El COVID-19, la multipolaridad global y la nueva Guerra Fría

El COVID-19, la multipolaridad global y la nueva Guerra Fría

“Tal vez quiso decir que no hay hecho, por humilde que sea, que no implique la historia universal  y su infinita concatenación de efectos y causas”.

Jorge Luis Borges. “El Zahir”.

 

El debate sobre la construcción de un escenario internacional multipolar no es nuevo. Ya en 2008, en el libro The Post-American World, Fareed Zakaria planteaba que asistíamos a un mundo post-americano, definido por el posicionamiento global de países tradicionalmente apreciados como periféricos, en lo que denominó “el auge del resto”, teniendo a China e India como puntas de lanza. Un argumento similar seguía Charles Kupchan en No One’s World, del año 2012.

Por su parte, Joseph Nye planteaba en 2011, en The Future of Power, la conocida analogía según la cual el poder en el mundo estaba distribuido a la manera de un ajedrez tridimensional. En la cima del tablero, el poder militar era claramente unipolar, con Estados Unidos como actor supremo. Pero en la medianía del tablero, donde se juega el poder económico, el mundo pasaba claramente a ser multipolar desde fines del siglo pasado, con variados actores relevantes, como el mismo Estados Unidos, así como Europa, Japón y China. Por último, en la dimensión inferior, donde se despliegan las relaciones transnacionales de actores que trascienden el control estatal, el poder era ampliamente difuso, perdiendo todo sentido utilizar en esta esfera conceptos como unipolaridad, multipolaridad o hegemonía.

Así las cosas, bajo la perspectiva de Nye, si bien en el ámbito militar aún se estaba en presencia de un mundo unipolar, con Estados Unidos a la cabeza, no existiendo un Estado o grupo de Estados capaces de contrabalancear a la potencia norteamericana, lo cierto es que el mundo ya poseía altos grados de multipolaridad en todos los demás ámbitos de las relaciones internacionales, como era el caso de la economía, la tecnología y la cultura.

No obstante, este paulatino reacomodo del poder mundial, con la creciente consolidación de un escenario global multipolar, está siendo radicalmente dinamizado por la expansión de la pandemia del COVID-19, lanzando a China desde una posición de potencia regional a una condición de rango definitivamente global y trasladando la competencia entre los actores tradicionales y emergentes, incluso, en la búsqueda de una vacuna para el virus. En los hechos, de ser considerado el país responsable y donde se originó el COVID-19, al poco tiempo China pasó a considerarse como un ejemplo en su enfrentamiento, imagen que se vio impulsada por la activa cooperación que comenzó a implementar con la distribución de insumos médicos, apuntalando su imagen exterior y soft power, por utilizar el conocido concepto acuñado por Joseph Nye.

Por su parte, las políticas seguidas en la materia por la administración de Donald Trump siguieron un camino notoriamente inverso expresado, entre otros, en el negacionismo y luego en un excesivo foco en la responsabilidad de China respecto de la pandemia, seguido del corte del financiamiento de su país a la Organización Mundial de la Salud (OMS). Todo ello ha tenido, sin dudas, un efecto directo en la imagen internacional de la otrora superpotencia, en un contexto, además, marcado por el proceso electoral estadounidense. Es decir, al poco tiempo, el gigante asiático ha ganado el relato global, en desmedro del posicionamiento internacional de Estados Unidos. Ello, a pesar del poco apego chino por la cultura de derechos humanos propugnada desde occidente, particularmente en lo relacionado con los derechos civiles y políticos, pilar fundamental del régimen político democrático.

Esta pugna entre la potencia norteamericana y China ha sido catalogada por diversos analistas como una nueva Guerra Fría. Pero se trata de un conflicto distinto al enfrentamiento bipolar del siglo XX, por cuanto ha dejado a la Federación de Rusia en lugar secundario, pese a los ingentes esfuerzos de Vladimir Putin por reposicionar un país marcado hace años por el estancamiento económico y demográfico. Además, esta nueva competencia global involucra a dos potencias con una marcada interdependencia en materia comercial y financiera, mucho más de lo que en su momento estuvieron Estados Unidos y la Unión Soviética.

Junto con lo anterior, cabe destacar que ello se contextualiza en una política internacional que últimamente se ha visto afectada desde diversos frentes por una férrea crítica al orden liberal internacional, construido tras la Segunda Guerra Mundial, y por el renovado auge de los nacionalismos y los populismos de derecha e izquierda, dando una cuota de incertidumbre respecto del porvenir de la democracia en el mundo.

La competencia global entre Estados Unidos y China igualmente se ha expresado en el ámbito de los organismos multilaterales. Mientras el primer país se explaya en una crítica acérrima al multilateralismo, el segundo encuentra en ellos un lugar propicio para ejercer influencia. En tal sentido, cabe anotar que cinco de las quince agencias especializadas del sistema de Naciones Unidas están lideradas por el país asiático –como es el caso de la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), entre otras- lo que da cuenta de una postura más resuelta de China en su camino por consolidarse como potencia global –lanzándose incluso a la conquista de Marte- aunque ello no ha estado exento de roces y resistencias.

Todo reajuste de poder genera tensiones, pero cabe esperar que el cambio al que actualmente asistimos no se encamine por la senda del belicismo. Los últimos acontecimientos globales favorecen, no obstante, una razonable dosis de escepticismo, tal cual lo expresan los recientes enfrentamientos entre China e India, que derivan de la guerra de 1962, en torno al eventual traspaso de la Línea de Control Real, en un escenario complejizado por el acercamiento de China hacia Pakistán y el fortalecimiento de los vínculos entre Estados Unidos e India, en el marco de su estrategia hacia el Indopacífico. Por ejemplo, a fines de febrero de este año Donald Trump visitó India, luego que el Primer Ministro Narendra Modi visitara Estados Unidos en septiembre de 2019.

