En las relaciones internacionales se parte de una premisa incómoda pero difícil de refutar: los Estados actúan en función de sus intereses de supervivencia, no de valores universales y es con esa lente que hay que leer lo que está ocurriendo en Irán desde el 28 de febrero de 2026.
Hace días Irán está siendo bombardeado con una intensidad sin precedentes por Israel y por fuerzas estadounidenses. Los lanzadores de misiles iraníes pasaron de 350 a poco más de 100 (Cicurel, 2026). Su capacidad de fuego balístico masivo cayó un 90%, según el propio Pentágono. En los primeros cinco días de la guerra actual, las salvas de misiles contra Israel disminuyeron un 99% (ISW, 2026). Cualquier análisis superficial concluiría que la campaña es un éxito. Pero ese análisis superficial ignora exactamente lo que la historia lleva décadas enseñando: destruir la capacidad de fuego de un adversario no es lo mismo que ganar una guerra.
El doble fracaso: lo político y lo militar
La estrategia de EE. UU. en este conflicto tiene dos objetivos: el primero, es degradar la capacidad militar iraní mientras que el segundo, y más ambicioso, es forzar un cambio de régimen que produzca un gobierno en Teherán dispuesto a aceptar las condiciones de Washington e Israel. El problema es que ambos objetivos se contradicen entre sí en el plano político, y la historia reciente lo demuestra con claridad perturbadora.
El caso del liderazgo supremo iraní ilustra esta paradoja con una precisión brutal. El ayatolá Ali Jamenei fue asesinado en los ataques conjuntos estadounidenses e israelíes del 28 de febrero. Lo que Washington esperaba (o al menos como lo justificó internamente) era que su muerte generaría un vacío de poder, confusión interna y apertura para una transición negociada. Lo que ocurrió fue exactamente lo contrario: en menos de dos semanas, la Asamblea de Expertos iraní designó a Mojtaba Jamenei, hijo del ayatolá muerto, como nuevo líder supremo de la República Islámica. La muerte del mártir no debilitó al régimen. Lo fundó de nuevo. El hijo hereda no sólo el cargo, sino una narrativa de resistencia construida sobre la sangre del padre, un espíritu de combate renovado y una Guardia Revolucionaria —organismo con el que Mojtaba tiene vínculos estrechos desde sus años en el frente durante la guerra Irán-Irak— completamente movilizada detrás de su figura.
Trump advirtió que el nuevo líder «no durará mucho tiempo». Pero esa amenaza, leída en clave de política internacional, no es una señal de fortaleza estratégica: es la confesión de que el objetivo político original —un régimen diferente y más maleable— no se logró. Solo se produjo un régimen más joven, más duro y con mucho más combustible ideológico para seguir peleando.
En el plano estrictamente militar, el fracaso tiene otra dimensión: EE. UU. entró a esta guerra creyendo que sería corta. Las fuentes de inteligencia y análisis estratégico que orientaron la decisión estimaban que un golpe suficientemente duro al liderazgo y a la infraestructura iraní precipitaría un colapso rápido o una negociación inmediata. El resultado es una potencia militar que, quince días después del inicio del conflicto, enfrenta restricciones logísticas crecientes y un conflicto que podría extenderse semanas y meses.
Irán no está perdiendo. Está administrando
La caída del 90% en el fuego balístico iraní se lee en Occidente como una derrota. Leída desde Teherán, es otra cosa: es gestión racional de recursos en una guerra concebida para durar. Este es el punto central que los propios datos cuantitativos disponibles confirman sin proponérselo.
En junio de 2025, durante la Guerra de los 12 Días, Irán lanzó aproximadamente 574 misiles balísticos contra Israel en doce días, con picos de 200 misiles en un solo día. Era una demostración de fuerza máxima. En la guerra actual, iniciada el 28 de febrero de 2026, el volumen total fue mayor al inicio pero inmediatamente más disperso regionalmente: 428 misiles balísticos el primer día, distribuidos entre Israel y los países del Golfo, no concentrados en un solo frente. Para el día cinco, ya había bajado a 42. Para el día quince, los ataques directos contra Israel eran de apenas una decena de proyectiles diarios.
¿Eso significa que Irán está agotado? Nuestra lectura apunta en otra dirección. Irán puede fabricar del orden de 10.000 drones al mes. Pese al daño sufrido en la guerra de 2025, conservaba entre 1.000 y 1.500 misiles balísticos al inicio de este nuevo conflicto (Cicurel, 2026). No es un actor sin munición; es un actor que entiende que gastar todo su arsenal en semanas sería un error estratégico fatal. Irán no está peleando para vencer militarmente a EE.UU, está peleando para desgastar y seguir existiendo en diciembre de 2026, en 2027 y en 2030.
Esta asimetría de horizontes temporales es, quizás, la dimensión más ignorada del conflicto, donde una administración americana opera con el reloj del ciclo electoral y la tolerancia de la opinión pública, que ya empieza a resentir el alza en los precios de la gasolina y una guerra que ve como innecesaria. Irán, en cambio, lleva décadas construyendo una doctrina de resistencia que no mide el éxito en meses sino en generaciones. Nadie puede contar hoy una historia plausible sobre cómo termina esta guerra de forma favorable para Washington. Irán sí puede. Su historia termina con el régimen en pie.
