* La renovación de los altos mandos militares en China
Xi Jinping, la autorrevolución y las purgas partidarias
Fernando Suárez Rubio[1]
Introducción
En los últimos años —y con particular intensidad en el período 2024–2026— la política interna de la Partido Comunista Chino (PCCh) bajo el liderazgo de Xi Jinping ha estado marcada por una combinación de reformas institucionales profundas y purgas recurrentes, especialmente visibles en el Ejército Popular de Liberación (EPL). Lejos de constituir episodios aislados o meramente coyunturales, estos procesos deben interpretarse como parte de un proyecto más amplio de reconfiguración del poder político y militar en China, orientado a reforzar el control centralizado y la capacidad de gobernanza del régimen.
Un análisis integrado de las fuentes accesibles desde Occidente, permite ir más allá de la lectura episódica de las purgas y reconstruir una lógica estructural que articula tres niveles: (1) la dinámica de poder intraélite en el PCCh, (2) la reconfiguración organizacional del EPL, y (3) los efectos sistémicos de los mecanismos disciplinarios sobre el comportamiento burocrático y militar.
Del estado del arte, resulta una hipótesis viable: el proyecto político de Xi Jinping no solo busca centralizar el poder, sino reconfigurar las condiciones mismas de funcionamiento del aparato militar y del Estado-partido. Los análisis que enfatizan en la construcción normativa del control (vía el denominado Sistema de Representación del Presidente), encuentran nuevas evidencias empíricas sobre la magnitud, profundidad y ambivalencia de las purgas como instrumento de gobierno; sugieren que la “autorrevolución” bajo Xi Jinping no constituye una anomalía coyuntural, sino el instrumento central de un modelo de gobernanza política que combina control, reformismo permanente y disciplinamiento organizacional.
Dinámica de poder intraélite en el PCCh y la cúspide militar
El sistema político de la República Popular China (RPCh) se comprende mejor no como una estructura estatal convencional, sino como una arquitectura dual —o, más precisamente, fusionada— en la que las instituciones del Estado operan bajo el liderazgo supremo del Partido Comunista Chino (PCCh). Esta estructura se describe a menudo como un «Estado-partido» (党国体制)[2], lo que refleja la primacía del Partido como máxima autoridad política y el papel de las instituciones estatales como instrumentos para la implementación de políticas, la gobernanza y la coordinación jurídico-administrativa (Xie, 2023; Johnson, Kennedy & Qiu, 2017)
El Secretario General del PCCh —actualmente el cargo político más poderoso de China— preside esta estructura, desempeñando habitualmente funciones de liderazgo simultáneas en las instituciones del Partido, el Estado y las fuerzas armadas. Esta concentración de funciones ejemplifica el principio de «liderazgo unificado» (统一领导), mediante el cual el Partido garantiza la coherencia en los distintos ámbitos institucionales.
El poder ejecutivo está representado por el Consejo de Estado de la República Popular China, encabezado por el Primer Ministro. El Consejo de Estado supervisa la administración del país a través de un complejo sistema de ministerios y comisiones responsables de la gestión económica, la política social, las relaciones exteriores y la gobernanza regulatoria. Si bien se asemeja a un gabinete en los sistemas parlamentarios, su dirección política está estrictamente guiada por la dirección del Partido, particularmente a través de pequeños grupos y comisiones centrales que conectan las funciones del Partido y del Estado.
Una característica distintiva de la gobernanza contemporánea es la creciente importancia de los órganos híbridos Partido-Estado, como la Comisión Militar Central (CMC), que existe tanto en forma de partido como de Estado, pero que en la práctica está unificada bajo el control del Partido. La CMC comanda el EPL reforzando el principio de que «el Partido controla las armas». De manera similar, la Comisión Nacional de Supervisión (CMS) representa una innovación institucional que fusiona los mecanismos disciplinarios del Partido con la autoridad de supervisión estatal, extendiendo la supervisión anticorrupción a todos los funcionarios públicos, sean o no miembros del Partido[3].
