que sostienen que los actores poderosos en el sistema internacional son aquellos capaces de modificar su entorno y controlar su espacio geopolítico de intrusiones de otros grandes jugadores de las relaciones internacionales. De ser esta interpretación correcta, Estados Unidos quisiera correr la influencia china y rusa sobre su esfera de influencia para proyectar poder e influencia libremente sobre su área. Un autor que sostiene esta tesis es John Mearsheimer, quién no se cansó de manifestar en los últimos años su opinión fundada de que “un hegemón es aquel capaz de controlar su entorno o área y proyectar poder sobre la misma y a la vez hacerlo sobre otras áreas”.  De ahí que hay un resurgir de la doctrina Monroe, pero aplicada bajo el “corolario Trump”.

Un segundo elemento que aparece con claridad como central en la estrategia, es la región Indo-Pacífico. La intención es “preservar la libertad de navegación”, ya que esta área provee materiales críticos y cadenas de suministros esenciales a la economía norteamericana. Es decir, la seguridad nacional puede ser interpretada, en este punto en un enclave económico, es decir que la seguridad económica es una pieza clave de la seguridad nacional. Ello podría conectarse, sin dudas, con el rol significativo que desempeña el desarrollo tecnológico y la inteligencia artificial en el actual proceso de transición intersistémico, que para muchos determinará quién se posicionará en lo más alto de la estructura de poder mundial y configurará un nuevo orden.  Dos regiones más cobran protagonismo desde puntos de vista estratégicos distintos. Por un lado, se la nombra a Europa, como cuna de la civilización occidental en cuanto a la propagación de los valores y las ideas de la libertad y la democracia, de los cuales Estados Unidos es parte, propagó y defendió históricamente. Esa proximidad identitaria fue parte de varios discursos de funcionarios norteamericanos, como por ejemplo, el brindado por el Secretario de Estado Marco Rubio en la conferencia de Múnich de este año, donde manifestó la importancia de los valores europeos y su influencia en Estados Unidos y gran parte del mundo, como parte de la construcción de una moral compartida que supo construir una sociedad internacional que hoy ya no existe.

Por último, y ya más desde un protagonismo de los recursos estratégicos que el mundo necesita para su desarrollo, aparece Medio Oriente como una región trascendental para el equilibrio de poder (posee gas y petróleo) que “no puede ser dominada por ninguna otra potencia”. Desde este punto de vista, podría ser lo que el gran estratega del comienzo de la contención, George Kennan, define como la defensa de puntos fuertes, es decir aquellas zonas vitales para la política exterior de Estados Unidos, las cuales está dispuesto a defender frente a la posible competencia con otras potencias hegemónicas. La intervención de Estados Unidos en Medio Oriente puede tener múltiples lecturas. Más allá de aquellas que la vinculan con la intención de evitar el desarrollo del programa nuclear iraní, por una cuestión de estabilidad y seguridad regional, el control de los recursos económicos y la erosión de los intereses vitales de otras potencias, que extraen beneficios del comercio con Irán, significaría un serio golpe para China y Rusia, y un intento de modificar el entorno regional y reposicionar a Estados Unidos mediante la pérdida de poder e influencia de éstas y proyectar un cambio más amistoso para los intereses nacionales estadounidenses en la región. La política internacional es un ambiente de pocos jugadores importantes pero muy poderosos nos decía Kenneth Waltz, un axioma que aún hoy se cumple y se asemeja a una ley objetiva del positivismo de Hans Morgenthau.

Estas ideas se refuerzan sobre principios claves que forman parte del realismo en sus diferentes vertientes. Aparece con fuerza el concepto de interés, una guía clave del realismo que permite definir la conducta de los Estados y entender porque los Estados actuaron de la manera en que lo hicieron. El problema para la actual administración fue su ampliación hasta considerar una gran cantidad de intereses, lo cual diluyó el término al ampliarlo demasiado, ganando en denotación, pero perdiendo en significado. Por eso “centrarse en todo es no centrarse en nada”. Si consideramos en esta concepción que el poder es el interés del Estado, parte de este se podría entender en términos clásicos, donde la fuerza es parte del uso del instrumento del poder.  La fuerza “permite alcanzar la paz” como elemento disuasorio, ya que el poder y su uso implica respeto y prestigio ambos partes indiscutibles de la política internacional de poder. Entre los principios enumerados, aparece la idea de un realismo flexible que se proyecta con un Estados Unidos que puede vincularse objetivamente a través del logro de objetivos de política exterior con un interés nacional claro, que va más allá de la ideología y que supone un vínculo transversal con otros regímenes “sin imponerles cambios democráticos o sociales que difieran de sus tradiciones”, es decir, una política sin componentes morales o idealistas.

Siguiendo estas líneas realistas, el actor clave de las relaciones internacionales que guía los designios del sistema internacional es el Estado. Reforzar la soberanía westfaliana, se transforma en el núcleo esencial para hacer frente a “las incursiones de las organizaciones transnacionales más intrusivas que socaban la soberanía”. No es que las instituciones no tienen trascendencia, pero deben ser reformadas y en todo caso están en función de la soberanía estatal. Por último, aparece la idea de un equilibrio de poder. Si el mundo supone, competitividad, conflictividad y lucha por el poder, donde las instituciones son débiles, la manera de matizar esa confrontación estoica por el poder es mediante una estrategia que tenga como eje un equilibrio de poder defensivo, esto es como dijo Stephen Walt “that states ally to balance against threats rather than against power alone. Although the distribution of power is an extremely important factor” (Walt, 1987: p.5). Aquí forman un papel clave las alianzas que se puedan establecer para “frustrar ambiciones que amenazan nuestros intereses comunes” o erosionar sus intereses vitales en regiones claves que permitan atrasarlos en la obtención de objetivos.

En síntesis, la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos supone una concepción de la política internacional conflictiva y competitiva, caracterizada por una lucha entre las potencias hegemónicas por el poder y los recursos estratégicos económicos. En esta arquitectura, la administración del presidente Trump considera que la mejor forma de interactuar con el mundo y garantizar sus intereses nacionales es a través de un amplio espectro del realismo político compuesto por una multiplicidad de corrientes que van desde las ideas George Kennan, pasando por John Mearsheimer y Stephen Walt entre otros.

Referencias bibliográficas

Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos de América (2025).

Gaddis, J (1989). Estrategias de la contención. Editorial GEL.

Mearsheimer, J (2001). The tragedy of the great powers. Norton & Company. New York.

Walt, S. (1987). The Origins of the Alliance. Cornell University Press.

[1] Parte de las interpretaciones breves que realicé en este escrito son fruto de mi participación como profesor visitante del Centro William J. Perry de Washington en el marco del curso GSSD – abril mayo 2026.

[2] Miembro de la Comisión Asesora del Doctorado en Relaciones Internacionales (IRI-UNLP). Coordinador del Departamento de Seguridad y Defensa (IRI-UNLP). Director de la licenciatura en Defensa Nacional. Profesor visitante del Centro William J. Perry de Estudios Hemisféricos.