Departamento de Medio Oriente
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La reconfiguración de la arquitectura securitaria de Medio Oriente
Lenny Favre
El escenario geopolítico de Medio Oriente ha sufrido profundas transformaciones en la tercera década del siglo XXI. Con los conflictos y pugnas que asolan coetáneamente la región, los estados del Golfo Pérsico se han visto obligados a revisar los términos sobre los que estructuran su seguridad nacional, altamente dependiente de la colaboración con socios externos a Medio Oriente. Sin embargo, los actores extra-regionales con capacidad de influir en la arquitectura securitaria del Golfo parecen reticentes a involucrarse más profundamente. Ante la incapacidad de continuar con la externalización de la defensa nacional sin dejar de lado sus propios objetivos políticos, Arabia Saudita ha optado por fortalecer la cooperación intrarregional y la potenciación de su autonomía.
El vínculo con Estados Unidos ha sido el pivote de las estrategias de seguridad y de defensa para los gobiernos del lado árabe del Golfo. Particular es el caso del Reino Saudí, quien lo instrumentalizó como una herramienta para intentar imponerse como el hegemón regional. El interés geoestratégico estadounidense era que Arabia Saudita cumpliese los roles de interlocutor en Medio Oriente y líder de la comunidad musulmana para preservar el status quo y proteger el funcionamiento normal de los flujos del comercio internacional de energía y armamento.
A través de una relación basada en la interdependencia y la percepción común de amenazas regionales, Estados Unidos se consolidó como el pilar fundamental de la arquitectura securitaria en el Golfo Pérsico. No obstante, la lógica del vínculo siempre fue inequitativa, dado el desequilibrio en capacidades materiales. Si los intereses de ambas naciones han convergido, generalmente se ha debido a la voluntad saudí de adaptarse a los objetivos de política exterior estadounidenses.
Con el advenimiento del siglo XXI, la relación entre ambos actores comenzó a evidenciar signos de erosión. Medio Oriente sufrió una desjerarquización en la política exterior norteamericana, principalmente como fruto de una mayor independencia energética y una menor percepción de amenazas regionales que pongan directamente en peligro a la sociedad estadounidense. El repliegue de Estados Unidos se dio al mismo tiempo que la desconfianza en el liderazgo saudí crecía entre las filas de la burocracia norteamericana y el estatus del Reino como baluarte de la seguridad regional era fuertemente cuestionado.
Desde 2015, Mohammed bin Salman, actual príncipe heredero, se ha consolidado como la máxima figura de autoridad y la cara del más reciente plan de desarrollo nacional, la Visión Saudí 2030, que, a rasgos generales, apunta a reformar el contrato social saudí, llevar a cabo una modernización socioeconómica y blindar la legitimidad de la familia real. Con él al mando de las Fuerzas Armadas, Arabia Saudita tomó una actitud más proactiva a nivel regional para evitar el avance de la influencia iraní y revalidar su rol como interlocutor en Medio Oriente; a la par que Estados Unidos buscaba evitar la creación de nuevos focos de conflicto y se mostraba más transigente. La insignia de este enfoque fue la Operación Tormenta Decisiva, la cual dio inicio a la guerra en Yemen contra los hutíes. No obstante, la cruzada saudí ha estado lejos de alcanzar sus objetivos políticos y ha desencadenado una crisis humanitaria sin precedentes. La estrategia inicial se tornó restrictiva y costosa rápidamente. Su ineficacia motivó, hacia 2019, un viraje conciliador y pragmático de la política exterior saudí. Las características de este han sido la diversificación de las relaciones internacionales, la busquesa de una reducción de la conflictividad regional y la priorización de la estabilidad en el vecindario para alcanzar los objetivos económicos de la Visión.
Durante el segundo mandato de Donald Trump, las posiciones que ambos actores detentaban en 2015 parecen haberse invertido. Mientras Arabia Saudita, luego de normalizar sus relaciones con Teherán en 2023, se ha mostrado abierta a negociar; el presidente republicano ha intensificado la retórica idealista y mesiánica en contra de la República Islámica. El discurso del presidente estadounidense parece ir en contra de los criterios más pragmáticos que indica la Estrategia de Seguridad Nacional del país, que vincula de manera inversamente proporcional la prioridad otorgada a Medio Oriente con respecto a la independencia energética norteamericana (Executive Office of the President of the United States, 2025). La conducta de Trump sirve como evidencia de un segundo fenómeno: el cada vez mayor alineamiento automático entre los designios políticos de la Casa Blanca e Israel. La determinación israelí de atacar a Irán y la certeza de que objetivos norteamericanos serían apuntados por las represalias llevaron a la Casa Blanca a tomar la decisión de iniciar un nuevo conflicto en Medio Oriente el 28 de febrero de 2026 (Stein, 2026).