Desde una perspectiva institucional, el análisis de Holly Snape (2026) pone el foco en el denominado Sistema de Responsabilidad del Presidente (SRP) de la Comisión Militar Central (CMC), concebido como el mecanismo fundamental para garantizar el liderazgo absoluto del Partido sobre las fuerzas armadas[4]. Este sistema no solo reafirma la primacía de Xi como autoridad última en la toma de decisiones militares, sino que también redefine las relaciones entre Partido, Estado y aparato militar. En este sentido, el sistema contribuye a eliminar ambigüedades históricas —como la coexistencia de liderazgos duales— y a consolidar una cadena de mando más directa y centralizada (Snape, 2026).
La institucionalización de este esquema ha implicado tanto reformas organizativas —como la reestructuración de la CMC— como la creación de mecanismos específicos de control, supervisión e información. Entre ellos se destacan los sistemas de “solicitud e informe de instrucciones”, las inspecciones disciplinarias y la expansión de dispositivos normativos que regulan el flujo de información y la ejecución de órdenes. En conjunto, estas herramientas buscan construir un circuito cerrado de toma de decisiones que reduzca la autonomía de actores intermedios y fortalezca la capacidad de intervención directa del liderazgo central (Snape, 2026).
Los “temblores” recientes en el aparato militar y político chino no son meramente episodios de inestabilidad, sino manifestaciones de un proceso más profundo de reconfiguración institucional. La centralización del poder en torno a Xi, la formalización de mecanismos de control como el SRP y la expansión de la disciplina partidaria configuran un modelo de gobernanza que combina elementos de racionalización burocrática con prácticas selectivas de coerción. Este modelo, aún en evolución, redefine tanto las reglas del juego político interno como las capacidades del Estado chino en el escenario global.
Complementariamente, el enfoque de Neil Thomas y Shengyu Wang (2026) amplía la interpretación al situar a las reformas y a “los caídos” dentro de la estrategia más amplia de “autorrevolución” del PCCh. Desde esta perspectiva, la campaña anticorrupción iniciada por Xi en 2012 ha evolucionado hacia un sistema integral de disciplina política que busca transformar estructuralmente al Partido.
Qiushi, la revista insignia del Comité Central del PCCh, publicó en febrero de 2026, una recopilación de directivas de Xi Jinping (19 citas a lo largo de 13 años) en las que se precisa el concepto: la exigencia de Xi de que el partido se autogobierne con rigor, rectifique sus propios problemas y preserve su pureza ideológica. Que la disciplina es pensada no solo como instrumento de control, sino también como teoría de gobierno: las normas internas definen las prioridades y la conducta aceptable, la formación ideológica genera funcionarios más comprometidos, las inspecciones mejoran el cumplimiento y las purgas de alto nivel disuaden las irregularidades.
Este proceso ha alcanzado niveles sin precedentes tanto en alcance como en intensidad. El número de investigaciones disciplinarias ha crecido exponencialmente, afectando no solo a altos dirigentes sino también a millones de funcionarios de menor rango. Al mismo tiempo, la creación de nuevas instituciones —como la Comisión Nacional de Supervisión— y la integración de los mecanismos de control han consolidado un aparato disciplinario altamente centralizado y profundamente imbricado en la estructura del Estado-partido (Thomas & Wang, 2026).

Fuente: CSIS Database of Chinese Military Purges. Incluye a los generales y tenientes generales en servicio activo que fueron purgados o potencialmente purgados entre enero de 2022 y febrero de 2026. Excluye a quienes se retiraron antes (11).
Reconfiguración organizacional del EPL
La tensión entre control político y capacidad organizacional no es nueva en la historia del PCCh. Como sugiere Michael Sheridan (2023), las purgas constituyen un elemento constitutivo de la tradición política del partido, con raíces que se remontan tanto a las prácticas de Mao Zedong como a influencias del estalinismo. En esta tradición, la purga no es un signo de debilidad, sino un mecanismo de regeneración y fortalecimiento. La lógica subyacente es dialéctica: el conflicto interno, la incertidumbre y la eliminación periódica de cuadros actúan como dispositivos para prevenir la “calcificación” del sistema y reafirmar la primacía del liderazgo central (Sheridan, 2023).
Esta tradición, en la actualidad se combina con una racionalidad más tecnocrática y organizacional. Las purgas no solo eliminan adversarios, sino que reconfiguran incentivos, redefinen normas y reordenan estructuras. Sin embargo, como muestran los análisis recientes, este proceso conlleva costos significativos.
