El reconocimiento estadounidense a la soberanía israelí sobre los Altos del Golán

Historia: los Altos del Golán bajo control israelí

Los Altos del Golán constituyen una región geográfica de inexorable importancia para Estados como Israel, Siria, Líbano y Jordania (los cuales, a excepción de Líbano y Jordania, comparten fronteras entre sí). En primer lugar, se trata de una frontera entre Estados que han mantenido conflictos bélicos entre sí: su control es fundamental para cualquiera de ellos. De forma más cara, los Altos del Golán son relevantes, precisamente, por su elevación, que presenta condiciones geográficas adecuadas para mantener una posición militar estratégica.

Desde allí se puede obtener una visión de localidades cercanas, incluso, de la mismísima capital siria, Damasco. Es decir, estos montes propician operaciones de recolección de inteligencia a partir de la instalación de bases y puestos de avanzada, capaces de manipular tecnología como drones y radares. En este sentido, el Golán es clave para anticipar los movimientos de las fuerzas de seguridad de los vecinos, y sus escarpados riscos, lo hacen naturalmente un sitio de difìcil acceso. La posesión de este bastión constituye un potencial recurso para disuadir el ataque de enemigos, así como también un punto desde el cual se puede atacar y monitorear el curso de las actividades militares propias y ajenas.

Los Altos del Golán dan profundidad estratégica a Israel sobre Siria, pero la cuestión no se agota aquí. Si sus rasgos naturales ofrecen esta ventajosa posición militar, además, también proveen un recurso fundamental y que escasea en la región: el agua. El Golán es fuente de arroyos claves en la economía de estos Estados, y fueron los conflictos políticos surgidos del control sobre el agua, sumados a los ataques desde las alturas a comunidades israelíes fronterizas, los que propiciaron que en 1967, al enfrentarse Israel con Egipto, Siria y Jordania, el primero ocupase la región, que estaba en manos sirias desde su independencia (aunque una pequeña parte, el “Golán sirio”, permanece aún bajo su soberanía).

Para comprender el carácter histórico de esta decisión, es necesario remontarse a la Guerra de los Seis Días, de junio de 1967. Este conflicto tuvo importantes consecuencias territoriales. Entre ellas, Israel tomó control sobre territorios anteriormente en manos jordanas, como Jerusalén Este y la “ribera occidental” del río Jordán (el territorio de la Cisjordania y que Israel denomina como Judea y Samaria) y le quitó a los egipcios el control de la Franja de Gaza, sentando las bases para el eventual reclamo de soberanía palestina sobre esos territorios cuando el liderazgo palestino decidió renunciar su reclamo sobre la totalidad de la Palestina histórica. Israel también ocupó la Península del Sinaí, devuelta a Egipto con los acuedos de paz de 1977.

Los Altos del Golán fueron parte de la ganancia territorial israelí en esa guerra y, desde entonces, objeto de reclamo por parte de Siria y, con menor intensidad, Líbano, que sostiene históricamente su autoridad sobre una pequeña porción del territorio. Esta región no sólo fue ocupada como Cisjordania y, por entonces, Gaza, sino que fue anexada oficialmente por Israel, declarando así a la región parte integral de su territorio. Desde entonces, la disputa sigue sin resolución formal. La resolución 242 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas llamó a Israel a retirarse de los territorios ocupados en la guerra de 1967, justificando esta decisión en la necesidad de acuerdos de paz regionales y en el principio según el cual un estado no puede incorporar territorio a través de la guerra.

En el caso específico de Golán, se mantuvo desde la guerra de Iom Kipur de 1973 un statu quo: Israel controla la totalidad del territorio, donde instaló localidades judías y desplazó a la mayoría de la población árabe (con excepción de las comunidades drusas locales), en tanto no exista un acuerdo de paz que obligue a una retirada, mientras que Siria lo reclama como propio pero no toma acción militar para recuperarlo. Estados Unidos apoyaba históricamente esta situación, que entró en crisis con el inicio del conflicto armado en Siria que aumentó la hostilidad estadounidense hacia el gobierno de Bashar al-Assad. Aunque las señales estaban dadas, no deja de sorprender un cambio en una política de más de medio siglo de duración mediante Twitter, especialmente una que puede tener consecuencias regionales y que se desvía del principio internacional según el cual no es legítimo anexar territorios de otros estados mediante acciones armadas. En el caso del Golán, Israel no puede justificar el principio de terra nullius esgrimido por la derecha israelí para defender la anexión de Cisjordania, ya que es indisputable que la región es considerada siria desde las épocas del Mandato Francés de Siria. Desde la perspectiva israelí, esto parece dar sepultura final a la idea israelí de décadas de duración de utilizar al Golán como una carta en la negociación en pos de un futuro acuerdo de paz con su vecino al norte.

Impacto regional

En el plano de la reacción internacional, cabe destacar que uno de los temas centrales en la Cumbre N° 30 de la Liga Árabe, que se reunió en Túnez el último fin de semana de marzo, fue el rechazo del reconocimiento de Estados Unidos de la soberanía israelí sobre los Altos del Golán. Asimismo, la Cumbre se pronunció a favor del establecimiento de un Estado palestino en Cisjordania, la Franja de Gaza y Jerusalén Este como su capital. Estos posicionamientos fueron compartidos de manera unánime por los representantes de los Estados árabes, menos Siria.

