Reflexiones en torno al anuncio de Honduras respecto al traslado de su Embajada ante Israel a la ciudad de Jerusalén

Reflexiones en torno al anuncio de Honduras respecto al traslado de su Embajada ante Israel a la ciudad de Jerusalén

Hace apenas unas semanas el anuncio del gobierno de Honduras respecto al pronto traslado de su Embajada desde la ciudad de Tel Aviv hacia Jerusalén suscitaba tanto el malestar de la dirigencia palestina como el visto bueno del gobierno de Israel y su aliado norteamericano. En efecto, de concretarse la mudanza de la sede diplomática, este se convertiría en el segundo país Latinoamericano en emplazar su legación en la histórica ciudad de Jerusalén.

Un poco de historia

Jerusalén es una ciudad sagrada para las tres religiones monoteístas. Sobre sus tierras se asentó el mítico templo de Jerusalén construido por el rey Salomón y luego reconstruido por el rey Herodes. Asimismo, en esta ciudad Jesús no solo predicó sino que recorrió el camino hacia la cruz. Aún más en el área conocida como explanada de la mezquita se encuentra la mezquita al Aqsa, la tercera en relevancia para los musulmanes. Ahora bien, esta ciudad cargada de simbolismo religioso y tan cara a los sentimientos de aquellos que profesan estas religiones, fue parte de la Palestina histórica, un territorio que a través del tiempo ha sido objeto de disputa de diversos pueblos e Imperios. Cananeos, filisteos, israelitas, asirios, babilonios, romanos, persas y árabes musulmanes se hicieron del control del mismo en distintas etapas históricas. En esta línea, desde 1517, y hasta finalizada la Primera Guerra Mundial, Palestina fue parte del Imperio Otomano. No obstante, un hito fundamental en su historia viene dado en 1947 cuando, tras años de enfrentamientos entre árabes y judíos por estas tierras, el Comité Especial de Naciones Unidas para Palestina (UNSCOP, conforme con sus siglas en ingles), se expidió a favor de la partición de las mismas. De esta forma, el citado órgano se pronunció por mayoría a favor de la creación de dos Estados independientes, uno árabe y el otro judío, y de una zona internacionalizada en Jerusalén; tres entidades que estarían vinculadas por una unión económica. Esta decisión se plasmó en la resolución 181/11 de la Asamblea General que fue aprobada el 29 de noviembre de 1947.

Con el tiempo, tras sucesivas contiendas que enfrentaron a árabes y judíos, el Estado de Israel logró hacerse del control de Jerusalén. Todavía más, invocando el indestructible vínculo de Tierra Santa con “el pueblo judío”, proclamó la anexión de la ciudad, su reunificación y su condición de indivisible capital del Estado judío, el 30 de julio de 1980. Días después, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas emitía la resolución 478 declarando nula tal anexión por suponer una violación del Derecho Internacional. Debido a ello, los países con sede diplomática en Israel han mantenido sus embajadas fuera de la ciudad.

Trump el precursor

La llegada de Donald Trump al poder en los Estados Unidos ha supuesto un fuerte impacto en lo referente a la evolución del histórico conflicto palestino-israelí. En esta dirección, el mandatario no solo puso sobre la mesa un supuesto plan de paz – conocido como el Acuerdo del Siglo -, que fue percibido como una burla por el pueblo palestino, sino que también reconoció a Jerusalén como capital del Estado de Israel. De esta forma, Trump tomaba distancia de la relación fría y tensa que su antecesor había mantenido con el gobierno de Benjamín Netanyahu, con el cual los roces no habían sido pocos si tenemos en consideración que en el discurso de El Cairo Barak Obama reconoció la humillación diaria que sufren los palestinos en virtud de la ocupación o, inclusive, que su gobierno defendió las fronteras de 1967 como base de la negociación. Fronteras que conforme con su homólogo israelí, podían ser calificadas como indefendibles.

Lo cierto es que, más allá de los roces entre ambos mandatarios, los vínculos entre ambos países son históricos. Estados Unidos fue el primer país en otorgar su reconocimiento de facto al Estado de Israel minutos después de su declaración de independencia. Desde entonces los lazos entre ambos países han ido profundizándose. Como correlato, Pipes (1997) subraya que si bien Estados Unidos mantiene relaciones especiales con diversas naciones, aquella que mantiene con Israel resulta “la más especial”. En esta misma dirección, este país se erige como el principal aliado norteamericano en Medio Oriente. Por su parte, Estados Unidos no solo es el principal socio comercial de Israel, sino también un importante socio en el plano estratégico-militar con quien Tel Aviv comparte un enemigo común: la Republica Islámica de Irán.