La guerra en Irán ha generado un escenario trágico para el Golfo Pérsico. Las estrategias militares de atrición iraníes han buscado trasladar los costos del conflicto a Estados Unidos a través de ataques balísticos a los países del Consejo de Cooperación del Golfo y el cierre del estrecho de Ormuz, por donde a diario pasan 15 millones de barriles de crudo, el 20% del gas natural licuado y un tercio de los fertilizantes comerciados a nivel global. Cientos de cargueros han quedado varados, impidiendo el normal funcionamiento de los flujos energéticos internacionales y privando de un recurso estratégico a las economías rentistas del Golfo.
Los países del Consejo han secundado los esfuerzos de mediación y han abogado por una resolución inmediata de la guerra mediante la negociación. Sin estar involucrados en el conflicto, son quienes más han sentido sus consecuencias, exponiendo la vulnerabilidad estructural de la seguridad regional. La guerra ha motivado la reevaluación de los riesgos y costos de la sobredependencia de las garantías securitarias norteamericanas. La desconfianza en Estados Unidos deja un importante vacío de poder en el Golfo Pérsico. Los eventos desarrollados desde finales de febrero han motivado a los Estados de esta geografía a recalibrar sus herramientas de defensa y sus alianzas.
La fragilidad de la seguridad del Golfo
El Consejo de Cooperación del Golfo -conformado por Arabia Saudita, Bahréin, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Omán- tiene una posición central en materia geoeconómica y geopolítica por sus vastas reservas de hidrocarburos y su geografía estratégica para el comercio global. La génesis de este organismo se ubica en 1981, posterior a que la Revolución Islámica en 1979 y la guerra entre Irán e Irak en 1980 dejaran en evidencia la vulnerabilidad securitaria de los países del Golfo, tanto en materia ideacional como material. Si bien fue concebido como un mecanismo para la coordinación y la seguridad colectiva, la reticencia de sus miembros a ceder soberanía creó límites de base a la institucionalización del Consejo, tornándolo flexible, pero frágil (Marzooq, 2026).
La arquitectura securitaria de los países del Golfo ha estado caracterizada por la dependencia de actores externos, las falencias en materia de coordinación defensiva y la priorización de la seguridad interna del régimen por encima de los imperativos externos. La fragilidad del Consejo no se debe a una escasez de recursos o a la ineficacia gubernamental, sino a decisiones deliberadas tomadas por cada uno de los estados parte. Sus mecanismos se activan sólo cuando se alinean los intereses, mientras que son evitados cuando estos divergen (Marzooq, 2026: 3).
Las preocupaciones en torno a las asimetrías de poder y las diferentes percepciones de amenazas han bloqueado cualquier tipo de integración más allá de la cooperación contingente y han perpetuado un estado de “ambigüedad estratégica” (Marzooq, 2026: 4). El patrón de las relaciones entre Arabia Saudita, Catar y Emiratos Árabes Unidos ha sido incapaz de generar una identidad colectiva donde la seguridad de uno sea definida en relación a los otros. Los tres actores se insertan en un ambiente regional caracterizado por la incertidumbre y la fluidez, obligándolos a llevar a cabo un cálculo periódico de sus herramientas y alianzas, en el cual pesan más la soberanía y la expansión de la influencia que otras consideraciones (Marzooq, 2026: 3). El aseguramiento de la estabilidad interna y la resiliencia de las élites nacionales han sido históricamente priorizados por encima de la seguridad nacional y regional por los gobiernos autoritarios y rentistas del Golfo.
Modernización militar en el Golfo
En el marco de sus respectivos planes de desarrollo nacional, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Qatar están atravesando una acelerada transformación y modernización de sus fuerzas armadas e instituciones militares orientadas hacia la búsqueda de una autonomía estratégica (Samaan, 2023). La Guerra del Golfo en 1990 fue el preludio de un proceso de firma de nuevos acuerdos de defensa convenidos con actores externos a la Península Arábica y un incremento masivo en el gasto militar (Samaan, 2019: 13). Desde ese entonces, los estados del Golfo han dedicado importantes recursos a fortalecer sus respectivas fuerzas armadas.
Arabia Saudita, a lo largo del siglo XXI, se ha ubicado entre los máximos importadores de armamento, proveniente fundamentalmente desde Occidente. La dependencia armamentística no sólo opera como una limitación en sí misma, sino que ata el aparato securitario saudí a los designios políticos occidentales, y su funcionamiento a la asistencia de contratistas y personal extranjero. Los exorbitantes gastos militares saudíes no se condicen con las capacidades de defensa y de respuesta a crisis del Reino debido a la fragmentación institucional autoinducida. Los organismos del aparato militar saudí fueron diseñados para superponerse, a la vez que su control depende de distintas ramas de la familia real, evitando la interoperabilidad y el fortalecimiento desmedido de alguna facción que pueda amenazar al poder central.
