* Colombia 2026. Seguridad en Tres Escalas: entre las urnas, el litoral y el orden Global
Juan Camilo Mesa Bedoya[1]
A finales de febrero de 2026, Colombia no solo enfrenta un cambio de calendario, sino una mutación profunda en su arquitectura de riesgos. La seguridad ya no puede ser analizada como un fenómeno estanco; hoy es un sistema de vasos comunicantes donde lo que sucede en un puesto de votación en el Departamento del Cauca está dialécticamente conectado con la presencia de la IV Flota en el Caribe o la competencia tecnológica entre Washington y Beijing.
El panorama doméstico está marcado por la inminencia de los comicios de 2026. En este ciclo electoral, el principal desafío no es la alternancia en el poder, sino la integridad territorial del sufragio. Tras años de una Paz Total, de resultados asimétricos, asistimos a una fragmentación de los actores armados que han pasado de la insurgencia ideológica a una gobernanza criminal tecnificada. Estos grupos no buscan derrocar al Estado, sino capturarlo a nivel local para proteger economías ilícitas (oro, coca y trata de personas). La seguridad interna hoy se define por la capacidad de la Fuerza Pública para desarticular la coacción electoral en las periferias integradas. El riesgo es una democracia donde el mapa electoral coincida con el mapa del control de las disidencias y el Clan del Golfo, convirtiendo el derecho al voto en una transacción de supervivencia regional.
En el nivel intermedio, Colombia se ha consolidado como el epicentro de la nueva estrategia de seguridad hemisférica de Estados Unidos. Ante la creciente influencia de potencias extrarregionales, Washington ha reactivado una política de intervenciones multidimensionales en el Caribe y el Pacífico. En el Caribe la securitización de la crisis migratoria y el control de los flujos en el Darién han transformado el litoral norte en una zona de operaciones conjuntas de alta intensidad. Para Colombia, esto implica un dilema de soberanía, entre la cooperación necesaria para contener el desborde humanitario frente a la presión de una agenda estadounidense que prioriza la contención sobre el desarrollo. En el pacífico la importancia estratégica de puertos como Buenaventura y el potencial logístico del Departamento de Chocó han puesto a Colombia en el radar de la competencia por el control de las líneas de comunicación marítima. La presencia de activos navales de EE. UU. en el Pacífico colombiano ya no solo responde al narcotráfico, sino a la vigilancia de la infraestructura crítica y la inversión china.
Finalmente, Colombia se inserta en la seguridad global no como un espectador, sino como un proveedor estratégico de la transición energética. En 2026, la seguridad global de Colombia se juega en la protección de sus minerales críticos y su biodiversidad. El país es hoy un nodo de interés para el complejo industrial-militar global que requiere cobre, litio y energías limpias para sostener la carrera tecnológica. Sin embargo, esta ventaja comparativa es también nuestra mayor vulnerabilidad. La competencia entre el bloque transatlántico y el bloque euroasiático por estos recursos sitúa a Colombia en una zona de fricción. La seguridad global para nosotros significa evitar la maldición de los recursos v2.0 ; donde la infraestructura de transición se convierta en el nuevo objetivo de sabotaje ciberfísico o de disputas de poder entre grandes potencias en suelo nacional.
En 2026, Colombia requiere una Gobernanza Multinivel de la Seguridad que proteja las urnas en entre marzo y mayo, gestione con astucia la presión de Washington en nuestros mares y defienda nuestros recursos estratégicos en el tablero global. La seguridad de la nación hoy se mide por su capacidad de mantener la autonomía estratégica en un mundo que ya no permite la neutralidad pasiva.
[1] Doctor en Relaciones Internacionales (IRI-UNLP). Miembro de la Comisión Asesora del Doctorado en Relaciones Internacionales (IRI-UNLP).