El 20 de mayo de 2026, Vladímir Putin realizó una visita de Estado de aproximadamente 24 horas a Beijing, donde fue recibido por Xi Jinping en el Gran Salón del Pueblo.
Xi elogió los lazos con Rusia como una fuerza de «calma en medio del caos», mientras Putin afirmaba que la relación había alcanzado un «nivel sin precedentes» (McCarthy, 20 de mayo de 2026). El encuentro estuvo cargado de un dato difícil de ignorar: se produjo inmediatamente después de la cumbre de Xi con Donald Trump en Pekín la semana anterior, coincidencia que medios oficiales chinos aprovecharon para presentar a Pekín como un «epicentro de la diplomacia mundial» (EFE, 20 de mayo de 2026).
En síntesis, la cumbre confirmó la solidez del eje político-simbólico entre Moscú y Beijing y, al mismo tiempo, expuso sus límites materiales. Es una relación robusta en la retórica y en el alineamiento geopolítico frente a Occidente, pero condicionada por una asimetría creciente en la que China dicta cada vez más los términos.
Instituto de Relaciones Internacionales
UNLP