Durante 1941, mientras la guerra europea se extendía y el conflicto en China entraba en su cuarto año sin resolución a la vista, Japón y Estados Unidos sostuvieron una compleja negociación diplomática que buscaba, al menos en apariencia, evitar el choque directo entre ambas potencias. El gabinete de Konoe Fumimaro había impulsado en abril un «Entendimiento Preliminar» con Washington, pero las tratativas chocaron una y otra vez con un obstáculo de fondo: Estados Unidos exigía la retirada japonesa de China e Indochina como condición para levantar las sanciones económicas y, en particular, el embargo petrolero impuesto tras el avance japonés sobre el sur de Indochina. Para Tokio, esa exigencia equivalía a renunciar a su estatus de potencia y a los sacrificios ya invertidos en el continente.
Con el margen de maniobra cada vez más reducido por el desabastecimiento de crudo, el nuevo gabinete de Tojo Hideki resolvió presentar una última propuesta de compromiso, conocida como Plan B, que ofrecía un repliegue parcial del sur de Indochina a cambio del restablecimiento de las relaciones comerciales. El secretario de Estado norteamericano, Cordell Hull, rechazó de plano esta oferta y respondió, el 26 de noviembre, con la Nota Hull: en ella se reiteraban los llamados Cuatro Principios y se exigía la retirada total y sin condiciones de las tropas japonesas tanto de China como de Indochina, además del desconocimiento del gobierno colaboracionista de Wang Jingwei en Nankín.
Para la dirigencia japonesa, que ya había fijado en el Consejo Imperial de principios de septiembre un plazo límite para resolver la cuestión por la vía diplomática antes de inclinarse por la guerra, la Nota Hull no fue leída como una posición negociadora más, sino como un ultimátum que equivalía, en los hechos, a exigirle a Japón la renuncia lisa y llana a su posición como potencia continental. El 1 de diciembre, el Consejo Imperial aprobó formalmente el inicio de las hostilidades contra Estados Unidos, el Reino Unido y los Países Bajos. Seis días después, en la madrugada del 7 de diciembre según horario local, la flota japonesa atacó por sorpresa la base naval estadounidense de Pearl Harbor. Por una demora administrativa de apenas cincuenta minutos en la entrega de la nota diplomática previa que debía preceder al ataque, Washington interpretó la acción como una agresión sin previo aviso, alimentando durante décadas una narrativa de traición que marcaría profundamente las relaciones bilaterales de posguerra. Esos cincuenta minutos terminarían pesando, en la memoria bilateral, casi tanto como el propio ataque.
Por Aimé Rojas Petruccelli
Departamento de Historia
IRI-UNLP