El relevamiento sistemático realizado por el Center for Strategic and International Studies (Lin et al., 2026) aporta datos necesarios: desde 2022, al menos 101 altos oficiales han sido purgados o potencialmente purgados, incluyendo una proporción extraordinaria de la élite militar. Esta cifra no solo sugiere una intensificación cuantitativa, sino una transformación cualitativa del fenómeno. En efecto, la purga ya no se limita a casos emblemáticos o a “tigres” individuales, sino que adquiere un carácter estructural, afectando más del 50% de los principales puestos de liderazgo del EPL. La consecuencia inmediata es la virtual “decapitación” del alto mando, con vacancias, interinatos y una recomposición aún incierta de la cadena de mando (Lin et al., 2026).
Los medios especializados, se han hecho eco en estos años, particularmente de las figuras más fuertes de este entramado. Estos han sido los casos de Wei Fenghe (魏凤和), Li Shangfu (李尚福), Miao Hua (苗华), He Weidong (何卫东), Zhang Youxia (张又侠) y Liu Zhenli (刘振立).
Wei Fenghe fue uno de los cuadros más visibles del complejo militar-tecnológico chino. Su carrera se desarrolló en el núcleo de las capacidades estratégicas del EPL, particularmente en el ámbito nuclear y de misiles balísticos. Alcanzó la cúspide como ministro de Defensa (2018–2023), cargo que, si bien tiene un perfil más diplomático que operativo, lo convirtió en uno de los rostros internacionales de la modernización militar china. Su purga (formalizada en 2023) marcó un punto de inflexión: fue el primer ministro de Defensa en caer bajo acusaciones de corrupción en la era de Xi. Indica que la campaña anticorrupción penetró profundamente en el complejo militar-industrial, un ámbito históricamente propenso a opacidad y rentas. Como consecuencia natural, entre los caídos, se encontró Li Shangfu, ingeniero de formación, que desarrolló su carrera en el programa espacial chino y en la gestión de adquisiciones de armamento (nombrado ministro de Defensa en 2023, 4 meses antes de ser purgado), quien dirigió el Departamento de Desarrollo de Equipos de la CMC, una posición clave en la supervisión de contratos y modernización tecnológica. Li fue uno de los protegidos de Wei que, ante su desgraciado final, fue suprimido en la “autorrevolución”.
Miao Hua fue una de las figuras más influyentes del aparato político del EPL hasta su caída. Nacido en 1955 en la provincia de Fujian, su trayectoria está profundamente ligada al sistema de comisarios políticos, un pilar del control partidario sobre las fuerzas armadas. Su carrera se desarrolló en paralelo a la de Xi Jinping durante los años en que este último ocupó cargos en Fujian, fortaleciendo la percepción de que Miao formaba parte de su círculo de confianza. Como director del Departamento de Trabajo Político de CMC, Miao controlaba los expedientes personales y evaluaciones políticas de los oficiales. Desde fuentes chinas, su figura era presentada como garante de la “absoluta lealtad al partido”; sin embargo, análisis estadounidenses subrayaban su capacidad para estructurar redes de promoción internas, particularmente vinculadas a la llamada “facción de Fujian”. Su purga (formalizada en 2025) resulta especialmente significativa porque golpea el corazón del sistema político-militar. Su caída es interpretada como indicio de que ni siquiera los operadores más cercanos al liderazgo están protegidos si acumulan poder organizacional autónomo. A la par, He Weidong, Vicepresidente de la CMC y miembro del Buró Político, estrechamente ligado a la “facción de Fujian”, también vio su salida. Este caso, no dejó de resonar, dado que operativamente, He tenía experiencia relevante en el Teatro Oriental, responsable de la planificación frente a Taiwán, lo que lo convertía en un actor clave en uno de los escenarios estratégicos más sensibles. Desde fuentes taiwanesas, su perfil era seguido de cerca como uno de los principales arquitectos de la presión militar sobre la isla.