La debilidad relativa de las Fuerzas Armadas saudíes y la falta de coordinación entre agencias son factores que sirven para explicar el fracaso de la campaña en Yemen y la debacle generada por el ataque contra las instalaciones de Abqaiq y Khurais en septiembre de 2019, que redujo casi a la mitad la producción petrolífera del país. A pesar de gozar de una posición hegemónica en la región, Arabia Saudita es estructuralmente débil ante las nuevas amenazas y ataques no convencionales, e incapaz de cumplir con los objetivos de su agenda geopolítica de imponerse como gendarme y hegemón regional.
Amparado en la Visión Saudí 2030, un cambio se ha estado gestando en la política de defensa nacional y en la política exterior saudíes gracias a una reforma militar que propicia la racionalización y la centralización del poder en torno a Mohammed bin Salman y su círculo cercano. El plan de desarrollo nacional busca eliminar las limitaciones operativas, reducir la dependencia militar externa y localizar en el país la mitad de la producción del armamento adquirido por el gobierno.
La transformación del vínculo securitario de Estados Unidos con la región ha sido clave para desencadenar este proceso. Sin embargo, las premisas esbozadas en la Visión no se proponen desjerarquizar totalmente el vínculo, sino reconfigurarlo. La búsqueda de autonomía estratégica ha tenido cuidado en preservar la relación securitaria con el vector tradicional de su política exterior. Estados Unidos continúa siendo el principal socio del Reino en materia armamentística y un aliado importante. Existe un interés mutuo por conservar la cooperación defensiva y militar, como evidencia la declaración de Arabia Saudita como aliado importante extra-OTAN (Executive Office of the President of the United States, 2026).
Pese a ello, es probable que las diferencias en relación a las prioridades estratégicas de ambos no se traduzcan en un distanciamiento en todas las áreas temáticas. Los países del Golfo son importantes para la Casa Blanca en su carácter de fuentes y destinos de inversiones, sobre todo focalizadas en industrias claves para ambas partes: inteligencia artificial, energía nuclear y tecnología defensiva (Executive Office of the President of the United States, 2025). Tres áreas vitales para los planes de modernización económica nacional saudíes. La cooperación en torno a las mismas quedó consagrada en una serie de acuerdos firmados por Donald Trump y Mohammed bin Salman en la visita del mandatario estadounidense al Reino en noviembre de 2025 (The White House, 2025).
No obstante, los designios geopolíticos del Reino no son plausibles sin asumir elevados costes materiales en un contexto de merma de los ingresos fiscales (The Unit for Political Studies, 2026) y sin la cooperación de aliados que compartan su agenda de política exterior. Las presiones en esta materia se han hecho sentir en el país fruto de un aumento en el gasto público, bajos precios del petróleo, e insuficientes flujos de inversiones extranjeras. El aumento en la volatilidad regional como resultado de la guerra en Irán ha agudizado el riesgo geopolítico y amenaza directamente los objetivos de la Visión Saudí 2030.
No obstante, Washington optó por proteger a Israel durante la guerra con Irán, inclusive a costa de los estados del Golfo, lo cual influirá en la agenda geopolítica de estos últimos en el futuro (Elshehaby, 2026). Evidencia de ello fue la negativa de Mohammed bin Salman a permitir el uso del espacio aéreo saudí y las bases aéreas del país para la “Operación Libertad”, destinada a escoltar navíos que intentasen atravesar el estrecho de Ormuz (Wintour, 2026). Esta acción militar fue finalmente descartada por la Casa Blanca debido a la objeción del Reino. La búsqueda de autonomía estratégica del Estado saudí tiene también por resultado una reducción en la influencia estadounidense sobre la arquitectura securitaria del Golfo. La nueva directriz de las interacciones parece ser la siguiente: Arabia Saudita va a trabajar con Estados Unidos cuando los objetivos políticos de ambos converjan, pero cuando este no sea el caso, se decantará por otros socios o actuará por su cuenta.
Sin que se asienten bases firmes que sustenten un orden regional estable, el panorama que esboza el plan de desarrollo nacional saudí simplemente no existe. Un Golfo Pérsico devastado por las consecuencias de la guerra acarrearía graves riesgos económicos (The Unit for Political Studies, 2026). Las tensiones geopolíticas convergen en la volatilidad de los precios de la energía, que desalienta la inversión extranjera, frena la alocación de capitales en sectores por fuera del hidrocarburífero y constriñen el crecimiento del sector privado en Arabia Saudita (Alhassan et al, 2024). Estas no son sólo prioridades económicas del gobierno saudí, son la piedra angular sobre la que erige su visión del futuro nacional y regional. Para Mohammed bin Salman y la élite política saudí su relevancia no es contingente, sino existencial.
