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17 de julio de 1936: inicio de la Guerra Civil Española

Esta fue la guerra más grande, cruel y destructiva de la historia de España. Una guerra que acabó con la vida de más de 500.000 personas de todos los sectores sociales y que asoló el país durante más de tres años. Esta contienda es conocida, además, como la antesala de la Segunda Guerra Mundial; un conflicto que ya parecía inevitable en Europa.
La Guerra Civil se inició a partir de una serie de tensiones sociales y políticas que, más tarde, generaron en el país una grave crisis económica. Se desencadenó tras el golpe de Estado del 17 y 18 de julio de 1936, llevado a cabo por una parte del ejército contra el gobierno de la Segunda República Española. En esta guerra se enfrentaron dos bandos: por un lado, los partidarios del gobierno del Frente Popular elegido democráticamente para presidir la II República Española, quienes eran comúnmente conocidos como republicanos, y que también contaban con el apoyo de comunistas, anarquistas, socialistas, miembros de los sindicatos mayoritarios obreros como la UGT y la CNT e incluso nacionalistas vascos y catalanes. Por otro lado, y representando a los sectores más conservadores y tradicionalistas de la sociedad española, se encontraba el llamado bando sublevado, popularmente conocido como Bando Nacional, integrado por gran parte del alto mando del ejército español, así como por falangistas, carlistas, votantes del CEDA, un amplísimo sector de la iglesia y en general, por todos aquellos que temían que se produjera una revolución proletaria en España.
La inestabilidad social que reinaba en España durante 1936 tras el triunfo electoral de la coalición de partidos de izquierdas – denominada Frente Popular- era latente en la sociedad. Confrontaciones, huelgas, y una derecha decidida a recuperar el poder, fueron el caldo de cultivo perfecto para que un grupo de generales comenzaran a conspirar en la sombra. Entre ellos, se destacaban tres grandes figuras, Emilio Mola, quien llevó el peso organizativo del futuro golpe, el exiliado general San Jurjo, quien se encargaría de presidir la Junta Nacional de Defensa y Francisco Franco quien, finalmente, se hizo con el mando de los sublevados.
El 17 de Julio, se inició la sublevación de la guarnición militar de Melilla – ciudad española del norte de África – y, al día siguiente, se produjo el alzamiento en distintas guarniciones de toda España. Así, España quedó dividida en dos bandos. Los sublevados triunfaron sobre todo en las áreas rurales, donde la población era ideológicamente más conservadora y estaba fuertemente influenciada por la Iglesia Católica: las Islas Canarias y Baleares (excepto Menorca) y en ciudades como Sevilla, Córdoba o Zaragoza.
Por su parte, la región del centro y las ciudades más industriales – con una importante población proletaria – se mantuvieron fieles a la República. Este fue el caso de Madrid, Barcelona, Bilbao, Santander y Gijón. El avance de los Franquistas se hizo de sur a norte y por lo tanto, muchas ciudades sufrieron terriblemente los combates por cada metro de territorio.
En cuanto a las consecuencias de esta Guerra civil, indudablemente marcaron a fuego la historia posterior de España. No sólo por su dramatismo y crudeza, sino también por la disminución demográfica (aumento de la mortalidad y descenso de la natalidad que marcaron la pirámide de población durante generaciones), las pérdidas materiales (destrucción de campos y ciudades, estructura económica, patrimonio artístico), intelectuales (fin de la denominada Edad de Plata de las letras y las ciencias españolas) y políticas (la represión en la retaguardia de ambas zonas, mantenida por los vencedores con mayor o menor intensidad durante todo el franquismo, y el exilio republicano). El régimen de Franco se mantuvo hasta su muerte, en 1975, fecha en la cual se reinstauró la monarquía, en la figura del rey Juan Carlos I.
Lic. Wladimir Wolters Albarracín
Colaborador de la Red Federal de Historia de las Relaciones Internacionales
Departamento de Historia
IRI – UNLP