En este marco, Trump se autodefine como el más pro israelí de todos los presidentes norteamericanos. Una lectura que al menos, a grosso modo, no parece errónea teniendo en cuenta que durante su administración el gobierno norteamericano ha dejado de brindar ayuda humanitaria a escuelas y hospitales palestinos, ha solicitado el cierre de la oficina de la Organización para la Liberación Palestina en Washington e incluso, recientemente, ha auspiciado el establecimiento de relaciones diplomáticas entre Israel y dos países árabes: Emiratos Árabes Unidos y Bahréin. Aún más, en cumplimiento de una de sus promesas de campaña, el 14 de mayo de 2018, día en el que se conmemoraba el 70 aniversario del surgimiento del Estado de Israel, Washington trasladó su embajada a Jerusalén. Ello en una franca violación a la resolución de Naciones Unidas del 21 de diciembre de 2017, que establece que cualquier decisión que modifique el carácter, el estado o la composición demográfica de Jerusalén “no tendrá ningún efecto legal, será nula y deberá rescindirse en cumplimiento de las resoluciones pertinentes del Consejo de Seguridad”.

Morales, el predecesor.

Dos días después de Washington, Guatemala anunció el traslado de su embajada a Jerusalén. Para comprender esta decisión debe señalarse que entre las razones esgrimidas por Jimmy Morales están el apoyo a dos países aliados tal como es el caso de Israel y Estados Unidos. Al respecto, si bien fuentes oficiales señalaban que las relaciones entre ambos países eran las mejores en 70 años, el vínculo entre ambos Estados también es histórico. Guatemala fue uno de los once miembros del UNSCOP, Comité que el Embajador Jorge García-Granados llegó a presidir, y en el cual la delegación guatemalteca se manifestó a favorable a la partición de Palestina. Aún más, este fue el segundo país a nivel internacional y el primer país Latinoamericano en reconocer al Estado de Israel.

En línea con los lazos de amistad que tradicionalmente han sostenidos estos países en enero de 2018, poco antes del traslado de la legación diplomática, Guatemala fue declarado como país prioridad para la cooperación israelí. Todavía más, éste es un país que detenta fuertes lazos con los Estados Unidos, que emerge como su principal mercado y le provee millones de dólares en inversiones: un actor del vecindario cercano del cual, seguramente, el gobierno de Morales también esperaba obtener beneficios a raíz de su decisión de mudar la sede diplomática.

El compromiso de Hernández

Hace apenas semanas Israel abrió una oficina de cooperación en Tegucigalpa. En el marco de dicho acto, encabezado por el presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, el mandatario reiteró su voluntad de trasladar su embajada de Tel Aviv a Jerusalén.

La apertura de esta oficina se da luego de la visita a Jerusalén del presidente hondureño, en ocasión de la apertura de una oficina comercial diplomática en la Ciudad Santa, en septiembre de 2019, entendida como primer paso para el traslado de la embajada.

Es preciso señalar que en el caso de concretarse esta promesa Honduras se convertiría en el tercer país en tener su embajada en la ciudad, después de Estados Unidos y Guatemala. En este sentido, cabe recordar que, si bien Paraguay avanzó en esta dirección, procediendo al traslado de su embajada a Jerusalén, en mayo de 2018, cuatro meses después, tras un cambio de gobierno, el Estado paraguayo decidió volver sobre sus pasos.

Lo cierto es que en esta instancia parecería haber llegado el turno de Honduras. Al respecto, desde la llegada de Hernández a la presidencia el vínculo entre los dos países ha crecido, mientras el gobierno hondureño apuesta a una profundización de los lazos en áreas tales como agricultura, salud y educación. En este marco se explican medidas tales como el reconocimiento de Hezbollah como una organización terrorista o, inclusive, el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel, aún a pesar que Honduras tiene la comunidad palestina más grande de América Latina, después de Chile.

Por otra parte, no puede dejar de mencionarse que la relación con los Estados Unidos es un parámetro primordial para explicar el devenir del vínculo de este país centroamericano con Israel. Tal como se hizo palpable en diciembre de 2017 cuando Honduras, junto a Guatemala, se convirtieron en dos de los nueve países que votaron en contra de la resolución de Naciones Unidas que rechazó la decisión de Estados Unidos de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel.

Estados Unidos representa, tanto para Honduras como para Guatemala, su principal mercado, la principal fuente de inversión extranjera directa, y ello sin mencionar la relevancia que cobran para sus economías las remesas enviadas por los migrantes que residen en el vecino del Norte. Aún más, para el actual gobierno hondureño ha resultado central el apoyo político de Washington al presidente Hernández quien asumió su cargo en medio de un proceso electoral denunciado como fraudulento.

En definitiva, en los dos países latinoamericanos se impone el seguidismo a la política exterior norteamericana. No obstante, existe una amplia dosis de pragmatismo político, dos elementos centrales a la hora de evaluar el vínculo con Israel y su proceder en lo que respecta a Jerusalén, una ciudad que, como ya se mencionó, sigue siendo objeto de disputa e, incluso, un gran escollo en las negociaciones entre palestinos e israelíes.

Ornela Fabani
Integrante
Departamento de Medio Oriente
IRI – UNLP

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