* Medio Oriente: La paz negativa
Zidane Zeraoui[1]
En los últimos años, la política estadounidense hacia Medio Oriente ha estado marcada por el intento de conciliar objetivos contradictorios: apoyar la defensa de Israel, evitar una guerra regional, gestionar la crisis humanitaria en Gaza y preservar la credibilidad de Washington frente a sus aliados árabes, a la par que se prioriza la competencia con China a escala global. Tras el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, el gobierno estadounidense definió como prioridades el apoyo militar a Israel, la liberación de rehenes, la prevención de una escalada regional, la eliminación de la llamada amenaza iraní con su eje anti-israelí y la preparación de un escenario de posguerra orientado, al menos retóricamente, a una solución de dos Estados, Israel y un Estado palestino.
Sin embargo, el avance hacia estos objetivos ha sido limitado, debido tanto a la intensidad del conflicto como a las tensiones entre el respaldo firme a Israel y las presiones internacionales por un alto el fuego y mayores garantías humanitarias. Por otra parte, la ausencia de un marco coherente de disuasión de largo plazo frente a Irán, combinada con la necesidad de evitar una escalada directa, ha llevado a una política reactiva basada en despliegues militares, ataques selectivos contra milicias pro-iraníes y esfuerzos diplomáticos fragmentados, con ataque puntuales contra las instalaciones iraníes como lo fue en junio de 2025 y el ataque masivo iniciado el 28 de febrero pasado que conllevó a la muerte del Guía Ali Jam nei.
Un eje clave de la estrategia estadounidense ha sido impulsar la normalización entre Israel y Arabia Saudita, en continuidad con los Acuerdos de Abraham, a cambio de un tratado de defensa entre Washington y Riad y un acuerdo de cooperación nuclear civil. Este paquete buscaba, simultáneamente, consolidar la alineación saudí con Estados Unidos, limitar la influencia de China en el reino, y asentar un bloque regional más cohesionado frente a la red de alianzas de Irán.
No obstante, el avance de estas iniciativas ha dependido de la evolución de la guerra en Gaza y de la disposición del gobierno israelí a aceptar compromisos mínimos hacia la creación de un Estado palestino, condición necesaria para que Riad pueda justificar políticamente la normalización ante su opinión pública. La prolongación del conflicto y la dureza de la campaña en Gaza han complicado el margen de maniobra de Washington, ya que cualquier acuerdo que no incorpore una vía creíble hacia la solución de dos Estados corre el riesgo de erosionar la legitimidad de los regímenes árabes que colaboran con Estados Unidos e Israel.
Así, la estrategia de Estados Unidos en Medio Oriente es parte de una nueva Guerra Fría del siglo XXI, en la que se entrelazan el apoyo militar a Ucrania e Israel, un régimen de sanciones reforzado contra Irán e inclusive ataques combinados con Israel y la contención económica y tecnológica de China. El paquete de ayuda exterior aprobado por Washington, que combina recursos para Ucrania e Israel con nuevas sanciones contra Teherán, ilustra cómo Medio Oriente se inscribe en una estrategia más amplia de reafirmación del liderazgo estadounidense frente a competidores globales.
A pesar de ello, el desgaste intervencionista y las prioridades en el Indo-Pacífico limitan la disposición de Estados Unidos a comprometerse en campañas terrestres lo que incentiva el uso de instrumentos indirectos: apoyo a aliados, operaciones aéreas puntuales, sanciones económicas y diplomacia coercitiva. Esta preferencia por la guerra limitada y la contención indirecta refuerza la centralidad de las potencias regionales y de los actores no estatales en la configuración del sistema de seguridad de Medio Oriente.
La combinación de multipolaridad competitiva, rivalidades ideológicas y sectarias, y fuerte penetración de potencias tanto regionales como globales genera un entorno de seguridad altamente inestable, donde las crisis locales pueden escalar rápidamente. Esta distribución particular de poder —con potencias regionales influyentes, pero sin una hegemonía clara ni un régimen de seguridad cooperativa robusto— produce un sistema propenso a ciclos recurrentes de conflicto y difícil de estabilizar de manera duradera.
En el corto y mediano plazo, la probabilidad de una guerra regional abierta depende de la capacidad de contención de Estados Unidos y de la voluntad de Israel e Irán de evitar una confrontación directa de gran escala, especialmente en el frente israelí-libanés y en el Golfo.
Sin embargo, incluso si se evita una escalada mayor, la persistencia de la guerra en Gaza, la incertidumbre sobre el futuro político de Palestina, la rivalidad entre bloques regionales y la competencia entre Estados Unidos y China sugieren un escenario de “paz negativa”: ausencia de guerra total, pero con violencia crónica, crisis recurrentes y reformas institucionales insuficientes.
[1] Profesor de la Universidad de Monterrey (México).