El Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte es un Estado multinacional compuesto por las naciones de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte. Su configuración política contemporánea tiene como antecedente fundamental el Acta de Unión de 1707, mediante la cual los reinos de Inglaterra y Escocia quedaron integrados bajo una misma estructura estatal. Gales, ya había sido incorporado a la Corona inglesa desde hacía mucho tiempo. En 1801, el Acta de Unión con Irlanda ampliaría aquella estructura, aunque la independencia irlandesa de 1922 redujo posteriormente el territorio insular del Reino Unido a su configuración actual.
Pero, la singularidad británica no reside únicamente en su carácter multinacional. A diferencia de la mayoría de los Estados europeos, el Reino Unido carece de una constitución codificada en un texto único. Su ordenamiento constitucional, se encuentra mayoritariamente distribuido entre leyes, convenciones, precedentes judiciales y diversos documentos históricos, dentro de un sistema cuyo principio fundamental continúa siendo la soberanía parlamentaria. La pertenencia a la unión, por lo tanto, no descansa exclusivamente en una norma constitucional que determine de manera definitiva su composición, sino más bien en la continuidad de un acuerdo político e histórico entre las diferentes comunidades nacionales.
Esta particularidad explica, al menos en parte, la naturaleza de las actuales tensiones territoriales. En 2014, Escocia celebró un referéndum sobre su independencia autorizado por Westminster en el que, el 55% de los votantes optó por permanecer en el Reino Unido, frente al 45% que había apoyado la independencia. En el caso de Irlanda del Norte, el Acuerdo de Viernes Santo de 1998 contempla la posibilidad de convocar un referéndum sobre la unificación irlandesa, solo cuando existan las condiciones que permitan presumir una mayoría favorable. Gales, por su parte, también ha experimentado un crecimiento sostenido de las demandas por una mayor autonomía.
La pregunta, entonces, no es solamente por qué determinados sectores políticos reclaman mayores competencias o independencia. La cuestión más profunda es otra: ¿qué es lo que mantiene unido al Reino Unido cuando las razones históricas que le dieron sentido a esa unión parecen haber perdido parte de su fuerza?
La argamasa imperial
Para comprender esta cuestión es necesario retroceder más allá de las disputas políticas contemporáneas. El Reino Unido fue construido sobre un conjunto de comunidades nacionales cuyas identidades colectivas precedían ampliamente a la formación del Estado británico. Escoceses, galeses e irlandeses poseían historias, tradiciones, lenguas y formas de identificación política propias mucho antes de que Londres consolidara su proyecto unionista. Sin embargo, durante una buena parte de los siglos XVIII, XIX y XX, el imperio británico fue el elemento capaz de trascender esas diferencias.
La expansión imperial no fue solamente un proyecto económico y estratégico, sino que le proporcionó un marco identitario capaz de integrar a las diversas comunidades bajo una misma narrativa de poder. Así, los escoceses, galeses e irlandeses participaron activamente de la expansión imperial, ocuparon posiciones relevantes en las estructuras militares, administrativas y comerciales del imperio y, en numerosos casos, obtuvieron cuantiosos beneficios materiales y simbólicos derivados de aquella empresa.
El imperio funcionó así, como una suerte de argamasa política e identitaria. La identidad británica —la Britishness— permitió construir una pertenencia supranacional que, sin eliminar las identidades escocesa, galesa e irlandesa, las subordinó durante largos períodos a una identidad estatal más amplia. El problema comenzó cuando desapareció aquello que había contribuido decisivamente a sostenerla.
La Segunda Guerra Mundial marcó el comienzo de una transformación histórica que alteraría profundamente la posición internacional británica. El proceso de descolonización, la pérdida del imperio y el desplazamiento del centro de gravedad económico y estratégico hacia los Estados Unidos y, posteriormente, hacia otras grandes potencias, obligaron al Reino Unido a redefinir su lugar en el mundo.
El problema es que la identidad británica había sido construida, en una buena medida, alrededor de una determinada concepción del poder internacional. Cuando las bases materiales de ese poder comenzaron a erosionarse, también empezó a resquebrajarse el relato que lo acompañaba.
Una potencia entre la memoria y la realidad
El final del imperio, sin embargo, no explica por sí solo la crisis contemporánea. Durante las últimas décadas, el Reino Unido ha venido experimentado una recurrente pérdida relativa de peso económico, industrial y estratégico frente a otras grandes potencias. Esto no significa que haya dejado de ser un actor internacional relevante, dado que continúa disponiendo de unas significativas capacidades militares, financieras, diplomáticas y tecnológicas, ocupando un lugar de privilegio en las instituciones centrales del sistema internacional.
El problema se encuentra en la creciente distancia entre sus capacidades materiales, sus aspiraciones internacionales y la imagen que el país conserva de sí mismo.
Esta tensión atraviesa una buena parte de la historia reciente británica. La memoria de la potencia imperial, la victoria en las dos guerras mundiales, la relación especial con los Estados Unidos y la permanente aspiración a desempeñar un papel global, fueron alimentado una concepción del Reino Unido que, no siempre guarda correspondencia con la distribución contemporánea del poder.
