Reflexiones ante el Día Internacional de la Mujer Afrodescendiente

Reflexiones ante el Día Internacional de la Mujer Afrodescendiente

Resulta difícil poder desplegar en unos pocos párrafos todas las reflexiones que el Día Internacional de la Mujer Afrodescendiente, también llamado Día Internacional de la Mujer Afrolatina, Afrocaribeña y de la Diáspora, puede merecernos o despertarnos, como primera ficha de un efecto dominó de reflexiones.

Más difícil resulta hacerlo siendo que el lugar de enunciación de quien escribe no es el de una mujer afrodescendiente, por lo cual siempre quedará un enorme espectro de experiencias, subjetividades, y emociones que no podré expresar habitando un cuerpo blanco.

Primero me tomaré el tiempo de ocupar unos párrafos con las formalidades de explicar que el 25 de julio fue la fecha elegida para representar este día, luego de que en 1992 centenares de mujeres negras de América Latina y el Caribe se reunieron en República Dominicana con el objetivo de llevar la lucha interseccional propuesta por los feminismos negros al terreno internacional y gestando lo que sería la Red de Mujeres Afrolatinoamericanas, Afrocaribeñas y de la Diáspora.

La organización colectiva, como sabemos, ha sido potencia para el cambio social estructural que proponen las militancias feministas, decoloniales, antirracistas, anticapacitistas, LGBTTIQ+, etc. Y hace 18 años estas mujeres se organizaron para tejer redes de lucha contra el racismo anquilosado en nuestras estructuras y generar (contra)propuestas políticas de nuevas formas de vida que pongan en jaque los mecanismos de sujeción violentos, incisivos y sub-dérmicos de la lógica capitalista y los modos de subjetivación neoliberales.

No se trata, únicamente, de la lucha por el reconocimiento de derechos, sino de escarbar en lo que subyace tras la sedimentación de una lógica discursiva hegemónica clasificadora y marginalizante, que ha sido la rueda que ha hecho girar nuestra historia. El reconocimiento de derechos es la punta del iceberg, más que necesario, claro está, para lograr transitar por los caminos de formas novedosas de concebir nuestras relaciones interpersonales, intergrupales y, claramente, internacionales.[1]

El racismo persiste de manera explícita en el día a día, no como un mero latido debajo de la superficie. La raza, la clase y las diferencias sexo-genéricas se intersectan para cristalizar en estereotipos de hipersexualización de los cuerpos de mujeres negras e identidades marrones; para subalternizar masculinidades no hegemónicas, y para convertir a las personas racializadas en “chivos expiatorios” de proyección de la crisis social como vemos en cada nuevo ataque en todo el mundo a inmigrantes provenientes de países históricamente arrastrados a los márgenes por el poder político mundial.

Las cargas peyorativas de los estereotipos que la matriz sexogenérica hetero-cis-sexista blanca propone, son mecanismos de poder productores de centros hegemónicos y periferias al límite de la inteligibilidad.

¿En qué se traduce esto? Sólo en América Latina y El Caribe, según datos de la UNESCO y la CIDH, hay alrededor de 200 millones de personas afrodescendientes: un 30% de la población. Sin embargo, la historia hegemónica oficial, continúa sosteniendo que en muchos casos se trata de países blancos o, como mucho, mestizos. La presencia negra ha sido borrada del discurso, su derecho a la enunciación les fue arrancado para “blanquear” nuestras sociedades y las condiciones de posibilidad de existencia legítimas propuestas como forma de vida por la matriz hegemónica.

La Asamblea General de Naciones Unidas proclamó 2015-2024 como el Decenio Internacional de las Personas Afrodescendientes en su resolución 68/237, bajo el lema «Reconocimiento, Justicia y Desarrollo». Este Decenio tiene como objetivo principal estimular a los Estados a erradicar las injusticias sociales heredadas de la historia y luchar contra el racismo, los prejuicios y la discriminación racial que todavía sufren las personas afrodescendientes.

Claro está que aparecer y ser nombrades es una política fundamental en la lógica por el reconocimiento. Sin embargo, resulta lícito preguntarnos ¿qué sucede cuando la política de los nombres es propuesta por un centro institucionallizante y burocratizador como Naciones Unidas? ¿Qué sucede con las políticas asimilacionistas de retóricas testimoniales cuando lo que subyace sigue vivo?

Cuando los asesinatos por pertenencia étnica y racial, agravada aún más por el hecho de ser mujeres o parte del colectivo LGBTTIQ+, siguen sumando víctimas despojadas de su humanidad por el odio y por la indiferencia de una sociedad costumbrista que mira hacia el costado a menos que la ultra masificación sea tanta que ya no les permita seguir ignorándolo. O cuando las posibilidades de ser arrastrades a la pobreza aumentan el doble sólo por la racialización de la piel, a lo que las mujeres deben sumar la carga de las tareas de cuidado como práctica feminizada todavía ampliamente extendida.

Hoy (y siempre) encarnar una identidad negra es, para parafrasear a Butler (2010), cargar con un cuerpo al que esta sociedad empujó al punto de la casi ininteligibilidad, cuyas vidas parecieran no ser (tan) legítimas de ser lloradas, tanto como cuando muere una persona blanca y burguesa.

Para cerrar, quisiera decir que, si bien creo que no existe un monopolio de la palabra, sí sostengo que poder hablar es un derecho poderoso que debemos ejercer con responsabilidad, más aún cuando nuestros cuerpos y subjetividades no han debido cargar con las sujeciones categorizantes de la racialización, el capacitismo, la diversidad corporal, de género, sexual, etc. Es necesario hacerlo, entonces, no sólo con el respeto que esto merece para no caer nuevamente en la apropiación de la palabra; sino, por sobre todo, admitiendo el lugar que ocupamos como blancxs (en este caso), animándonos a la reflexión y a la escucha atenta, empática y afectiva.

Referencias:

[1] Foucault diría en 1976 que “el poder está en todas partes…viene de todas partes. Y “el” poder, en lo que tiene de permanente, de repetitivo, de inerte, de autorreproductor, no es más que el efecto de conjunto que se desdibuja a partir de todas esas movilidades, el encadenamiento que se apoya en cada una de ellas y trata, a su vez, de fijarlas…El poder no es una institución, y no es una estructura…Es el nombre que se presta a una situación estratégica compleja en una sociedad dada” (Foucault, 2014:89). Un párrafo que nos merecería carillas infinitas de reflexiones. No obstante, lo traigo para, tras la concepción propuesta por el filósofo del poder como flujo, como movimiento y no anclado en una institución específica, podemos entonces entender esa concatenación propuesta del pasaje de relaciones interpersonales, intergrupales e internacionales.

Bibliografía

Butler, J. (2010). Marcos de guerra. Las vidas lloradas. Editorial Paidós Mexicana S.A, México.

Comisión Interamericana de Derechos Humanos (2011). “La situación de las personas afrodescendientes en las Américas”. Documento online: https://www.acnur.org/fileadmin/Documentos/BDL/2012/8311.pdf?file=t3/fileadmin/Documentos/BDL/2012/8311

Foucault, M. (2014). Historia de la sexualidad. Tomo I: La voluntad del saber. Siglo Veintiuno editores, Buenos Aires, Argentina.

Unesco (2019). “Acción global para el cumplimiento de los derechos de las personas afrodescendientes”. Documento online: http://www.unesco.org/new/es/media-services/single view/news/global_action_for_the_fulfillment_of_the_rights_of_people_of/

 

Florencia Di Giorgio
Integrante
Centro de Estudios en Género(s) y Relaciones Internacionales (CeGRI)
IRI – UNLP

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