La política exterior italiana sin Salvini

El pasado jueves juró el nuevo gobierno italiano guiado, nuevamente, por el primer ministro Giuseppe Conte. Luego una crisis desatada por quien fuera ministro del interior del mismo Conte, Matteo Salvini, el Movimiento 5 Estrellas, partido más votado en las elecciones de marzo de 2018, logró sellar un acuerdo con el Partido Democrático, de centro-izquierda, y evitar así un llamado a elecciones anticipadas que habría favorecido casi seguramente a la formación xenófoba de Salvini, La Lega. Los 29 puntos del programa de gobierno rojo-amarillo (por los colores con que se distinguen al M5S y el PD) van desde la estabilidad fiscal a un nuevo Green New Deal, y ponen especial atención al fortalecimiento de los sectores de la innovación digital y la extensión del acceso a los avances tecnológicos a la ciudadanía. Son dos los apartados que la nueva coalición dedica a la política exterior de Italia: en punto 13, las dos fuerzas políticas acuerdan avanzar en un “multilateralismo eficaz, basado en el pilar de de la alianza euroatlántica, en referencia a la obra de Naciones Unidas, y sobre el pilar de la integración europea”. Y más adelante se compromete a “reforzar -también en el marco de la UE- una política de inversiones destinada al Continente africano, según un modelo de sociedad entre pares”. En el punto 18, el nuevo ejecutivo se compromete a proponer la reforma del Reglamento de Dublín, que regula la distribución de solicitantes de asilo en la UE, y a la formulación de una nueva normativa que contemple “la lucha a la inmigración clandestina” pero que también “enfrente el problema de la integración”. Definiciones bastante amplias, que sin embargo deben ser analizadas a la luz del pasado reciente de la política exterior italiana.

Particularmente significativa resulta la referencia a la “alianza euroatlántica”, una de las piedras angulares de la integración italiana al mundo, puesta en cuestión en los últimos años por nuevos movimientos políticos como el Movimiento 5 Estrellas. En su plataforma política figuraban hasta 2018 la revisión de la pertenencia italiana a la OTAN y la profundización de los lazos con potencias emergentes como Rusia y China, que en este nuevo plan de gobierno quedaron totalmente descartadas.

Entre 2018 y 2019, sin embargo, el gobierno liderado por el mismo Conte, y en el cual el M5S se desempeñaba como fuerza mayoritaria había mostrado algunos elementos distintivos con respecto a la tradicional política internacional italiana que parecería retornar con el “gobierno Conte bis”. Entre los hechos más elocuentes se encuentran el bloqueo de Roma al reconocimiento común por parte de la UE de la autoproclamación a presidente de Juan Guaidó en Venezuela, o la entrada de Italia en la Iniciativa de la Ruta y el Cinturón en marzo pasado, durante la visita de Xi-Jinping. Un gesto que tuvo reacciones de desaprobación tanto desde Washington como desde Bruselas. El M5S, que en 2015 llegó a juntar firmas para proponer un referéndum sobre la continuidad de Italia en la zona Euro, también había sorprendido al oponerse con fuerza a las sanciones impuestas contra Rusia por la anexión de Crimea en 2014. De hecho, las relaciones con el partido de Putin son harto conocidas. Sin embargo el último año en el ejecutivo moderó las posiciones del Movimiento, que en el parlamento europeo se convirtió en el mayor partido sin grupo, al abandonar a los euroescépticos y ultra-conservadores de Neil Farage y terminó inclusive votando en favor de la neo-electa presidenta del Consejo Europeo, Ursula von Der Leyen.

La referencia a la obra de la ONU tampoco es casual. El ex socio del M5S, Salvini, se cansó de criticar el rol de las organizaciones internacionales y de Naciones Unidas en su política de protección a migrantes y refugiados, poniendo al gobierno italiano al centro de la reprobación internacional por su política de mano dura contra migrantes y rescatistas en el Mediterráneo. De allí la explícita referencia al Reglamento de Dublín y los problemas de integración.

