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La confrontación y las complementariedades en la gobernabilidad mundial aceleran la globalización

Como expresión de las  turbulencias de las últimas semanas en la escena internacional se hace una consideración de 4 situaciones: los acontecimientos relacionados con el centro del continente africano, los cambios en la cuenca del Mar Negro, con especial énfasis en los de Nagorno Karabaj, la guerra de los microprocesadores o chips entre China y EEUU, y los preparativos del 3ª Foro de la Ruta de la Seda que tendrá lugar en Pekín el mes próximo.

Una nutrida actividad diplomática agita las esferas superiores de la gobernabilidad mundial. Los sucesos se vienen dando desde Johannesburgo cuando hace poco más de un mes tuvo lugar la Cumbre de los BRICS (el acrónimo que representa la unión de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) hasta la Asamblea General de las Naciones Unidas en estos días.

A mitad de ese breve lapso se convocó la Cumbre del Grupo de los Veinte (G20) en la India, el espacio donde interactúan los líderes de los principales países desarrollados y emergentes con un poder de consenso que, si bien no es vinculante, es decisivo en sus recomendaciones.

Se está produciendo un restyling de la geopolítica, y en las agendas e instituciones multilaterales de mayor densidad repercuten las confrontaciones y complementariedades propias de esos niveles.

Se reúnen y amplían diversos foros, y las personalidades representativas se comunican a distancia y en forma presencial para ejercer sus obligaciones e incumbencias, evaluar las implicancias del rebrote de conflictos que han estado en latencia, así como poner de relieve la preocupación por la convivencia en diversas regiones del planeta.

Por efectos de esa intensa actividad (geo) política se profundiza y alcanza creciente nitidez la denominada grieta global. Su nacimiento se produce en junio de 2021 en el Reino Unido cuando el G7 se diferencia del G20, y la primera Cumbre de la Democracia, convocada por el Departamento de Estado de EEUU a fin de ese año, da forma a la nueva configuración inter-nacional de un mundo dividido por mitades entre países democráticos y autocráticos.

La guerra de Ucrania actúa, a su vez, como punto de referencia. A pesar de su ostensible inanición, reflejada en un inmovilismo de trincheras que no alcanza a ser desmentido por el uso generalizado de drones, el conflicto se ha transformado en un factor reconfigurante de decisiva influencia en los asuntos mundiales.

Crisis alimentarias y energéticas, discordia entre vecinos por la resistencia de Polonia, Eslovaquia y Hungría a acatar la resolución de la Unión Europea de permitir el ingreso a esos países de grano ucraniano de menor valor, el papelón de la Cámara de los Comunes de Canadá de homenajear, en presencia de Trudeau y Zelenski, a un exiliado ucraniano que hizo carrera formando parte del ejército nazi; la inflación descontrolada, sanciones y cancelaciones que se toman contra personas, culturas y otras manifestaciones de las idiosincrasias nacionales, constituyen una mélange que se justifica en el conflicto.

La Agenda 2030 y su core, los Objetivos de Desarrollo Sostenibles (ODS) de las NNUU, están sufriendo un fuerte atraso en la implementación, lo que ha sido puesto de relieve con gran preocupación.

El fuerte compromiso asumido por la recuperación del ritmo de implementación, manifestado en los más altos niveles de la gobernabilidad, necesariamente actuarán de acicate para acelerar su puesta en valor, lo que conlleva el riesgo de transformarse en un ridículo institucional si no se alcanza el cometido. En los tiempos por venir los ODS son la visión de la globalización y la misión su cumplimiento.

Los hechos y las posibilidades ciertas que pueblan el imaginario de quienes deciden terminan configurando en última instancia la realidad. Hay que ver lo que pasa y conjeturar con criterio lo que puede pasar. En distintos campos hay en estos días cosas atendibles para tomar nota y analizarlas.

La Cuenca del Mar Negro

Turquía y Rusia son los dos actores principales de este hinterland. Sus relaciones han sido conflictivas desde la época del zarismo en que tuvo lugar la guerra de Crimea en el siglo XIX.

Durante la Unión Soviética los desencuentros se tomaron un respiro luego de la Crisis de los Misiles en Cuba en 1962, en la que uno de los puntos del acuerdo entre Kennedy y Khrushchev fue el retiro de la península de Anatolia de los cohetes PGM-19 Júpiter que la NATO tenía ahí desplegados apuntando al corazón de los soviets.