Los casos de Zhang Youxia y Liu Zhenli, son los más recientes. Zhang representa lo que se conoce como “princeling”. Hijo de un veterano revolucionario, su legitimidad se apoya tanto en su linaje como en su experiencia operativa: es uno de los pocos altos mandos chinos con experiencia directa en combate (particularmente en la guerra sino-vietnamita de 1979). Liu -perteneciente a una generación más joven de comandantes operativos- es otro ejemplo de cómo su inserción en redes (en este caso vinculadas a Zhang) lo volvió vulnerable cuando esas estructuras fueron desmanteladas
Como vicepresidente de la CMC, Zhang era una figura central en la cadena de mando. Su relación con Xi Jinping era considerada cercana, incluso personal, lo que llevó a muchos analistas —incluidos observadores en Hong Kong— a verlo como “intocable”. Por su parte, Liu representaba el intento de modernizar el EPL hacia estándares contemporáneos. Su caída ilustra cómo la lógica de purgas puede afectar incluso a perfiles considerados funcionales para la modernización militar. Desde una perspectiva analítica, su caso refuerza la idea de que el criterio decisivo no es la competencia técnica, sino la posición dentro de la estructura de poder.
En lugar de concebirlas únicamente como un mecanismo de “prueba de lealtad” o consolidación política, los autores Nye y Sun (2026) identifican en las purgas militares un patrón más profundo: la reconfiguración del alto mando a partir de la promoción sistemática de oficiales previamente marginados por redes internas de poder. Desde esta perspectiva, las purgas recientes no solo eliminan focos de corrupción o potenciales deslealtades, sino que desmantelan redes informales de promoción profesional que estructuraban el ascenso dentro del EPL. Estas redes, como la denominada “facción de Fujian” o el antiguo aparato de las fuerzas terrestres, funcionaban como canales de patronazgo que favorecían a determinados grupos de oficiales, excluyendo a otros. Su destrucción genera, por lo tanto, un vacío que Xi se ve obligado a llenar rápidamente, en un contexto de presión estratégica marcado por el objetivo de construir un ejército “de clase mundial” hacia 2027. Como se observa en la siguiente tabla, la caída Wei, Li, Miao, Zhang y Liu, ver su correlato en las organizaciones subsidiarias: desde 2022, China ha purgado o podría haber purgado a diecisiete altos mandos de estas organizaciones. Dos fueron expulsados del Partido; seis fueron destituidos y nueve se encuentran desaparecidos (Lin et al., 2026).

Fuente: CSIS Database of Chinese Military Purges
El rasgo distintivo del nuevo patrón de nombramientos radica en que los oficiales promovidos comparten una trayectoria común de exclusión relativa. Muchos de ellos provienen de dos ámbitos específicos: por un lado, el aparato de inspección disciplinaria —encabezado por Zhang Shengmin[5]—, y por otro, la cohorte de oficiales de la fuerza aérea vinculados al legado reformista de Xu Qiliang[6]. En ambos casos, se trata de grupos que, durante el predominio de las redes purgadas, carecieron de patrocinio político efectivo y vieron estancadas sus carreras. Su ascenso actual no implica la creación de una nueva élite desde cero, sino la activación de una reserva latente de cuadros previamente relegados[7].
Los oficiales promovidos carecen, en muchos casos, del capital operativo, la experiencia en combate conjunto y las redes de confianza interinstitucional necesarias para la conducción de operaciones complejas. La paradoja central es que las mismas condiciones que garantizan su “seguridad política” —haber permanecido en la periferia del sistema— son las que limitan su preparación para escenarios de guerra. En un ejército históricamente dominado por las fuerzas terrestres, la creciente centralidad de oficiales de la fuerza aérea y del aparato político-disciplinario introduce, además, tensiones organizacionales que podrían abrir nuevos conflictos.
Efectos de corto y largo plazo de los mecanismos disciplinarios
Este modelo presenta tensiones y riesgos evidentes. Por un lado, ha contribuido a mejorar ciertos indicadores de gobernanza y a reforzar la capacidad del Partido para implementar políticas públicas. Por otro, la intensificación del control y la sanción puede generar efectos adversos, como la aversión al riesgo, la rigidez burocrática y problemas en la calidad de la información que fluye hacia los niveles superiores. En sistemas altamente centralizados, el temor a las sanciones puede desalentar la transmisión de información negativa, afectando la capacidad de respuesta ante crisis (Thomas & Wang, 2026).