Desde 2024, Arabia Saudita ha recalibrado los lineamientos de su política exterior para reflejar los imperativos macroeconómicos nacionales, y la intención de recobrar la confianza de los inversores (The Unit for Political Studies, 2026). Con las limitaciones asumidas por Mohammed bin Salman y su círculo cercano, una imposición hegemónica y unilateral dentro del orden regional no se visualiza dentro del ámbito de lo posible. Su agenda política y económica necesita del apoyo de una alianza que comparta sus objetivos geopolíticos y a través de la cual se puedan distribuir los costos de recalibrar el orden regional. La sinergia con los vectores tradicionales de su política regional e internacional –Estados Unidos y Emiratos Árabes Unidos– se ha resquebrajado, por lo que Riad ha optado por conformar un cuadrilátero alternativo con Ankara, El Cairo e Islamabad, cristalizado por la reunión entre los respectivos ministros de Relaciones Exteriores que tuvo lugar el viernes 17 de abril en Antalya.
La rivalidad estructural de la alianza con Emiratos Árabes Unidos
Por décadas, la alianza tradicional entre Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos pareció erigirse como el pilar del orden del Golfo gracias a un alineamiento estratégico casi automático que hacía intuir una identidad colectiva fundada en intereses conjuntos, escondiendo, sin embargo, una rivalidad estructural. La lógica de las relaciones entre ambos está dictada por el cálculo racional e intereses a mediano y largo plazo que no convergen; no por el peso de la historia o una identificación conjunta. A pesar de su tamaño y población, Abu Dhabi ha adoptado una política exterior activa para maximizar su relevancia y asegurar sus intereses securitarios por fuera del paraguas saudí (Marzooq, 2026: 4).
Las medidas económico-comerciales introducidas por Mohammed bin Salman como parte de la Visión Saudí 2030, orientadas a convertir a Arabia Saudita en un nexo logístico y turístico global, han acentuado esta dinámica competitiva, obligando al gobierno emiratí a desprenderse de su estrategia de bandwagoning. Los objetivos saudíes amenazan el modelo económico emiratí, basado en su posición como núcleo comercial y financiero en Medio Oriente. Abu Dhabi ha direccionado sus recursos a extender su influencia en el Golfo de Adén y el Mar Rojo a través de inversiones en instalaciones portuarias, el acercamiento con actores subestatales y la presencia militar (Juneau, 2020: 188).
Desde 2019, los dos gobiernos han dejado de trabajar concertadamente en Yemen. Ante el fracaso de la campaña, Mohammed bin Zayed adoptó un curso independiente basado en el apoyo al Consejo de Transición del Sur (CTS) –un grupo político armado secesionista– para controlar la línea costera del país y la Isla de Socotra. Estos territorios son claves para la dominación de la logística comercial en Medio Oriente. Por su parte, el gobierno en Riad ha preferido cerrar filas con Islah, una rama de la Hermandad Musulmana resistida radicalmente por Abu Dhabi, y construir una fuerza estabilizadora en el país. Las divergencias estratégicas se hicieron cada vez más claras: mientras el Reino buscaba eliminar a los hutíes y fortalecer al gobierno central; los Emiratos optaron por concentrar sus fuerzas en el contraterrorismo y la construcción de influencia en el sur de Yemen. El presidente emiratí representa la línea más dura de oposición al Islam político, a la vez que es más escéptico con respecto a la amenaza que representan los hutíes y su relación con Irán, que su contraparte saudí (Juneau, 2020).
Asimismo, Abu Dhabi ha orientado discretamente su capital político a la región separatista de Somalilandia y a dos Estados semi-autónomos de Somalia, Jubalandia y Puntlandia, y ha sido acusado de apoyar a las Fuerzas de Apoyo Rápido en Sudán (FAR), todos enfrentados a sus respectivos gobiernos centrales. El Reino se ha parado en la otra vereda. Ha fortalecido sus relaciones con el gobierno central de Somalia –con quien convino un memorándum de entendimiento en materia de cooperación militar (Cafiero, 2026)– y con las Fuerzas Armadas Sudanesas y su cabecilla Abdel Fattah al-Burhan, líder de facto del país (ADF, 2025).