Ormuz: el arma que ningún misil puede destruir
El 28 de febrero, el día en que comenzó la guerra, el petróleo cotizaba alrededor de 66 dólares por barril. El 8 de marzo, el Brent superó los 100 dólares por primera vez en cuatro años, tocando picos de 120 dólares. La Agencia Internacional de Energía calificó el bloqueo del Estrecho de Ormuz como la mayor perturbación del mercado petrolero en la historia moderna: más de 8 millones de barriles diarios interrumpidos, el 20% del consumo mundial, con el tráfico de petroleros colapsado un 97% —de 141 embarcaciones diarias a apenas 4.
Esta es la dimensión que ningún parte militar de Washington supo anticipar con suficiente peso. Irán no necesita vencer en el campo de batalla aéreo para ganar en el plano estratégico. Le basta con mantener clausurado, o incluso amenazado, el Estrecho de Ormuz. El nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei, lo dejó claro en sus primeras declaraciones: el estrecho debe permanecer cerrado.
El impacto ya es global e irreversible en el corto plazo. Arabia Saudita, Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos e Irak han visto paralizada una parte crítica de su producción. Los países del Golfo ahora sufren ataques de misiles iraníes sobre sus propias plantas desalinizadoras. EE.UU se vio forzado a liberar 172 millones de barriles de su Reserva Estratégica de Petróleo —la mayor extracción de esa reserva en la historia del país— en coordinación con 32 países de la AIE, en un intento de estabilizar los precios. El mercado lo interpretó como lo que es: una pistola de agua frente a un incendio estructural.
Aquí aparece la contradicción más profunda de la estrategia americana: la campaña fue diseñada para degradar a Irán, pero al hacerlo desencadenó exactamente el escenario energético que más daño le hace a la economía global y, en particular, a la economía doméstica de EE. UU. Trump ganó en 2024 prometiendo reducir a la mitad el costo de la energía en 12 meses. La gasolina en Florida ya supera los 3,60 dólares por galón. El reloj político de Washington corre mucho más rápido que el de Teherán.
El límite del poder aéreo y la trampa sin salida
Hay una ilusión recurrente en la política exterior americana: la creencia de que el poder aéreo solo, sin tropas en el terreno y sin un plan político creíble de salida, puede doblar la voluntad de un adversario determinado. El registro histórico es uniforme en este punto. Es posible destruir sistemáticamente la capacidad de combate de un estado y aun así no lograr que ese estado cambie su comportamiento ni su dirección política. El bombardeo estratégico puede reducir infraestructura; no puede rediseñar identidades nacionales forjadas en décadas de resistencia.
El problema se vuelve estructural cuando se considera lo que Irán conserva incluso degradado. Sus blancos de represalia más efectivos no son militares: son los nodos de la economía regional. Kuwait obtiene el 90% de su agua potable de plantas desalinizadoras. Arabia Saudita, el 70%. La infraestructura energética del Golfo es un blanco enorme y relativamente blando que puede ser alcanzado con vectores de bajo costo. La degradación del arsenal balístico iraní no elimina esta amenaza; simplemente la desplaza hacia drones, minas y misiles de crucero de corto alcance, más baratos y más difíciles de interceptar en masa.
El resultado es una estrategia que ha logrado sus objetivos tácticos —menos misiles, menos lanzadores, liderazgo iraní golpeado— pero que no tiene salida política clara. Si EE.UU detiene la campaña, Irán queda en pie con un nuevo líder más duro que el anterior y con el estrecho de Ormuz como palanca de negociación permanente. Si EE.UU escala, profundiza una crisis energética global que ya está erosionando su posición política interna. El dilema no es nuevo, es el dilema clásico del poder militar sin propósito político alcanzable.
Conclusión: ganar batallas, perder la guerra
La comparación entre la Guerra de los 12 Días y el conflicto actual arroja una conclusión incómoda para los dos relatos dominantes. No es verdad que Irán conserve intacta su capacidad balística de junio de 2025: los datos muestran una degradación real y severa. Pero tampoco es verdad que EE.UU e Israel estén ganando la guerra en ningún sentido estratégicamente relevante.
Lo que han ganado es la dimensión táctica. Lo que están perdiendo es la dimensión política y estratégica, que es la única que importa al final. El ayatolá asesinado generó un sucesor más joven, más ideologizado y con más espíritu de combate. La guerra que debía ser corta se está convirtiendo en larga. Y en una guerra larga, el actor con mayor tolerancia al sufrimiento, mayor horizonte temporal y menor dependencia del ciclo electoral tiene ventaja estructural. Irán no necesita ganar militarmente. Solo necesita sobrevivir. Y para sobrevivir, no necesita los misiles que disparó el 28 de febrero. Necesita tiempo, determinación y una narrativa que su población esté dispuesta a sostener. Las tres cosas, a quince días de iniciado el conflicto, las sigue teniendo.
Franco Serrano
Integrante
Departamento de Medio Oriente
IRI – UNLP