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Nobel de la Paz para los verdaderos constructores de la Paz

El 9 de octubre de 2020 el Comité Noruego de Nobel anunció que se el Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas (WFP son sus siglas en inglés) obtenía el Nobel de la Paz por “por sus esfuerzos para combatir el hambre, por su contribución a mejorar las condiciones de paz en las zonas afectadas por conflictos y por actuar como motor de los esfuerzos para prevenir el uso del hambre como arma de guerra y conflicto”. Decimos “obtuvo” y no “ganó” porque no se trata del resultado de la buenaventura, sino que se trata de un reconocimiento resultado de una labor incansable llevada adelante por uno de los Programas de Naciones Unidas que ataca directamente donde las grandes tragedias de la Humanidad tienen lugar.

Tras varios agafes en las decisiones adoptadas en Oslo al otorgar este galardón, no puede dudar) de lo merecido del mismo en esta ocasión, coincidente con el 75° aniversario de la Organización madre.

El WFP fue creado en 1961, de manera “experimental durante tres años”. Sin embargo, desde entonces, asiste a cerca de 87 millones de países en 83 países todos los años, distribuyendo 15.000 millones de raciones diarias (a llegado a distribuir 3.6 millones de toneladas métricas de alimentos en un año), movilizando a diario 5.600 camiones, 20 barcos y 92 aviones, enfatizando la asistencia frente a emergencias y la ayuda para el desarrollo. Dos terceras partes de su trabajo cotidiano tiene como escenario países envueltos en conflictos armados, allí donde las personas triplican el riesgo de sufrir desnutrición.

Sus fondos proceden en su totalidad de donaciones, y cuenta con una planta de 17.000 voluntarios, y lleva adelante su trabajo junto con dos organizaciones hermanas (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola) y asociada a más de 1.000 ONGs nacionales e internacionales.

El WFP estima que una de cada 10 personas en el mundo no obtienen los alimentos diarios necesarios, y que son 135 millones de personas las que padecen hambre aguda alrededor del mundo, por lo cual su labor está lejos de cumplir con uno de los Objetivos de Desarrollo Sostenible propuesto por la ONU en 2015, erradicar el hambre, pero su labor está en la dirección correcta.

Quizás este Nobel permita sensibilizar a la opinión pública, a los medios masivos de comunicación y a los decisores del enorme drama que pende sobre el género humano desde el inicio de los tiempos, con la no menor diferencia de que ahora su solución depende de la voluntad política de unos pocos que cuentan el enorme poder de terminar con él. Si así no sucediera, es un pequeño consuelo el hecho de que se ha tomado nota de lo imprescindible de la presencia del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas para millones de personas como nosotros, que no han elegido padecer hambre, sino que les fue impuesta tan sólo por haber nacido donde lo hicieron.

Cabe como reflexión recordar lo superado de la visión tradicional de la Paz (como ausencia de conflictos), y abrazar la concepción positiva de ella (como la construcción de las condiciones que garanticen igualdad de oportunidades para todos, garantizando ello la irrelevancia de la violencia en términos tanto internacionales como domésticos), concluyendo que aquél que se ocupa de darle de comer a quien padece hambre, que quien le tiende una mano a las personas en riesgo de caer en la desnutrición, es aquel que mayor contribución al mantenimiento de la paz y seguridad internacionales. Nunca lo olvidemos.

Norberto Consani
Director
Juan Alberto Rial
Secretario
IRI – UNLP