El recurso clave que yace en el seno de la cuestión sudanesa es el oro. Dubai es el mercado de oro más importante del mundo y las FAR tienen bajo su control importantes minas dentro del territorio del máximo exportador africano de este material (RFI, 2026). Las atrocidades cometidas por las FAR en Sudán han sido catalogadas por Naciones Unidas y la Corte Penal Internacional como un genocidio. El gobierno sudanés incluso llevó la cuestión a la Corte Internacional de Justicia, quien descartó la responsabilidad emiratí. A pesar de ello, las acusaciones que vinculan a Abu Dhabi con un grupo que está cometiendo un genocidio a través de la provisión de armamento han debilitado su posición estratégica, dañando sus recursos de poder blando.
Somalilandia, por su parte, se ubica sobre el Golfo de Adén, una zona estratégica para el comercio global. A pesar de que no ha reconocido formalmente la independencia de esta región, Abu Dhabi ha realizado importantes inversiones en el territorio durante varios años. De especial relevancia geoeconómica son los millonarios contratos convenidos con agencias emiratíes, como DP World, para controlar los puertos de Berbera y Bossaso –este último localizado en Puntlandia (Roebuck, 2026). El interés de Etiopía en acceder a una salida al mar mediante Somalilandia la ha convertido en la aliada predilecta del gobierno emiratí para avanzar con sus intereses en África (Cafiero, 2026). En un corto periodo de tiempo, Emiratos Árabes Unidos logró posicionarse como un actor indispensable en el sur de Yemen y expandió su influencia en el continente africano a costa de los intereses saudíes.
Abu Dhabi parece alineado con la postura geopolítica de Israel en África y el Golfo de Adén. Ambos estados participaron de ejercicios navales conjuntos en el Mar Rojo. Además, la intermediación emiratí fue clave para que Sudán se sumase a los Acuerdos de Abraham en el año 2021 (Lons, 2026). El reconocimiento israelí de Somalilandia como estado soberano en diciembre de 2025, si bien no fue acompañado por Mohammed bin Zayed, refleja una sintonía en las afinidades sobre el tablero africano. Emiratos Árabes Unidos parece haber quedado como abanderado del paradigma de arquitectura securitaria regional favorecido por Estados Unidos, el esbozado en los Acuerdos de Abraham. Arabia Saudita, por su parte, hoy parece acercarse cada vez más a un paradigma regido por la autonomía estratégica y moldeado por las prioridades nacionales saudíes.
El Reino saudí percibe a las fuerzas separatistas como una amenaza a la estabilidad regional, de la cual dependen los objetivos de la agenda política del país. Por ello ha dirigido sus esfuerzos a sofocar el apoyo emiratí a grupos secesionistas en la Península Arábiga y África. En Yemen, hacia finales de 2025, el Consejo de Transición del Sur, pilar de apoyo de Abu Dhabi en el país, tomó las gobernaciones de Hadramaut y Mahra. Mohammed bin Salman no pasó por alto lo que consideró como transgresiones a su autoridad y confrontó diplomática y militarmente al CTS. A finales de diciembre de 2026, la situación escaló rápidamente y culminó con la disolución del grupo separatista y la retirada de las fuerzas contraterroristas emiratíes de Yemen (Lons, 2026).
La ruptura total de la relación fue consumada con la salida de Emiratos Árabes Unidos de la OPEP en abril de 2026. Con ello, el organismo pierde aproximadamente un 15% de la porción de la producción del petróleo que controlaba y al segundo país, después de Arabia Saudita, en capacidad de producción excedentaria (Edser y Mitchell, 2026). Este movimiento sancionatorio marca un claro distanciamiento de Mohammed bin Zayed de los cuadros políticos en Riad. En una reconfiguración geopolítica de Medio Oriente y los mercados petroleros, Abu Dhabi reduce sustancialmente el margen de maniobra de la OPEP ante cualquier shock energético y limita la autonomía estratégica del Reino.
El modelo de estado propiciado por Mohammed bin Salman parece ser uno basado en la centralización del poder y el nacionalismo. El segundo fenómeno constituye un hecho relativamente novedoso para el Reino. Tradicionalmente, la morfología de la identidad saudí ha estado limitada y cooptada por elementos islámicos y tribales, más que propiamente nacionales. La emergencia de ideologías nacionalistas ha sido contestada por el establishment religioso, pero también por el propio Estado, dado que podrían haber amenazado su propia existencia (Calduch Cervera, 2008: 113).
Amparado en la Visión 2030, el Príncipe saudí ha encarado una profunda transformación de la sociedad nacional que no se corresponde ni con una homogeneización con modelos occidentales de estados-nación, ni con un esfuerzo modernizador holístico. Puede ser mejor descrito como un proceso de hibridación, en el que la identidad de Arabia Saudita internaliza factores exógenos percibidos como compatibles con las estructuras tradicionales de poder para preservar la estabilidad política y la legitimidad real (Favre, 2025). Estos esfuerzos se han hecho carne en una retórica nacionalista anclada en una sociedad nacional orgullosa y la moderación como valor central que cuestiona la identidad conservadora saudí y el poder del clero. El componente visual ha sido aportado por los festejos por el Día Nacional Saudí o el día de los Fundadores introducido en 2022, que establece como el surgimiento de Arabia Saudita una fecha previa al pacto de Diriyah entre el poder político y religioso en 1744, previamente considerado como el inicio del Estado saudí.