También pueden mencionarse las complejizadas relaciones entre China y Australia, un socio prominente de Estados Unidos en materia de seguridad y defensa. Últimamente, Australia ha acusado al gigante asiático de haber perpetrado ataques cibernéticos, que no serían los primeros, sobre diversos organismos de gobierno. Seguidamente habría que nombrar el incidente ocurrido recientemente entre ambos países, cuando embarcaciones australianas, al momento que navegaban cerca de las Islas Spratleys –dirigiéndose a Hawái para participar en el Ejercicio RIMPAC 2020, organizado por Estados Unidos- fueron escoltados por unidades de la marina china.

Otros escenarios y actores del mundo han seguido tendencias conflictivas semejantes, como es el caso de Israel que, apoyado por Estados Unidos, ha anunciado la anexión de territorios de la Cisjordania, poniendo en riesgo décadas de esfuerzos internacionales por establecer la paz en el área. Es también el caso de los recientes enfrentamientos entre Armenia y Azerbaiyán, dos antiguos países de la Ex Unión Soviética que se han visto enfrentados desde el fin de la Guerra Fría por la región de Nagorno Karabaj. Se trata de un conflicto focalizado, pero que arrastra a actores de mayor relevancia, como es el caso de la Federación de Rusia y Turquía.

Como es posible apreciar, el reacomodo y transición de poder que vive el mundo parece seguir el camino de la inestabilidad e incertidumbre, con una periferia asertiva y confrontacional, en su perspectiva revisionista respecto de la repartija del poder en el mundo. Mirado desde América Latina, esta nueva Guerra Fría y la consecuente definición de esferas de influencias resulta un tema altamente complejo, considerando las relevantes relaciones que los países de la región mantienen con Estados Unidos y China. Es decir, su papel en el juego de ajedrez que se despliega en el mundo no es un asunto de fácil resolución.

En la misma línea, cabe hacer una breve digresión en torno a la postura que ha seguido el Brasil de Bolsonaro, atendida la relevancia del gigante sudamericano como parte del denominado mundo emergente. A este respecto, se debe considerar la cercanía de dicho Presidente con Donald Trump, quien ha designado a Brasil como aliado Extra OTAN. Pero sobre todo, habría que hacer hincapié en las tendencias de la conducta de este país hacia su entorno estratégico, sobre todo a partir de la reciente publicación de su nueva política de defensa. Se trata de un documento con una serie de continuidades respecto de anteriores textos sobre la materia, pero que también contiene importantes innovaciones en clave geopolítica.

Especialmente relevante resulta un párrafo referido a la eventual generación de tensiones a nivel regional, “con posibles desdoblamientos para Brasil, de modo que el país podría verse motivado a contribuir para la solución de eventuales controversias o para defender sus intereses”. Lo anterior demuestra un cambio relevante en antiguas percepciones brasileñas respecto del entorno regional, con un mayor acento en variables geopolíticas relacionadas con eventuales conflictos vecinales, particularmente con Venezuela. Hasta ahora, Brasil había sido valorado desde la literatura especializada como una potencia estabilizadora, como Estado geopolíticamente satisfecho, de la mano de un elevado soft power. En la práctica, ello se había expresado en que el gigante sudamericano había cumplido un determinante rol en crisis vecinales, impulsado la iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana (IIRSA), asumido una posición de liderazgo en la Misión de Estabilización de Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH),  además del impulso de instancias de integración regional, como es el caso de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y, en su seno, del Consejo de Defensa Suramericano.

No obstante, las reformulaciones de la nueva política de defensa de ese país ponen un mayor acento en los temas de disuasión, antes que en lo relativo a la cooperación, cuestionando la tradicional percepción de América del Sur como una Zona de Paz y libre de enfrentamientos bélicos. Lo anterior, contextualizado por la construcción, desde hace varios años, de un submarino a propulsión nuclear con el apoyo de tecnología francesa. De este modo, Brasil parece haber dejado de lado toda pretensión de liderazgo regional.

Como es posible apreciar, la región de América del Sur, durante años considerada como una Zona de Paz, no escapa a las convulsiones globales, generadas a partir de la transición de poder que vive el mundo. Si la región pretende tener incidencia en este nuevo panorama debería asumir como propio el conocido aforismo “la unión hace la fuerza”, mediante el avance de la integración regional. Sólo de esa manera puede tener algún grado de incidencia en el escenario multipolar actual. Lamentablemente, la crisis por la que atraviesa la integración nuevamente arroja un manto de dudas al respecto. Paradójicamente, el COVID-19 puede constituirse como una oportunidad para avanzar por el camino de la cooperación e integración, en tanto se trata de una pandemia de la cual no escaparemos mediante soluciones autárquicas e individuales. En el mundo turbulento e incierto que hemos descrito, superar la crisis sanitaria y avanzar por el camino de la integración y el multilateralismo parece ser la única manera de que América del Sur cumpla un papel de relevancia en la multipolaridad global y no se constituya en receptor pasivo de las decisiones que adopten las potencias tradicionales y emergentes.


Jorge Riquelme Rivera
Analista político chileno.
Doctor en Relaciones Internacionales (IRI – UNLP)

Invitado por el Director del Instituto.

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