Existe a su vez, un eje que discuten profundamente los distintos autores relevados (Lin et al., 2026; Nye, 2026; Thomas & Wang, 2026): el impacto organizacional y operativo. A corto plazo, el EPL ha logrado sostener sus funciones básicas gracias a su fuerte burocratización y centralización. No obstante, existen indicios de deterioro en capacidades más complejas, como la planificación de ejercicios conjuntos o la coordinación interinstitucional. Los retrasos en maniobras en torno a Taiwán o la reducción de ejercicios con Rusia sugieren que la disrupción en el liderazgo afecta particularmente las operaciones de mayor sofisticación.
En este punto, el análisis de Christopher Nye (2026) introduce una crítica más radical al supuesto de que las purgas conducirán a una mayor profesionalización militar. Su argumento se centra en el papel de las redes informales (guanxi) dentro del sistema militar chino: estas redes constituyen una infraestructura funcional indispensable para compensar las debilidades del sistema formal. Permiten coordinar recursos, facilitar ascensos, sortear bloqueos burocráticos y, en última instancia, generar capacidad efectiva de combate.
Desde esta perspectiva, la campaña de Xi no solo ataca la corrupción o el faccionalismo, sino que erosiona los mecanismos informales que hacían operativa a la institución[8]. La acusación recurrente de “formar camarillas” refleja precisamente esta tensión: aquello que desde el punto de vista del liderazgo central constituye una amenaza política, desde el punto de vista organizacional puede ser una condición de eficacia. La purga de figuras como Zhang Youxia o Miao Hua ilustra esta paradoja (Nye, 2026).
A corto plazo, la desorganización del alto mando podría limitar la capacidad del EPL para emprender operaciones complejas. A mediano plazo, sin embargo, la eliminación de contrapesos internos y la concentración del poder podrían desembocar en dos resultados no excluyentes: una nueva línea de mando galvanizada y moldeada por Xi, que habiendo acumulado la experiencia necesaria, le devuelva la capacidad operativa al EPL “justo a tiempo” para la escalada que avecine, mientras que, si las decisiones estratégicas pasan a estar menos informadas (la desaparición de “válvulas de seguridad” internas —capaces de moderar o cuestionar decisiones—) aumente el riesgo y se reduzca la capacidad del sistema para gestionar crisis futuras[9].
Lo cierto es que la mayoría de los análisis intraélites del PCCh y EPL, parecen obviar el proyecto de largo plazo que el propio Xi viene gestando desde su primer mandato: el supuesto “debilitamiento” de Xi Jinping (el cual lo llevaría a reforzar la deriva autoritaria) descansa analíticamente, en gran medida, en una lectura sesgada del funcionamiento del sistema político chino. Las regulaciones deben comprenderse en el marco de una tendencia estructural: la creciente centralización de la toma de decisiones en los órganos partidarios y el avance de un modelo de “gobierno del partido basado en normas” (依规治党). En este sentido, la normativa en discusión —ya prevista en planes institucionales previos—busca hacer al poder central operativamente viable, dotándolo de procedimientos, canales y mecanismos que permitan su implementación efectiva. El problema no es la concentración de poder en sí, sino cómo se organiza, canaliza y ejecuta una vez consolidada; y es precisamente allí donde las innovaciones normativas se cruzan con las prácticas “consuetudinarias”. En efecto, estas regulaciones forman parte de lo que puede considerarse el proyecto predilecto de Xi: la construcción de un sistema de gobernanza donde la centralización del poder coexista con una densa arquitectura de reglas internas que disciplinen al partido y aumenten su capacidad de acción. Este enfoque combina el “gobierno del partido basado en normas” con el “gobierno del país basado en leyes”, en un intento de traducir la autoridad política en eficacia administrativa y control organizacional. Xi no solo ha promovido normas sustantivas, sino también metanormas —reglas sobre cómo se producen las reglas—, así como dispositivos que estructuran incentivos, jerarquías y flujos de información dentro del partido. Lejos de ser un mero instrumento restrictivo, este entramado normativo amplía su margen de maniobra, al tiempo que redefine el funcionamiento interno del sistema político. Los ejemplos de este escrito (por ejemplo el SRP de CMC) evidencian que la institucionalización no es antitética a la concentración de poder, sino una condición para su ejercicio sostenido. Como señala Snape (2025) “¿Qué es el «poder centralizado» sin reglas para su uso?”, el partido para Xi debe contar con normas para controlar sus excesos y evitar la amenaza existencial de una ruptura en la relación entre el partido y el pueblo.