Los vecinos se comportaban como el agua y el aceite, pero con el correr de los años se fueron emulsionando. Actuó la realpolitik ante notorios intereses comunes: la administración de la cuenca, los pasos marítimos, el turismo, el trazado de los gasoductos y, sobre todo, que ahora no existe ninguna razón objetiva que los separe.

Turquía está mediando en la guerra de Ucrania. Estambul es una sede alternativa para cualquier tipo de negociaciones vinculadas a ese conflicto, por ejemplo, en lo atinente a la seguridad alimentaria. A este respecto, hubo una reunión en Sochi entre ambos líderes, y Erdoğan llevó la posición rusa a la reciente Cumbre del G20, lo que es una acción no carente de significadosen la diplomacia.

Ambos países están actuando en forma conjunta en el contencioso de Nagorno Karabaj, una de las recidivas de mayor complejidad -junto con Osetia del Sur y Abjasia autonomizadas de Georgia- derivada de la desaparición de la URSS.

En el estallido de estos días Rusia actuó ejerciendo el papel de componedor asignado por los acuerdos entre Armenia y Azerbaiyán que ella impulsó en 2020 con el fin de dar una salida al difícil problema del enclave y garantizar que no haya una limpieza étnica.

Erdoğan acompaña triunfal atemperando la furia de sus socios azeríes porque ambos son musulmanes. Por el contrario, Putin está en una situación incómoda debido a las injustificadas reivindicaciones territoriales de su aliada tradicional, la cristiana Armenia, en la que sectores nacionalistas, convenientemente incentivados desde afuera, le asignan culpas a Rusia por una situación de derrota irreversible e incuestionable.

En anteriores documentos firmados por azeríes y armenios fue reconocida la mutua integridad territorial, lo que implica que dicho enclave pertenece territorialmente a Azerbaiyán, no así su población, que es mayoritariamente de origen armenio. Cabe preguntar qué es más decisivo: si la soberanía nacional o la autodeterminación de los pueblos.

El conflicto es un ejemplo de situación sin solución que solo se puede mantener en latencia evitando cuidadosamente los desbordes. Ninguno de los países, por lo menos los vecinos (hay que sumar a Irán enfrentado a los azeríes aunque ambos son musulmanes), tratará de sacar partido de la situación y el conflicto continuará sine die bajo la atenta vigilancia externa, con palos y zanahorias.

Por si acaso, la cancillería del Kremlin declaró que celebra los esfuerzos de mediación por parte de otros países que quieran resolver la situación en Nagorno Karabaj aunque resaltó la importancia de «evitar intentos, sin potencial de mediación, tendientes a marcar en vano su presencia en el Cáucaso”.

El primer ministro armenio, Nikol Pashinyan, y el presidente azerbaiyano, Ilham Aliyev, se reunirán en España. La reunión tendrá lugar el 5 de octubre en Granada y contará con la participación del presidente francés, Emmanuel Macron, del jefe de gobierno alemán, Olaf Scholz, y de Charles Michel presidente del Consejo Europeo, explicó el Consejo de Seguridad armenio en un comunicado.

La guerra de los chips

También denominados microprocesadores, esos adminículos son la última ratio de cualquier contencioso entre potencias, sobre todo si EEUU es uno de los involucrados.

El conflicto planteado en torno a los chips es donde la grieta global se expresa con mayor agudeza. La carrera por tener la tecnología más avanzada resume el supuesto enfrentamiento entre los sistemas productivos de las dos superpotencias, China y EEUU.

El microprocesador tiene el tamaño de una uña pero la capacidad suficiente como para albergar toda una biblioteca. En el presente el funcionamiento de cualquier mecanismo con independencia de su complejidad depende de los chips.

EEUU y China batallan abiertamente por disponer de los suficientes microprocesadores de la potencia adecuada como para alimentar su industria. Esa viabilidad tiene sus prerrequisitos, a pesar de las simplificaciones habituales cuando se la analiza.

Al microprocesador le anteceden dos pasos: 1) el obvio funcionamiento de la empresa que los imprime y 2) el diseño y armado de las impresoras denominadas fotolitográficas.

