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Los trazos de la proyección geopolítica norteamericana actual

*  Los trazos de la proyección geopolítica norteamericana actual

Hernán Cornut[1]

Lejos de cualquier juicio de valor y evitando las subjetividades inconducentes considero interesante plasmar algunos puntos de vista que colaboren en el análisis de la actual geopolítica estadounidense, entendiendo que ésta propone un escenario de escasa flexibilidad dado lo determinante de la condición geográfica que, a su vez, articula con el posibilismo estratégico en tanto sistema de recursos que orienta el poder disponible.

Sin mayores dudas los Estados Unidos de Norteamérica (EE. UU.) de la mano de la administración Trump están viviendo un deja vu en su gerenciamiento de la política internacional, signado por las más conservadoras teorías realistas. Esta mirada norteamericana del planeta se caracteriza por una instrumentación geopolítica que procura el equilibrio como garantía de estabilidad ante que de paz (Kissinger, 1995, p. 15). De alguna manera, el fundamento genético de esta prospectiva lo encontramos en el destino manifiesto de los EE. UU., capaz de fluctuar entre el altruismo de Jefferson respecto de la extensión de la libertad a un sistema imperial por él imaginado (Kissinger, 2024, p. 241) y la imposición bastante más pragmática de Teddy Roosevelt para controlar la periferia mediante una suerte de aggiornamiento de la doctrina Monroe como herramienta que justificase la intervención en terceros países (Kissinger, 1995, p. 33)[2]. Está claro que el llamamiento a la responsabilidad universal (Kissinger, 2024, p. 290) devenido de los EE. UU. como “motor del plan divino” (p. 248) es el resultado de un posicionamiento relativo dominante que le permite erigirse (o al menos intentarlo) como gendarme mundial, en un supremo esfuerzo de ordenar el rompecabezas de las realidades individuales de cada actor estratégico, se trate de Estados o no.

De este modo, expresiones tales como “siempre que la paz -concebida como la eliminación de la guerra [[3]]- ha sido el objetivo primordial de una potencia o grupo de potencias, el sistema internacional ha estado a merced del miembro más feroz de la comunidad internacional (Kissinger, 1973, p. 11) o “si el orden no puede alcanzarse por consenso o imponerse por la fuerza, surgirá de la experiencia del caos” (Kissinger, 2024, p. 137), transparentan una actitud ambivalente donde el equilibrio concreta un imperativo de política exterior innegociable.

Este equilibrio es de cuño geopolítico ya que revela la adecuación del espacio internacional a la medida de las aspiraciones norteamericanas. Dicha estabilización no es exclusivamente militar (Kissinger 2024, p. 236) y presenta la dificultad que su efectividad es inversamente proporcional a la distancia en que se ubica el espacio a fiscalizar respecto del epicentro del poder (p. 236). La inspiración kissingeriana sobre el equilibrio proviene de las condiciones acordadas para Europa en 1648 al finalizar la Guerra de los Treinta Años (entre católicos y protestantes) y que sentó las bases para el ordenamiento europeo en derredor de lo que se conoció como sistema westfaliano[4].

El correlato imprescindible para llevar a efecto esta concepción geopolítica se materializa a través de un vector estratégico de fuerte impronta militar y concebido para la imposición directa, o bien para una persuasión coactiva que no deja márgenes de disenso. Es posible advertir en estas formas de orientar el poder la presencia de una cultura estratégica (CE) dominada por la noción del atrittion (desgaste), en sintonía con una mirada lineal y algo reduccionista que, dado el poder norteamericano, procura imponer antes que cabildear, alcanzando cierta inmediatez en la resolución de las crisis.

Le debemos a Jack Snyder (1977) las primeras nociones sobre CE surgidas de sus observaciones acerca de la conducta nuclear soviética en plena Guerra Fría, desde que las fuerzas militares norteamericanas y en particular la Fuerza Aérea, habían evaluado el probable desarrollo de una contienda atómica según los parámetros propios, lo que implicaba desconocer los atributos culturales que acabaron influyendo en el comportamiento estratégico de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Para Snyder la CE es la suma total de ideas, respuestas emocionales condicionadas y patrones de comportamiento habitual que los miembros de una comunidad estratégica nacional han adquirido mediante instrucción o imitación y comparten entre sí con respecto a la estrategia nuclear (Motta, 2022, p. 28).

Algo destacable es que este concepto incorpora una dimensión mimética que coloca a la emulación en una centralidad sustantiva al momento de definir la CE, pero que tiene más que ver con el escenario -nuevamente- de Guerra Fría y las posibilidades de escalada de la violencia a los extremos (Girard, 2010) que, con situaciones en la tercera década del siglo XXI, no tanto por la posibilidad de ocurrencia atómica sino por la probabilidad de esta. Pero lo importante es señalar la íntima relación de la idea de CE con el ámbito de la bipolaridad propia del enfrentamiento Este – Oeste, lo que no inhabilita la idea, aunque sí informa acerca de su génesis.