Comentarios de cierre
Una primera cuestión a subrayar es de orden epistemológico: gran parte de los análisis occidentales sobre China se construyen en condiciones de información incompleta, ambigua o deliberadamente opaca, y además filtrados por marcos normativos propios de tradiciones liberales, electorales y pluralistas. Este doble sesgo —empírico y conceptual— tiende a sobredimensionar aquello que, desde esa mirada, aparece como patológico en un régimen no liberal (centralización del poder, purgas, disciplina vertical), mientras deja en un segundo plano un problema que el propio sistema chino reconoce como estructural: cómo gobernar eficazmente una organización gigantesca como el PCCh sin que derive en corrupción endémica, ineficiencia burocrática o captura por redes informales. En este sentido, procesos como la campaña anticorrupción o la reconfiguración del EPL bajo Xi Jinping no solo deben leerse como mecanismos de control político, sino también como intentos —discutibles, pero sistemáticos— de resolver tensiones organizacionales profundas que no son ajenas a ningún Estado complejo.
A su vez, la aceleración reciente de esta “autorrevolución” interna difícilmente sea casual si se la inscribe en el contexto internacional. La simultaneidad de tensiones entre Rusia y Europa, las dificultades estratégicas de Estados Unidos en múltiples frentes —externos e internos— y el incremento de fricciones sociales dentro de la propia China[10], configuran un entorno en el que la dirigencia percibe tanto riesgos como ventanas de oportunidad. En ese marco, la intensificación de los mecanismos disciplinarios y la recomposición de las élites pueden interpretarse como una estrategia preventiva: consolidar cohesión interna antes de enfrentar escenarios de mayor incertidumbre externa. No se trata únicamente de reaccionar a amenazas, sino de anticiparlas mediante una reorganización del poder que reduzca vulnerabilidades a futuro (aunque las aumente de forma provisoria en el presente).
Pero este proceso también debe leerse a la luz de una lógica más profunda, que remite a tradiciones intelectuales y prácticas políticas de larga duración en sociedades de matriz confuciana. Desde esta perspectiva, el conflicto no es necesariamente un síntoma de disfunción, sino un subproducto inevitable —e incluso necesario— de procesos de expansión, modernización y cooperación social. A medida que aumentan las capacidades estatales, la integración económica y las expectativas sociales, emergen nuevas tensiones: desigualdad, frustración laboral, demandas de reconocimiento y deshonestidad. Concibiendo estas dinámicas como anomalías que deben ser eliminadas, el enfoque chino tiende a entenderlas como parte de un proceso de co-determinación entre orden y cambio, donde la estabilidad no implica ausencia de conflicto, sino su gestión continua.
En algo tan sensible como lo militar, la respuesta del sistema no es desactivar la tensión, sino intentar canalizarla dentro de un marco de control político reforzado. Desde fuera, esto puede leerse como una deriva autoritaria; desde dentro, como un esfuerzo por evitar que el conflicto erosione la base misma del orden. Comprender esta lógica no implica validarla, pero sí reconocer que cooperación y conflicto no son términos opuestos en el caso chino, sino dimensiones entrelazadas de un mismo proceso de transformación, donde la responsabilidad aumenta con la jerarquía. Porque como se observó, no solo caen los protegidos cuando un funcionario de alto rango es purgado: caen los mentores y protectores, cuando sus aprendices obran por fuera de los límites.
Fuentes de consulta:
Chen, Y., He, Q., Liu, J. & Zhou, L. (2025). Remedy or Retreat? Investigating Ex-post Incentives under the One-Vote Veto System. Working paper, SSRN.
Hawkins, A. (2025, 19 de diciembre). “Dashed dreams and land grabs: The rise of rural protests in China”. The Guardian. Disponible en línea.
Johnson, C.K., Kennedy, S. and Qiu, M. (2017, 17 de octubre). “Xi’s Signature Governance Innovation: The Rise of Leading Small Groups,” CSIS. Disponible en línea.