En el primer caso, el fabricante más importante es Taiwan Semiconductor Manufacturing Company, conocida por su sigla TSMC. La empresa con sede en Taiwan tiene como principal cliente a Apple, lo que no es óbice para que la tecnológica estadounidense comparta la propiedad y provea la tecnología. Las otras empresas que están en el podio son la surcoreana Samsung y la estadounidense Intel. Entre las tres tienen el 85% del mercado.

El eslabón más decisivo de la cadena productiva es la empresa que produce la máquina que hace chips, o sea, la impresora. En ese rubro se destaca la neerlandesa Advanced Semiconductor Materials Lithography (ASML) que tiene 5/6 del mercado. A su vez, la antigua Zeiss de Alemania es la encargada de proveer las lentes y Cymerde EEUU lo hace con las fuentes de luz ultravioleta extrema (UVE), que son los componentes fundamentales de las fotolitográficas.

ASML es acompañada minoritariamente por las japonesas Nikon y Canon, y la californiana Applied Materials. ASML le vende sus equipos fotolitográficos en exclusiva a 5 empresas: TSMC, Samsung, Intel, Nvidia y Micron.

La cadena de suministros muestra lo excluyente que son las habilitaciones. Occidente claramente tiene el monopolio en la disposición de los microprocesadores más avanzados.

La producción en China está a cargo de Semiconductor Manufacturing International Corporation (SMIC) que en condiciones normales forma parte de la cadena. Los chips de 7 nanómetros que produce con equipos más antiguos provistos por ASML están alimentando los teléfonos HUAWEI Mate 20 X, lanzados globalmente en estos días; sin embargo, por la falta de capacidad del chip, los teléfonos tienen dificultades en algunos países para ser usados con la nueva generación 5G de redes móviles. La controversia con mucha prensa refleja las prácticas sancionatorias en curso.

Los dispositivos norteamericanos ya usan chips de 3 nanómetros impresos por los equipos fotolitográficos de ASML; esta empresa, a su vez, está interdicta por el gobierno neerlandés que acata presiones de EEUU para impedir el envío a China de equipos de última generación.

El primer chip de 3 nanómetros de la industria es el A17 Pro que usa Apple en sus iPhone lo que le da una primacía imposible de ser desbancada en las condiciones actuales de funcionamiento excluyente y monopólico de las cadenas de suministros.

ASML está a punto de lograr fotolitográficas para imprimir microprocesadores de 1 y 2 nanómetros; luego ya viene la computación cuántica con el uso de los qubits en lugar de los bits.

África despierta

La extraordinaria medida de incorporar la Unión Africana al G20 constituye una distinción sin precedentes. España solo logró ser considerada “invitada permanente” a las cumbres de líderes cuando intentó ingresar al Grupo en 2008, de la mano del entonces presidente de Francia, Nicolás Sarkozy.

Los problemas del continente africano, fatalmente asociados con la tragedia, tienen una larga trayectoria; por el contario, la percepción de sus logros y potencialidades es más reciente y para ponerlo de relieve es necesario considerar algunos antecedentes.

El protagonismo de África en la escena internacional se incrementa a partir de la Segunda Guerra Mundial con el inicio de los procesos descolonizadores a cargo de los países europeos que la venían explotando.

La reconfiguración del estatus hace que África llegue a tener medio centenar países, algunos de ellos carentes de masa crítica como para poder consolidar sus nacientes estados. Las administraciones instaladas a la salida de los europeos cuando no eran corruptas eran dictatoriales e ineficientes.

Por añadidura, las gestas independentistas, apoyadas por los nativos pero no por los colonos de origen europeo que la habitaban, en realidad según no pocos analistas han sido maniobras derivadas de la intención de mantener posiciones de privilegio tendientes a seguir explotando sus recursos naturales, lo que evidentemente fue logrado en la mayoría de los casos.

El caso de Francia es patético. Llegó a crear una moneda propia para uso cautivo en sus colonias del centro africano con el fin de tener  encorsetadas, en una especie de economía circular, todas las transacciones de la parte más postergada del continente.

Recién ahora, justo en estos días, las nuevas autoridades de Níger han podido expulsar al ejército galo, el que se ha visto obligado a abandonar ese territorio en compañía de la propia embajada del país europeo. “El África francesa ya no existe», declaró Emmanuel Macron al hacer el anuncio.