Para Colin Gray (Motta, 2022, p. 28) la CE comprende ideas, tradiciones y actitudes socialmente transmitidas, hábitos de pensamiento y métodos de operación preferidos, mientras que Paul Cornish afirma que es la forma en que una determinada comunidad estratégica piensa y se comporta y agrega: “la cultura de cada país determina su actitud hacia la guerra” (Motta, p. 28) y “configura un medio de ideas que limita las elecciones del comportamiento y que permite derivar predicciones específicas sobre la elección estratégica” (p. 28).  En definitiva, se acepta a la CE como un instrumento que permite perfilar el comportamiento en situaciones de conflicto cuya opción protagónica sea el empleo del poder militar para la resolución de los problemas; dicho de otro modo: la CE está propositivamente diseñada para atender los conflictos armados, lo que restringe la mirada amplia y participativa de todos los factores de poder ante un potencial conflicto en que no sea prioritario el uso del instrumento militar. Volviendo a Snyder encontramos que: “las elites articulan una cultura estratégica única relacionada con asuntos de seguridad y militares que son una manifestación más amplia de la opinión pública, socializada de un modo distintivo de pensamiento estratégico” (Lantis, 2009, p.35). Acá se refuerza el propósito militar de la CE y aparece la idea de las elites como instrumento de contención de los impulsos y costumbres, pero a la vez también como decodificadoras de los inputs culturales que se transformarán en un diseño estratégico.

En síntesis, el posicionamiento geopolítico actual de EE. UU. pareciera, en principio, no ser novedoso, ya que propone una suerte de loop que reconduce a situaciones conocidas y modos de acción ya ejercidos en diferentes épocas del acontecer mundial y regional. Una mirada que provee equilibrios casi absolutos como recurso dominante para garantizar la mínima ocurrencia de conflictos y así controlar la estabilidad, no es otra cosa que ejercer el poder en orden a legitimar su rol hegemónico.

El complemento que hace realidad la aspiración anterior no es otra cosa que una cultura estratégica cimentada en la linealidad del atrittion, de consecución perentoria, poco inclinada al diálogo y regida por una lógica de imposición antes que de negociación. El sustrato que hace posible esta actitud es un hard power basado, esencialmente, en la disponibilidad de un instrumento militar eficaz y eficiente que logra sus objetivos ya sea en forma directa mediante su empleo, o bien indirecta como respaldo y opción coactiva que configura una amenaza para sus potenciales enemigos.

Pareciera ser, entonces, que el escenario mundial se encamina a una escalada de crisis que mucho nos recuerda las advertencias clausewitzianas del rol central de la política para evitar o morigerar la temible escalada de la violencia hacia los extremos.

Referencias bibliográficas

Girard, R. (2010). Clausewitz en los extremos. Política, guerra y apocalipsis. Buenos Aires: Katz.

Kissinger, H. (1973). Un mundo restaurado. México: FCE.

Kissinger, H. (1995). La diplomacia. México: FCE.

Kissinger, H. (2024). Orden mundial. Reflexiones sobre el carácter de las naciones y el curso de la historia. Barcelona: Penguim Random House.

Lantis, J. (2009). “Strategic culture: from Clausewitz to constructivism”. Johnson, J. Kartchner, K. y Larsen, J. Strategic culture and weapons of mass destruction. New York: Pallgrave – Macmillan.

Motta, G. (2022). “La cultura estratégica británica y el diseño de un instrumento militar en el período 1990-2015”. Revista Visión Conjunta 27 (26-35).

Snyder, J. (1977). The soviet strategic culture: implications for limited nuclear operations. A Project Air Force report prepared for the US Air Force. Santa Mónica: Rand.

[1] Director de la maestría en Estrategia y Geopolítica de la Escuela Superior de Guerra (ESG). Profesor del doctorado en Defensa Nacional (UNDEF).

[2] En ambas posturas las acciones se concretaban a través de la preponderancia de organismos internacionales en papel de control, un sistema financiero internacional fuertemente interconectado, el libre comercio, la limitación de guerras y el protagonismo de medidas para la solución pacífica de las controversias entre Estados, en la aspiración de revivir “un sistema contemporáneo westfaliano” (Kissinger, 2024, p. 18). La clave radica en “un orden con libertad y una libertad con orden” (p. 20).

[3] Se refiere a la intención manifiesta de excluir la guerra como recurso en un contexto de sobreactuado pacifismo.

[4] En alusión a la Paz de Westafalia, nombre de la región que alberga las ciudades de Osnabrück y Münster en Alemania, sede de los tratados que pusieron fin a la Guerra de los Treinta Años.