22 de julio: Día Internacional del Trabajo Doméstico

22 de julio: Día Internacional del Trabajo Doméstico

En 1983, durante el Segundo Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, se estableció el 22 de julio como el “Día Internacional del Trabajo Doméstico”, con el fin de develar dos caras de una misma moneda. Por un lado, poner en valor el trabajo reproductivo (tareas domésticas y de cuidados) llevado a cabo, en la mayoría de los casos, por mujeres en sus hogares. Y por el otro, visibilizar el grado de informalidad y precariedad que se presenta cuando dichas tareas (ya sea cuidar, limpiar, cocinar, lavar, etc.) son tercerizadas. Tal como lo demuestran los datos de la OIT (2016), sólo en América Latina, 1 de cada 7 mujeres ocupadas, trabaja en dicho sector, en donde las tasas de informalidad rondan el 80%, con salarios bajísimos, jornadas extensas y sin acceso a la seguridad social.

Así, desde una de las caras de la moneda, la conmemoración de la fecha busca resaltar el carácter imprescindible del trabajo reproductivo para la supervivencia del género humano. Sin embargo, también pretende problematizar la “feminización” del mismo, el cual históricamente les fue impuesto a las mujeres de forma obligatoria y gratuita. Ya en la década del ´70, la filósofa y activista marxista-feminista Silvia Federici, advertía: “eso que llaman amor, es trabajo no pago”.

A pesar de los cambios producidos en la estructura y dinámica familiar desde mediados del siglo XX, a raíz de la incorporación de un importante número de mujeres al mercado laboral, las mismas siguen dedicando entre 1 y 3 horas diarias más que los hombres a las labores domésticas y entre 2 y 10 veces más de tiempo diario a la prestación de cuidados de los hijos e hijas, personas mayores y/o enfermas (ONU Mujeres, 2015). Esta diferencia crece, cuando dichas tareas son llevadas a cabo por mujeres con discapacidad, ya que implican una mayor cantidad de tiempo y desgaste físico que la media, aunque no suelen ser consideradas en las estadísticas oficiales.

Si bien las tareas reproductivas conllevan conocimientos, recursos y tiempo -además de un importante involucramiento físico y psíquico-, no son consideradas un trabajo per se, por ende, reciben escasa o nula valoración, tanto económica como social. Esta situación, moldea incluso las subjetividades de algunas mujeres, lo cual se refleja en frases como: “No trabajo, soy ama de casa”, o en libros que titulan, por ejemplo: “Lo que hacen las madres, especialmente cuando parece que no hacen nada” (que aunque parezca fuera de época, fue publicado a principios de este siglo).

La otra cara de la moneda, por su parte, nos indica que la situación de sexualización e infravaloración se reproduce cuando las tareas domésticas y de cuidado son tercerizadas. Y aquí radican varios problemas. Muchas mujeres que ingresan al mercado laboral, delegan las tareas domésticas y de cuidados, ¡nuevamente en mujeres! Sean éstas abuelas, tías, hermanas, amigas, etc.  Sin embargo, cuando no existe esa red o no está disponible, y no se cuenta con servicios oficiales de cuidado y/o de una cobertura médica que pudiera tener la persona cuidado-dependiente, algunas mujeres deben renunciar a sus trabajos o conformarse con medias jornadas mal remuneradas o trabajos precarizados.

Otras, con mayor poder adquisitivo, acuden a la prestación de servicios domésticos y/o de cuidados, brindados, en la mayoría de los casos, por mujeres en condición de vulnerabilidad socioeconómica (muchas de ellas, migrantes). En este sentido, las relaciones desiguales y de explotación se reproducen entre las mismas mujeres, en donde las blancas de centros urbanos terminan teniendo mejores oportunidades y empleos que las mujeres pobres, campesinas, indígenas, migrantes o mujeres negras (D´Alessandro, 2017).  Así, se termina generando una estratificación del trabajo doméstico y de cuidados que no hace más que limitar la inserción laboral de las mujeres y promover el ensanchamiento de la brecha de género.

En términos generales, los dos aspectos desarrollados hasta aquí, encuentran su fundamento en el propio sistema capitalista y patriarcal, el cual históricamente ha naturalizado y sexualizado las tareas reproductivas y las ha ocultado como factor de riqueza social, instalando socialmente una lógica binaria de clasificación del trabajo, la cual asigna mayor valor a las tareas productivas en detrimento de las reproductivas.

Desde el CEGRI, alentamos: por un lado, a problematizar esa lógica de lo productivo y lo reproductivo; y a partir de ello, politizar las tareas de sostén, de cuidados, de maternaje. Ubicar a las mismas en un lugar de disputa, con potencial contestatario; y no asumirlas como mero engranaje del orden patriarcal.

Y, por otro lado, a exigir al Estado el establecimiento de políticas públicas que fomenten y contribuyan a la equidad de género, entendiendo que las tareas reproductivas no son necesariamente del ámbito privado, sino también del ámbito público. Por ende, cuando se tercerizan, no pueden depender de la condición económica de las personas ni quedar a merced del mercado.

Referencias

-ONU MUJERES (febrero de 2015). Hechos y cifras: Empoderamiento económico.https://www.unwomen.org/es/what-we-do/economic-empowerment/facts-and-figureshttps://www.unwomen.org/es/what-we-do/economic-empowerment/facts-and-figures 

-OIT (11 de Julio de 2016). Trabajo doméstico: Casi 80 por ciento de las 18 millones de personas en trabajo doméstico están en la informalidad en América Latina. https://www.ilo.org/americas/sala-de-prensa/WCMS_498389/lang–es/index.htm

-D´Alessandro, Mercedes; Angilletta, Florencia; Mariasch, Marina (2017) ¿El futuro es feminista? (1°ed). Buenos Aires: Capital Intelectual.

 

Mariana Jacques
Jorgelina Ferraris
Integrantes
Centro de Estudios en Género(s) y Relaciones Internacionales (CeGRI)
IRI – UNLP

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