El discurso nacionalista encabezado por Mohammed bin Salman ha avanzado sobre las filas de los ulemas y se ha establecido como el principal determinante de la política exterior saudí, un lugar históricamente reservado al Islam (Domínguez de Olazabal y Hernández Martinez, 2021). El Príncipe ha flexibilizado uno de los lineamientos que caracterizaban a la política exterior saudí y que era uno de los puntos de acuerdo con Emiratos Árabes Unidos: la oposición total al Islam político. En función del concepto de “Saudi first”, Arabia Saudita ha pasado a priorizar los imperativos de sus políticas públicas por sobre la proximidad ideológica y religiosa.. Esta nueva directriz ha permitido el acercamiento con un actor como Türkiye, a quien Arabia Saudita había observado usualmente con animosidad por las ambiciones hegemónicas sobre el mundo islámico de Recep Tayyip Erdoğan.
El eje Riad-Ankara
El encuentro entre Riad y Ankara se ha dado sobre el territorio sirio. El Reino ha asumido un rol central en el desarrollo económico de Siria a través de sus inversiones en infraestructura para la reconstrucción del país. Más allá de las diferencias ideológicas con el líder sirio Ahmad al-Sharaa, ex-miembro de Hay’at Tahrir al-Sham –organización paramilitar partidaria del islam político sunni–, Mohammed bin Salman ha priorizado el trabajo conjunto para generar estabilidad. Aunque establecido como el poder central, el gobierno provisorio de Siria no controla la totalidad del territorio.
La caída del régimen de Bashar al-Assad debilitó la posición relativa de Irán, hoy abocado a la guerra. Este escenario generó una oportunidad para expandir la esfera de influencia saudí y eliminar fuentes de insurgencia y células narcotraficantes que afectan a la Península Arábiga. Ankara, por su parte, comparte el objetivo de pacificar y reconstruir Siria, particularmente con vistas a aplacar a las Fuerzas Democráticas Sirias. Esta alianza militar, conformada por varias etnias, pero liderada por los kurdos, controla porciones importantes del territorio sirio lindante con Türkiye, constituyendo una fuente de inestabilidad para el gobierno en Ankara. Además, ambos se oponen a la agenda regional de Israel y su oportunismo en el país vecino. El cambio de régimen en Siria presenta también una coyuntura favorable para Tel Aviv, interesado en reforzar su dominación sobre Gaza, Líbano y Siria. La disputa geopolítica en el Levante ha encontrado a Ankara y Riad del mismo lado.
A través de un comunicado conjunto emitido en febrero último, ambas partes destacaron los esfuerzos del gobierno provisional sirio para preservar la seguridad y la integridad territorial de Siria; reafirmaron su voluntad de apoyar la reconstrucción nacional; y condenaron los ataques israelíes en el país. La coordinación diplomática del eje Riad-Ankara ha sido clave para el levantamiento de las sanciones occidentales.
La alianza no se conformó en un vacío, sino en un escenario geopolítico regional caracterizado por una alta volatilidad, el retraimiento de Estados Unidos y la mayor sintonía política entre Washington y Tel Aviv (Cengiz, 2026). Los cambios a nivel regional e internacional han propiciado un acercamiento entre los dos actores en pos de dar origen a un nuevo orden regional así como de una reconfiguración de la arquitectura securitaria en Medio Oriente. A pesar de sus divergencias en prioridades, Arabia Saudita y Türkiye comparten el interés estratégico de dar forma a la Siria post-Assad y saben que se necesitan el uno al otro para ello. Ankara es un actor clave para eliminar fuentes de inestabilidad, mientras que las inversiones saudíes son necesarias para la reconstrucción del país. En el mismo comunicado, anunciaron sus intenciones de fortalecer los lazos cooperativos, económicos, comerciales, energéticos, de inversión y securitarios.
