Durante casi ocho años, romper la hegemonía del Likud en las elecciones generales del Estado de Israel fue el objetivo de los sectores sociales y políticos opositores al oficialismo. Hacia 2019, se creía que un bloque integrado por los partidos de centro y centroizquierda, junto con los partidos árabes, tenía una oportunidad estrecha pero real. Sin embargo, la pandemia de COVID-19 y la consiguiente turbulencia económica y parlamentaria alejaron esa posibilidad, y en las elecciones de 2022 Benjamín Netanyahu volvió a ser investido Primer Ministro, pese a las causas judiciales por corrupción que enfrenta y que aún aguardan veredicto.
En aquel momento, el bloqueo parlamentario no pareció debilitar a la coalición gobernante, que incluso incorporó partidos más extremistas que los que tradicionalmente integraban su núcleo. Esos extremismos pusieron rápidamente la mira en Cisjordania y en Gaza, y abrieron una brecha casi insalvable entre quienes abogan por la unificación de los distintos segmentos sociales que componen el pueblo israelí y quienes procuraban imponerse de facto sobre esos sectores. Durante ese período, el gobierno de Netanyahu traspasó los límites de la democracia al intentar restarles a los demás poderes del Estado su capacidad de control sobre el Ejecutivo. Esa ofensiva solo quedó en suspenso con el estallido de la guerra en la Franja de Gaza, tras el atentado terrorista perpetrado por Hamás el 7 de octubre de 2023.
Desde entonces, la guerra no ha hecho más que profundizarse: suma más de 74.000 muertos palestinos en Gaza y cerca de 2.000 israelíes fallecidos como consecuencia directa del conflicto. En tres años y medio, la violencia militar desmedida se extendió en espiral, primero sobre Gaza, luego sobre el Líbano y, finalmente, contra Irán. Por eso es crucial comprender que este escenario de conflicto externo no es ajeno al prolongado conflicto interno que Israel enfrenta y que se expresó en las elecciones generales del 27 de octubre de 2026.
En un primer análisis, el bloque oficialista obtuvo otra victoria que consolida su posición hegemónica en el Parlamento, aunque no de manera decisiva. Entre los opositores, Gadi Eizenkot[1], del partido Yashar, se enfrentó en primera línea al tradicional Likud, liderado por Benjamín Netanyahu. Durante las primeras horas de la jornada electoral circularon cifras que ubicaban a Eizenkot a la cabeza y a Netanyahu bastante rezagado. Sin embargo, hacia el final del día, con el 70% de las mesas escrutadas, el Comité Electoral israelí informó la victoria del Likud, con el 20,74% de los votos positivos y alrededor de 26 escaños. En segundo lugar quedó el partido de Eizenkot, con el 16,19% de los votos positivos y aproximadamente 21 escaños. No obstante, ninguno de los dos logró acercarse a los 61 escaños necesarios para formar una mayoría parlamentaria en una Knéset de 120 bancas.
Detrás de ellos se ubican partidos más pequeños que podrían desempeñar un papel decisivo si son convocados a integrar un bloque de gobierno: Lista Conjunta (9,19% y 12 escaños), Beyajad (8,99% y 12 escaños), Hademocratim (6,51% y 8 escaños), Israel Beitenu (5,96% y 7 escaños), Ra’am (5,84% y 7 escaños), Judaísmo Unido de la Torá (5,7% y 7 escaños), Otzmá Iehudit (5,55% y 7 escaños), Shas (5,31% y 7 escaños) y Sionismo Religioso-Zehut (4,77% y 6 escaños). De esta lista, breve pero significativa, quienes podrían ofrecerle a Netanyahu una coalición más sólida son Judaísmo Unido de la Torá, Shas, Otzmá Iehudit (el partido del actual ministro de Seguridad, Itamar Ben Gvir) y Sionismo Religioso-Zehut (la alianza que encabeza el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, junto con Moshé Feiglin). Sin embargo, aun con ese núcleo indispensable, el bloque del Likud no alcanza la mayoría y se queda en 53 escaños. Este dato obliga a dirigir la mirada hacia las fuerzas opositoras que, en una eventual coalición, reunirían 67 escaños: el apoyo necesario para formar gobierno.
Sin embargo, el camino hacia esa mayoría se estrecha al considerar el peso de los partidos árabes, Ra’am y Lista Conjunta (esta última, tercera fuerza más votada). Históricamente, estos partidos han sido cooptados por fuerzas más grandes para completar coaliciones, incluso en gobiernos del Likud. Ahora, en cambio, parecería abrírseles una ventana significativa no solo para integrar el gobierno, sino también para canalizar las demandas de la población palestina de Israel, gravemente desatendidas por los gobiernos anteriores. Para estos sectores, el problema central es la violencia, en especial la que proviene de los asentamientos ilegales en Cisjordania. Durante los gobiernos del Likud, los asentamientos crecieron exponencialmente, y con ellos los pogromos contra la población palestina local. Esto trajo aparejado un aumento de la militarización y de los controles sobre la población palestina, lo que acrecentó su malestar y su angustia.
