Hacia comienzos del siglo XX, el sistema internacional seguía organizado en torno a la supremacía de las potencias europeas, que se repartían zonas de influencia en Asia sin considerar a los actores regionales como interlocutores de pleno derecho. El enfrentamiento entre Rusia y Japón por el control de Manchuria y Corea (1904-1905) alteró ese esquema: por primera vez en la era moderna, una potencia asiática se imponía militarmente a un imperio europeo, tanto en tierra como en el mar tras la victoria en Tsushima. Sin embargo, el esfuerzo bélico agotó la capacidad financiera y militar de Japón, obligando al gobierno de Tokio a buscar una salida negociada. Con la mediación del presidente estadounidense Theodore Roosevelt en Portsmouth (New Hampshire), el canciller japonés Komura Jutaro encabezó una negociación compleja. Por un lado, Rusia reconoció la preeminencia japonesa sobre Corea, cedió el arrendamiento de la península de Liaodong, los derechos sobre el ferrocarril del sur de Manchuria y la mitad meridional de Sajalín, pero, por el otro, se negó rotundamente a pagar indemnizaciones de guerra.
La ausencia de reparaciones económicas desató una crisis interna inmediata. La opinión pública japonesa, movilizada bajo la promesa de una compensación proporcional al esfuerzo bélico, consideró el acuerdo como una capitulación diplomática, sobre todo porque la guerra, en los hechos, ya estaba ganada en el terreno militar. El descontento, como reacción, estalló el mismo 5 de septiembre en los disturbios de Hibiya: durante varios días, miles de manifestantes se enfrentaron a la policía en Tokio, incendiaron comisarías y atacaron los diarios afines al gobierno, en una de las primeras protestas populares masivas contra una decisión de política exterior en la historia contemporánea del país.
Por consiguiente, el Tratado de Portsmouth consolidó a Japón como una potencia capaz de disputar el equilibrio regional, sentando las bases materiales para la posterior anexión de Corea en 1910 y afianzando su presencia en Manchuria, un territorio que continuaría siendo objeto de disputa y de sucesivas tensiones diplomáticas y militares en las décadas siguientes. Roosevelt, por su parte, recibió el Premio Nobel de la Paz al año siguiente por su mediación, y su intervención confirmó el peso creciente de Estados Unidos en los asuntos del Pacífico. Japón habría ganado la guerra en los campos de batalla de Manchuria, pero en las calles de Tokio, en cambio, la paz le costó bastante más cara.
Por Aimé Rojas Petruccelli
Departamento de Historia
IRI-UNLP