El Brexit puede interpretarse, al menos en parte, dentro de esta tensión y para sus impulsores, abandonar la Unión Europea representaba recuperar la autonomía, soberanía y la capacidad de acción global. El proyecto del Global Britain que vino después, pretendía demostrar que el Reino Unido, podía recuperar una posición internacional independiente de Bruselas y proyectarse nuevamente como una potencia mundial. Pero el resultado dejó en evidencia la paradoja de que una recuperación de la soberanía formal no necesariamente se traduce en un incremento equivalente de su poder efectivo.
La salida de la Unión Europea, terminó debilitando determinados vínculos económicos e institucionales con el principal espacio regional al que pertenece geográficamente el Reino Unido, mientras que la relación con los Estados Unidos tampoco puede reproducir las condiciones estratégicas de las décadas anteriores. Washington, ya no necesita a Londres de la misma manera que lo necesitaba durante la Guerra Fría, y el creciente peso de China, la competencia entre las grandes potencias y la transformación del sistema internacional obligan a los Estados Unidos a distribuir sus recursos estratégicos de una manera diferente.
La antigua special relationship permanece, pero su significado ya no es el mismo.
El Reino Unido se encuentra así ante una contradicción difícil de resolver: Por un lado, aspira a conservar la capacidad de influencia propia de una gran potencia a la par que sus recursos relativos, se aproximan cada vez más a los de una potencia media.
La crisis externa y la fractura interna
La cuestión territorial, no puede separarse de esta transformación internacional.
Durante décadas, la pertenencia al Reino Unido estuvo asociada a una narrativa de poder, prosperidad y centralidad internacional. La identidad británica les ofrecía a sus distintas naciones una pertenencia que, además de política, poseía un fuerte componente de prestigio. Pero cuando esa pertenencia deja de producir el mismo significado material y simbólico, las identidades nacionales preexistentes pueden recuperar su espacio.
Este proceso resulta particularmente visible en Escocia. La experiencia del Brexit, expuso una divergencia profunda entre las preferencias políticas de Escocia y las de Inglaterra y Gales. Mientras que una gran mayoría de los votantes escoceses optó por permanecer en la Unión Europea, el resultado general del Reino Unido determinó su salida. Para el nacionalismo escocés, esta divergencia reforzó una narrativa según la cual Escocia se encuentra vinculada institucionalmente a decisiones políticas que, no necesariamente reflejan su propia voluntad colectiva.
Algo similar, aunque bajo condiciones históricas diferentes, puede observarse también en Irlanda del Norte, donde el cambio demográfico, político y económico ha revitalizado el debate sobre una eventual reunificación de la isla.
La paradoja es evidente. Mientras que el Reino Unido intenta redefinir su posición en el sistema internacional, sus mismos componentes nacionales están cuestionando el sentido de continuar formando parte de ese proyecto estatal.
La crisis, por lo tanto, no es exclusivamente territorial. Es también una crisis de significado.
El retorno de las identidades nacionales
Sería, sin embargo, apresurado interpretar este proceso como el preludio inevitable de una desintegración inmediata del Reino Unido. Las instituciones británicas conservan una considerable capacidad de adaptación mientras que, las preferencias por la independencia no constituyen aun mayorías consolidadas en todas las naciones que integran el Estado.
Pero reducir las demandas autonomistas a un oportunismo electoral o a las coyunturas partidarias sería igualmente un error. Las identidades nacionales escocesa, galesa e irlandesa no son construcciones políticas recientes. Son comunidades históricas con una profundidad cultural y social que antecede a la propia formación del Estado británico. Lo novedoso es que, tras décadas de relativa subordinación dentro de una identidad británica dominante, vuelven a adquirir centralidad política.
La cuestión fundamental plantea entonces, el siguiente interrogante ¿qué capacidad tendrá el Reino Unido para reconstruir una identidad común que resulte lo suficientemente atractiva para sus distintas naciones?
Durante siglos, el poder imperial proporcionó una respuesta. Después de 1945, la relación especial con los Estados Unidos, la inserción europea y la permanencia de instituciones comunes ofrecieron nuevas formas de pertenencia. El Brexit intentó reemplazar ese equilibrio mediante el proyecto de una Global Britain soberana y global. Pero ninguna de esas fórmulas ha logrado todavía resolver la contradicción entre una identidad construida alrededor de la excepcionalidad británica y una estructura material cada vez más alejada de las condiciones que hicieron posible aquella excepcionalidad.
La pregunta que enfrenta hoy el Reino Unido no es simplemente si Escocia, Gales o Irlanda del Norte van a permanecer dentro de la unión; es mucho más profunda: ¿qué significa ser británico cuando el poder que históricamente le había dado contenido a la britanidad ya no existe en la misma forma?
La eventual ruptura del Estado multinacional británico, si es que alguna vez llega a ocurrir, probablemente no será la consecuencia de un único referéndum como tampoco de una crisis política. Será el resultado de un proceso mucho más prolongado, marcado por la erosión de los fundamentos materiales, políticos e identitarios que durante siglos hicieron posible imaginar al Reino Unido como una comunidad política. La antigua argamasa imperial desapareció hace varias décadas. Lo que todavía está por determinarse, es si será posible crear una nueva argamasa que tenga la capacidad de seguir manteniendo unida a la unión.
Federico Vaccarezza
Secretario
Departamento de Europa
IRI-UNLP