El complejo militar industrial turco ofrece al gobierno saudí oportunidades de producción conjunta y transferencias tecnológicas que se alinean con los objetivos de la Visión 2030 y refuerzan la interdependencia entre ambos países. Türkiye podría proveer el acceso a entrenamiento militar de estándar de OTAN y amplias capacidades para la producción de navíos militares, a cambio de la llegada al país de capitales saudíes (Chattell, 2026). Los límites impuestos por Washington a las transferencias de armamento a Arabia Saudita para proteger la ventaja cualitativa de Israel han provocado que Mohammed bin Salman opte por nuevos socios. Ankara le ofrece la posibilidad de adquirir drones y aviones caza “Kaan”, una alternativa a los F-35 estadounidenses que Trump aceptó vender al Reino –aunque con menores avances tecnológicos vis a vis los enviados a Israel (Elshehaby, 2026).
El interés saudí en diversificar sus socios en materia securitaria es también una respuesta a la amenaza que representan los bombardeos y los movimientos geopolíticos de Israel en Yemen y el Cuerno de África (Shahbazov, 2025). La convergencia de las agendas de Ankara y Riad se extiende hasta África, facilitando el fortalecimiento del vínculo a partir de la coordinación política en defensa de la integridad territorial. Türkiye se movilizó rápidamente en apoyo de la condena al reconocimiento israelí de Somalilandia (Cafiero, 2026). A raíz del bloqueo del estrecho de Ormuz, Sudán y Somalia se han convertido en un territorio aún más relevante para la economía geopolítica del Golfo. Erdoğan es un aliado importante para la imposición de los objetivos saudíes, dada la presencia militar turca en Somalia y la cooperación institucional con Mogadiscio.
El pilar africano del cuadrilátero: Egipto
Egipto comparte amplios intereses económicos y geopolíticos con Arabia Saudita debido a la importancia del Mar Rojo y el canal de Suez para sus respectivas economías nacionales. La profundización de la relación se ha venido gestando desde 2013, cuando la Hermandad Musulmana fue derrocada y el General Abdul Fattah al-Sisi se convirtió en presidente. Desde entonces, el Reino saudí le ha extendido su apoyo económico y diplomático (Shahbazov, 2025).
A pesar de contar con importantes lazos energéticos y comerciales con Emiratos Árabes Unidos, El Cairo ha cerrado filas con Riad para evitar disrupciones que afecten el normal funcionamiento de las líneas marítimas aledañas a su territorio. Ambos gobiernos comparten la percepción de que Abu Dhabi y Tel Aviv están intentando vulnerar la soberanía de Sudán, Somalia y Yemen y generar inestabilidad en la región del Mar Rojo y el Golfo de Adén (Aftandilian, 2026). En conjunto con el Reino, Egipto ha apoyado al gobierno de las Fuerzas Armadas Sudanesas, encabezado por Abdel Fattah al-Burhan y secundado por grupos islámicos, y se ha opuesto al reconocimiento israelí y al apoyo de facto emiratí otorgado a Somalilandia (Aftandilian, 2026). A pesar de compartir el desdén por las organizaciones vinculadas a la Hermandad Musulmana, Arabia Saudita y Egipto han priorizado la preservación de la integridad territorial de los estados en África y la Península Arábiga.
La cooperación entre los puertos egipcios y saudíes en el Mar Rojo ha sido importante para posicionarse como nexos logísticos regionales. El Cairo constituye un socio vital para asegurar y fortalecer el corredor logístico del estrecho de Bab al-Mandab (Salem, 2026). El oleoducto Abqaiq-Yanbu permite circunnavegar el estrecho de Ormuz y evitar riesgos asociados a la guerra en el Golfo. No obstante, esta vía no está exenta de las amenazas que representan los hutíes en Yemen y la insurgencia en el Cuerno de África. Considerando además que su capacidad es limitada y que no resuelve los problemas logísticos para otras exportaciones importantes de, por ejemplo, los complejos petroquímico o minero saudíes, los mecanismos de concertación político-económica y cooperación militar entre estados serán necesarios para proteger la seguridad y economía nacionales y consolidar una ruta comercial alternativa. Los intereses económicos son un importante determinante de la coordinación de posiciones en las diversas crisis regionales.
En agosto de 2025, las Armadas de los dos estados árabes participaron de ejercicios militares conjuntos con el Comando Central de Estados Unidos para fortalecer la interoperabilidad de sus fuerzas (Shahbazov, 2025). Aún así, las preocupaciones en cuanto a la fiabilidad de las garantías securitarias norteamericanas son compartidas por ambos países árabes, y han motivado el acercamiento militar por fuera del marco estadounidense y la evolución del vínculo hacía un eje geopolítico sunita. Al poco tiempo, Egipto y Türkiye realizaron lo propio, dando señales tempranas de un entendimiento entre los tres actores y de una tentativa reconfiguración de la arquitectura securitaria de Medio Oriente (Shahbazov, 2025). Como corolario de este concierto, Pakistán se ha erigido como otro pilar más del nuevo bloque sunita.