Es decir, el alineamiento pro-atlántico y pro-europeo del Partido Democrático primó sin duda en la formulación de los ejes de la política exterior del nuevo gobierno. Sin embargo la -enorme- concesión hecha al M5S en este sentido es nada mas y nada menos que la elección del canciller. El nuevo ministro de exteriores será Luigi di Maio, joven jefe político del Movimiento 5 Estrellas y claramente outsider de la diplomacia y las relaciones internacionales. Por el contrario, sus intervenciones en el exterior fueron hasta ahora de lo más desconcertantes. El incidente más recordado tiene que ver con una foto que di Maio difundió junto con Christophe Chalençon, uno de los referentes de los chalecos amarillos, y que alimentó la escalada de tensión con el gobierno francés que culminó en febrero con el retiro recíproco de embajadores por unos nueve días. En ese duro intercambio, di Maio llegó a tildar a Macron de “explotador de África”, y reavivó las llamas de los desacuerdos alrededor de la construcción de la línea ferroviaria de alta velocidad entre Turín y Lion, y las acusaciones cruzadas sobre la acogida de migrantes. Macron demostró en el último encuentro del G7 su intención de convertirse en referencia de la política europea y global, una iniciativa frente a la cual el nuevo canciller deberá enfrentarse de cerca.

Un primer banco de prueba para ese desafío será África, espacio donde Italia y Francia han competido durante el último siglo y medio. En su discurso de asunción como ministro el pasado jueves, di Maio sostuvo que África “no debe ser vista como una preocupación sino como una oportunidad para encontrar nuevos socios estratégicos”. Y sobre su escritorio, además de un resumen en torno a las desgastadas relaciones con Francia, ya debe haber un dossier dedicado a Libia. Italia importa el 40% del gas que consume de Libia y Argelia, y Roma es hoy el principal interlocutor europeo del gobierno de acuerdo nacional guiado por Fayez al-Sarraj, que desde abril libra una guerra contra el general Khalifa Haftar. Desde las costas de Libia parten también la gran mayoría de los barcos cargados con migrantes africanos que llegan a las costas italianas. De hecho el anterior gobierno del PD logró un acuerdo con al-Sarraj para endurecer los controles en territorio libio a cambio de financiación y entrenamiento de las fuerzas de seguridad. Sin embargo, en los últimos dos años el pacto ha alimentado todo tipo de violación a los derechos humanos por parte de las descontroladas autoridades libias, incluido el retorno a la venta de esclavos en los campos de refugiados creados con fondos italianos. En julio, uno de los ataques del general Haftar mató a 44 de los migrantes detenidos en otro de los centros surgidos tras el acuerdo, lo que aumentó aún más el repudio internacional. Presumimos que los asesores de di Maio estén trabajando en el plan dejado por su predecesor, Enzo Moavero Milanesi, para lograr un alto al fuego en la región y reabrir las negociaciones. Sin embargo, los antecedentes del nuevo canciller tampoco lo ayudan en este caso. En 2017 di Maio había llegado a decir que ante el fracaso de todas la potencias occidentales en Libia hubiese sido esperable que Venezuela tomara la rienda de las negociaciones para que no se inmiscuyeran intereses espurios en la búsqueda de nuevos acuerdos.

El arranque de la nueva política exterior italiana no se prevé entonces nada fácil, aunque di Maio puede contar sin dudas con aliados de peso. El primero es el jefe de gobierno Conte, elogiado por Donald Trump y por el ex presidente de la Comisión Europea Donald Tusk por igual. El premier logró recortarse una imagen internacional muy positiva, afianzada durante la cumbre del G7 en Francia a finales de agosto. La prensa italiana, sin embargo, especula con que este protagonismo del primer ministro en el ámbito internacional podría eclipsar al nuevo ministro, acostumbrado a ser el centro de la atención en todos los ámbitos, y podría generar cortocircuitos internos. En el campo europeo, el nuevo Ministro para los Asuntos Europeos, Enzo Amendola, del Partido Democrático, podría apuntalar al joven canciller, aunque su perfil no sea de los más gratos a los militantes del M5S. En ese ámbito el PD parece haber anotado otro punto: el nombramiento del ex primer ministro Paolo Gentiloni como nuevo miembro de la Comisión Europea por Italia.

Mucho queda aún para analizar en torno a las relaciones que Roma establecerá con EEUU, Rusia y China, y qué equilibrio se logrará entre el atlantismo del PD y la atracción hacia oriente del M5S; cuál será la posición de Italia en asuntos delicados como el ingreso de nuevos países del este a la UE, el Brexit o el acuerdo UE-Mercosur. Por lo pronto parecen ir disipandose, aunque sea por ahora, los cantos de sirena del soberanismo xenófobo que asomaban a la conducción de la política exterior italiana. Aunque la combinación incierta que ha llegado, no disminuye la inquietud por la futura inserción internacional de Roma.


Federico Larsen

Miembro
Centro de Estudios Italianos
IRI-UNLP

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