Es notable que si bien en los últimos años Israel ha logrado forjar acercamientos inéditos con Estados árabes, gracias al liderazgo de Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, éstos no han sido suficientes, o no son condición necesaria para desestimar cuestiones soberanas de semejante centralidad. Aliados en contra de la expansión de la presencia iraní en la región, el Estado de Israel y el Reino de Arabia Saudita coincidieron en limitar las actividades de este enemigo común, respectivamente en Siria y en Yemen. Además, Arabia Saudita constituye un aliado clave del gobierno de los Estados Unidos en la región, rasgo comùn con Israel. Sin embargo, ninguna de estas cuestiones detuvo al rey Salman bin Abdulaziz, que fue contundente en su rechazo al gesto de Trump, al reconocimiento de la soberanía israelí sobre el Golán, y que pidió por un Estado palestino.

Por otro lado, aunque los miembros de la Cumbre compartieron este terreno común, la posición entraña, posiblemente, un valor más simbólico que efectivo. Por otro lado, también es factible dar cuenta de este tipo de alineamiento en circunstancias tales como la Cumbre anual de la Liga Árabe: no es el mismo tipo de contexto en el que se discute la potencial oficialización de relaciones diplomáticas bilaterales entre el Estado de Israel y Estados árabes, ni tampoco sobre agenda de seguridad o acuerdos económicos. En pocas palabras, el contexto de la Cumbre supone el establecimiento formal de consensos que, en su dimensión “desagregada”, cada Estado puede efectivamente refrendar a su manera. De todas formas, no deja de ser relevante que la posición haya sido una y clara sobre cuestiones tan sensibles como la soberanía de otros Estados árabes: el sirio y el palestino.

Trump y Netanyahu, buenos amigos

No es una sorpresa que el reconocimiento de la soberanía israelí sobre el Golán ocurra en este momento. Después que el gobierno de los Estados Unidos hiciera lo propio con Jerusalén, como pretendida capital israelí, esto no sólo era esperable sino que es la posible antesala de un proyecto de paz entre israelíes y palestinos. Efectivamente, desde comienzos de 2019, el yerno presidencial, Jared Kushner (asesor de Trump en asuntos de Medio Oriente, entre otros cargos) viene anticipando conversaciones con Netanyahu y Mahmoud Abbas, presidente de la Autoridad Nacional Palestina, acerca de un plan de paz definitivo. Por lo que se sabe a partir de los medios de comunicación, tanto Abbas como representantes del mundo árabe manifiestan que ese plan prospectivo sería favorable a los intereses israelíes en desmedro de los palestinos. Ahora bien, esto no puede anunciarse en el contexto de elecciones y ante la enorme inestabilidad política que sacude a Israel desde diciembre de 2018. Precisamente el 9 de abril se resolverá, o al menos se terminará el suspenso de quién continuará al mando del gobierno israelí, cuando se conozcan los resultados de las elecciones y se forme una nueva coalición de gobierno.

Netanyahu, aliado político de Trump, requiere de grandes gestos de solidaridad en este momento. Hasta ahora, ha logrado evitar comparecer ante las múltiples causas de corrupción que se le imputan (recordemos que Ehud Olmert fue sentenciado por “mucho menos” que los cargos que se le acusan al actual primer ministro). No obstante, su imagen se ha deteriorado significativamente y las encuestas han oscilado en todo sentido. Para sostenerse y apostar a continuar como primer ministro, Netanyahu ha recurrido a alianzas insólitas con sectores de la más recalcitrante derecha israelí: los kahanistas, un movimiento manifiestamente racista. El reconocimiento de la soberanía israelí sobre el Golán podría ser leído como una “victoria” de la gestión de este polémico primer ministro, aliado del gobierno de Estados Unidos, que parecería estar congraciándose con él: apostando una carta que pueda capitalizar a su favor en medio de los escándalos. Para el electorado israelí, esto puede significar que Netanyahu es capaz de conseguir reconocimientos que jefes de gobierno anteriores jamás lograron (aunque, de hecho, jamás lo buscaron) y obtener más garantías que nadie a la seguridad de Israel y sus comunidades fronterizas.

Tal como Netanyahu hizo campaña por Trump en las elecciones de 2016, ahora Trump parece estar haciendo campaña para Netanyahu. De continuar ambos en el poder, es válido preguntarse si Trump y Netanyahu están dispuestos a dar un paso más en sus guiños hacia sus derechas locales y enfrentar las críticas internacionales avanzando hacia la anexión oficial israelí de la zona C u otras partes de Cisjordania. La probabilidad de este escenario dependerá sin dudas de los resultados de las elecciones israelíes, las concesiones que deba hacer para armar una coalición gubernamental y la voluntad de la comunidad internacional de oponerse a este tipo de medidas unilaterales.

Ignacio Rullansky
Coordinador
Kevin Ary Levin
Secretario
Departamento de Medio Oriente
IRI – UNLP

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