Los golpes de estado ocurridos, principalmente en esa parte del continente, han contado con el asesoramiento del Grupo Wagner comandado por el recientemente fallecido Yevgeny Prigozhin, el conocido como “el cocinero de Putin”. Los medios dan cuenta de que la participación de ese grupo va más allá de lo militar; se sospecha de la existencia de negociados con minerales valiosos y  último, pero no menos importante, el previsible incremento de la influencia rusa en el continente y la instalación de un nuevo orden autocrático en sus países.

El reciente golpe militar en Níger sacudió el tablero microrregional. La Alianza de Estados del Sahel (AES) formada por Burkina Faso, Níger, Chad y Mali se propuso defender la nueva situación creada frente a las amenazas de la Comunidad Económica de los Estados del África Occidental (CEDEAO), que es otra alianza regional creada en 1975 por 15 países de posiciones más atlantistas.

La descolonización trajo aparejado una involución muy dolorosa. Han sido interminables las guerras civiles, los enfrentamientos entre los nuevos países, las matanzas y genocidios, los atentados terroristas, la acción de los yihadistas del Islam.

La Unión Africana está formada por 55 Estados para promover la unidad y la solidaridad entre sus miembros, la eliminación de los vestigios del período colonial, la asociación para el desarrollo, la salvaguarda de la soberanía y la cooperación internacional en el marco de la Organización de las Naciones Unidas y, ahora, desde el G20. La UA fue creada en Adís Abeba el 26 de mayo de 2001. Su misión se sintetiza en el plan estratégico África 2063.

La Ruta de la Seda, el programa más grande

También denominada como la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI), la Ruta de la Seda es una estrategia global de desarrollo adoptada por el gobierno de la República Popular China (RPCh). Fue presentada en 2013 con dos modestas actividades, una en la capital de Kazajistán, Astana (hoy redenominada Nur Sultán), y la otra en Yakarta, la capital de Indonesia.

La infraestructura de conectividad (IC) de la que se ocupa el BRI puede ser una carretera, una autopista, un ramal ferroviario, un puerto, un tendido eléctrico, una hidrovía, etc., es decir, todo lo que hace posible las conexiones por lo menos entre dos puntos. Con menor grado de materialidad también lo es una ruta aérea o la comunicación digital, en tanto haya algún tipo de dispositivo emisor/receptor que pueda establecer contacto para el intercambio de información, personas o cosas por un medio de transporte.

La aparición de la problemática de la IC en la agenda global se da en el 2013 en la Cumbre del G20 en San Petersburgo. Durante 4 años tuvo una presencia relevante en las declaraciones de los líderes del G20, hasta 2016 en China. En la declaración final de la Cumbre de Hangzhou se afirmó: “la conectividad de la infraestructura es fundamental para alcanzar el desarrollo sostenible.”

Los ribetes del programa se fueron definiendo con el andar. Al principio fue visto como un megaproyecto ferroviario para incrementar la conectividad china en Asia, y de ella con Europa; sin embargo, pronto la percepción de sus objetivos se fue ampliando. En 2017 se hizo el lanzamiento oficial en Pekín adonde concurrieron representantes de 110 países de los cuales 29 fueron jefes de estado y primeros ministros.

A esa altura el BRI ya era considerado un ambicioso proyecto de infraestructura de conectividad de 1 billón (millón de millones) de dólares. El interés por la iniciativa fue creciendo. Dos años después se hizo la Segunda Cumbre del Proyecto con la participación de enviados de 150 países, entre ellos 37 jefes de estado y primeros ministros.

Fue una muestra de la importancia atribuida a la iniciativa. La presencia de los líderes de los países que aportan el 85% del PBI global adquirió así un significado de alcance estratégico, al converger en la RPCh donde se está produciendo una transformación ciclópea en materia de ordenamiento territorial.

En la actualidad forman parte del programa 139 países en los cuales se están ejecutando centenares de proyectos. Un estudio de 2019 realizado por consultores económicos globales pronosticó que era probable que el BRI impulsara el PIB mundial en U$S 7,1 billones (12 ceros) por año para 2040.

En el mismo sentido, a mediados de octubre, se iniciará en Pekín el 3º Foro de la Ruta de la Seda con la presencia estelar, según se anuncia de más de un centenar de países. En las condiciones actuales hay que estar atentos para calibrar cómo incide la grieta global en la convocatoria y, sobre todo, el criterio con que se abordan los megaproyectos de la infraestructura de conectividad en el despegue de la fase superior de la globalización.

Alberto Ford
IRI – UNLP