En este punto, debe tenerse en cuenta que la participación de los partidos sionistas religiosos ha sido decisiva en el endurecimiento de los controles militares y en la segregación social de los palestinos. En este contexto, los palestinos israelíes siguen constituyendo una capa sumamente vulnerable de la sociedad israelí: un segmento que, pese a contar con ciudadanía y derecho al voto, no ha quedado a salvo del sistema de desposesión ni de sus reiterados intentos por erradicar la identidad política nacional palestina. En ese sentido, mediante la confiscación de tierras y la expansión de los asentamientos, el Estado israelí contribuye a desarraigar a los palestinos de su identidad y de sus raíces históricas, bajo un manto de aparente institucionalidad. En paralelo, los colonos israelíes en Cisjordania profundizan el despojo territorial de los palestinos y alimentan un proceso colonial que avanza sin interrupción.
Puertas adentro, el debate público israelí giró en torno a la democracia y al espíritu democrático del Estado, desafiado por Netanyahu y su coalición de gobierno. Así, las elecciones transcurrieron en medio de movilizaciones masivas en los grandes centros urbanos, en particular en Tel Aviv, donde los líderes de los partidos centristas encontraron mayor eco, en sintonía con el estilo de vida y los valores sociales de sus habitantes. Detrás del reclamo democrático, la gran demanda es el fin de la guerra y el retiro de las tropas israelíes. Este debate ocupa un lugar preponderante, ya que la sociedad israelí lleva tres años y medio inmersa en una guerra con derivaciones regionales. Sin embargo, esas demandas chocan con un cuello de botella: un régimen que promueve la guerra abierta contra sus enemigos. Este abismo vuelve difícil de abordar una situación que exige, cada día, una solución pragmática. Quizás así pueda comprenderse el viraje de la sociedad israelí: desesperada por terminar la guerra y restablecer el orden democrático, pero sin apartarse de su postura respecto de los asentamientos en Cisjordania. Esto último podría ser el talón de Aquiles de los partidos de centro, que no estarían dispuestos a negociar una coalición con partidos árabes que exigen el cese de las políticas coloniales.
Por otra parte, conviene considerar un escenario adicional: si no se conforma una coalición efectiva, el sistema se vería obligado a convocar nuevas elecciones, un camino que el presidente Isaac Herzog calificó de inviable. Para concretar una coalición, los partidos deberán negociar algunas de sus posturas, lo que inevitablemente implicará incumplir promesas de campaña. En un primer escenario, Netanyahu podría romper con los partidos extremistas y abrirle paso al centro. Pero, en ese caso, los partidos de centro tendrían que faltar a su compromiso con el electorado de no ingresar en una coalición con Netanyahu, lo que probablemente derivaría en un estancamiento. En un segundo escenario, en cambio, los sectores de centro podrían unificarse bajo el liderazgo de Gadi Eizenkot. Allí, los partidos árabes presionarían a Eizenkot para que adopte otras decisiones en materia de seguridad, especialmente en lo que respecta a la cuestión palestina, lo que podría generarle complicaciones durante todo su mandato.
A simple vista, un gobierno de centro contaría con los escaños suficientes para conformarse. Sin embargo, enseguida surgen otros interrogantes: ¿se tomarán decisiones clave respecto de Gaza? ¿Regresarán las tropas israelíes? ¿Se concretará un alto el fuego? ¿Mejorarán, aunque sea levemente, las condiciones de vida de los palestinos israelíes?
En definitiva, el escenario local se vuelve regional: los esfuerzos bélicos y sus consecuencias han arrastrado a la sociedad israelí en su conjunto hacia un abismo del que solo podrá salir a través de los órganos democráticos e institucionales del Estado y de las organizaciones internacionales.
Ignacio Rivas
Integrante
Departamento de Medio Oriente
IRI-UNLP
Fuentes
Kadan, M. (27 de octubre de 2026) “Palestinian Citizens of Israel can vote, but cannot expect change”. Aljazeera. https://www.aljazeera.com/opinions/2026/10/27/palestinian-citizens-of-israel-can-vote-but-cannot-expect-change
Comité Electoral Nacional (27 de octubre de 2026) “Resultados de las 26vas elecciones”. https://www.gov.il/en/departments/central-elections-committee
Azulay, M., Yonatan, O. (27 de octubre de 2026) “Cinco Maneras de salir del estancamiento político en Israel, y una que cumple todas las promesas”. Ynet.https://www-ynetnews-com.translate.goog/article/syjccc1pzg?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=tc
Aljazeera (28 de octubre de 2026) “Gaza War Death Toll Tracker”. Aljazeera. https://www.aljazeera.com/news/2025/3/18/gaza-tracker
[1] Exmilitar y político de centro, de perfil marcadamente pragmático. Fue ramatkal (jefe del Estado Mayor General) entre 2015 y 2019. En ese período reprimió las protestas de 2018 en la Franja de Gaza y promovió el desarrollo de capacidades cibernéticas como herramienta de disuasión. Entre sus promesas de campaña de 2026 se destacan un alto el fuego de largo plazo y la desmilitarización de la Franja de Gaza, el fortalecimiento de la separación de poderes y la incorporación activa de los sectores religiosos al ejército israelí.