El paraguas disuasorio de Pakistán
El Pacto Estratégico de Seguridad Mutua convenido en noviembre de 2025 entre Pakistán y Arabia Saudita representa algo más que una alianza, dado el reconocimiento de un compromiso de defensa colectiva. Otros puntos del acuerdo involucran el refuerzo de la cooperación militar y económica y la colaboración en operaciones de contraterrorismo (Amir et al, 2025). Representa una evolución de los acontecimientos que cuestiona el paradigma tradicional de arquitectura securitaria del Golfo, basado en la externalización de la seguridad nacional y el vínculo privilegiado con Estados Unidos. El acuerdo no llegó en un momento aleatorio, sino luego del ataque de Israel contra miembros del brazo político de Hamas apostados en Catar que demostró la vulnerabilidad del Golfo ante este tipo de ofensivas.
Las palabras al respecto de si el pacto cubre o no al Reino bajo un paraguas nuclear se han caracterizado por su ambigüedad, pero sin lugar a dudas deja asentado un cambio radical en la capacidad disuasoria saudí, atando su seguridad nacional a la de un Estado con armamento nuclear en la frontera opuesta de Irán. El componente simbólico del acuerdo comunica las intenciones saudíes de diversificar sus vínculos en materia defensiva como resultado de la divergencia en prioridades estratégicas con sus socios occidentales, particularmente Estados Unidos, y de potenciar sus herramientas defensivas ante Israel e Irán (Amir et al, 2025).
También implica una reconfiguración del escenario geopolítico en Asia Meridional. La posición de Pakistán se ha visto fortalecida como resultado de un incremento en su capital político y su capacidad disuasoria vis a vis India (Amir et al, 2025: 670). El Pacto le garantiza a Pakistán mayor influencia sobre la arquitectura securitaria del Golfo. Islamabad ha oficiado como mediador entre la alianza Israel-Estados Unidos e Irán gracias al capital político con el que goza tanto en Teherán como en Washington. Con estos desarrollos, la profundización del vínculo securitario le podría asegurar a Arabia Saudita una cuota de influencia sobre el acuerdo final de la guerra, el cual podría modificar sustancialmente el régimen del estrecho de Ormuz y la geopolítica del Golfo. El Pacto no es sólo un acuerdo de defensa, sino también una importante herramienta diplomática para los dos Estados.
Este es el cénit de una relación histórica y la institucionalización de un vínculo securitario de décadas de antigüedad. Arabia Saudita reconoce el rol que Pakistán puede cumplir como gendarme regional y aliado defensivo, mientras que el poder económico y blando saudí es apreciado en Islamabad para superar los desafíos económicos que afronta y establecerse como un referente en el mundo islámico (Weinbaum y Khurram, 2014). El Reino no sólo ha constituido un socio comercial, financiero y energético fundamental para el gobierno pakistaní desde su propia constitución, sino que también ofrece oportunidades de trabajo –a pesar de que muchas veces las condiciones son paupérrimas y hasta inhumanas– para familias que viven de las remesas (Shahab Ahmed y Akbarzadeh, 2020). La profundización de la cooperación implica posibles beneficios para la frágil economía pakistaní en forma de inversiones y apoyo financiero. Por su parte, Pakistán ha sido un confiable socio en materia de defensa a partir de la provisión de entrenamiento militar, el apoyo de su servicio de inteligencia y la realización de ejercicios militares conjuntos (Shahab Ahmed y Akbarzadeh, 2020).
El futuro del nuevo bloque sunita y la arquitectura securitaria de Medio Oriente
La reunión entre los ministros de Relaciones Exteriores de Arabia Saudita, Egipto, Pakistán y Türkiye del 17 de abril es una de las manifestaciones de la mutación de la arquitectura securitaria de Medio Oriente. Este evento marca una tendencia en el comportamiento regional: las alianzas fluidas.
La supervivencia en el tiempo del nuevo bloque sunita descansa en el encuentro de agendas políticas, pero la interrelación de los aparatos industriales-militares, las fuerzas armadas y las instituciones militares burocráticas tienen el potencial de crear un horizonte más allá de la contingencia que asiente un marco securitario con expectativas de permanencia.
Bajo la dirección política de Mohammed bin Salman, Arabia Saudita parece nuevamente intentar abrir sus alas por fuera del tradicional primer círculo concéntrico de su política exterior, el Golfo Pérsico. El Reino parece abocado a proyectarse según su autopercepción como el corazón de los mundo árabe e islámico, encapsulada en el primer pilar de la Visión Saudí 2030. La política exterior saudí no ha perdido su clásica asertividad “statuquista”, pero ante las dificultades que ofrece el contexto nacional y regional para la imposición de agendas unilaterales, ha optado por distribuir los costos y beneficios de su agenda geopolítica.
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