Lin, B. (et al) (2026, 24 de febrero)) “The Purges Within China’s Military Are Even Deeper Than You Think”. CSIS Power China. Disponible en línea.
McDonell, S. (2026, 26 de enero). “China has purged its highest-ranked military general. Why?”. BBC. Disponible en línea.
Ning, F. (2020). China’s political system. Singapore: CSSP & Springer International.
Nye, C. (2026, 28 de abril). “The Mountaintop Mirage: Why Xi’s Military Purges Cannot Produce the Force He Wants”. WarOnTheRocks. Disponible en línea.
-Nye, C., & Sun, C. (2026, 1 mayo). “El patrón más profundo detrás de las purgas militares de China”. Foreign Policy. Disponible en línea.
Sheridan, M. (2023, 24 de julio). “The politics of China’s purges”. Engelsberg Ideas. Disponible en línea.
Snape, H. (2026). “On the Chairman Responsibility System” en Bishop, B. “PLA Tremors and the Chairman in Charge”, Sinocism Disponible en línea.
Snape, H. (2026, 9 de julio). “Containing Xi, or refining party rule?”. Observing China. Disponible en línea.
Thomas, N., & Wang, S. (2026). “La purga eterna de Xi: la autorrevolución del Partido Comunista Chino.” New York Times. Disponible en línea.
Wong, T. (2025, 17 de octubre). “El Partido Comunista Chino expulsa a 9 generales de alto rango en una amplia purga militar”, BBC News. Disponible en línea.
Wuthnow, J. (2026, 24 de febrero). The Danger in the Middle: Will Xi’s Purges Increase the Risk of War? Disponible en línea.
Xi, J. (2017). The governance of China. Beijing: Foreign Languages Press.
Xie, C. (2023). ¿Cómo y por qué gobierna el Partido Com
[1] Profesor de la Universidad del Salvador (USAL), Universidad Abierta Interamericana (UAI) y de la Maestría de Políticas de Vinculación con China (UNPAZ).
[2] En la cúspide de este sistema se encuentra el Partido, cuya autoridad penetra en todos los niveles de gobierno, desde la aldea hasta el centro nacional. El liderazgo del Partido está institucionalizado mediante una estructura jerárquica que culmina en el Comité Permanente del Politburó, un pequeño grupo de líderes de élite que ejercen colectivamente el poder supremo de decisión. Por encima de este se sitúa formalmente el Comité Central del Partido Comunista Chino, elegido cada cinco años por el Congreso Nacional del Partido Comunista Chino. Sin embargo, en la práctica, la autoridad real se concentra en el Politburó y, especialmente, en su Comité Permanente.
[3] La Comisión Central de Inspección Disciplinaria (CCDI) funciona desde 1978, pero la mayoría de las sanciones del CCDI no son juicios espectaculares contra los altos cargos más influyentes, sino castigos leves destinados a corregir el comportamiento de los funcionarios de menor rango. La CCDI trabaja ahora junto a la empoderada CNS, en esta era de desplazamientos jerárquicos y lucha contra la corrupción “permanente”.
[4] Entre el Partido y el Estado, el SRP elimina las lagunas legales, alineando las normas de la CMC del Partido con las del Estado. Como señala Snape (2026), bajo el mandato de Hu, y en cierta medida bajo el de Jiang, los Vicepresidentes de la CMC gozaban de una autonomía y autoridad significativas. Tras la investigación a los ex Vicepresidentes Guo Boxiong y Xu Caihou, su conducta fue condenada por haber “socavado la esencia y debilitado el SRP”, en parte por “monopolizar el poder y usarlo sin restricciones”. Bajo el mandato de Xi, las regulaciones revisadas detallan las distinciones entre la autoridad del Presidente y los Vicepresidentes, estipulando que los Vicepresidentes “asisten en la labor del Presidente”. Las reuniones ejecutivas y ampliadas de la CMC, así como sus agendas, deben ser aprobadas por el Presidente, quien también debe presidirlas personalmente o delegar esta función en un Vicepresidente. Para que los Vicepresidentes y los miembros salgan de Beijing para realizar inspecciones de tropas, el Presidente debe autorizarlo previamente.
[5] Hoy una de las figuras más poderosas del aparato militar chino. Como jefe de la Comisión de Inspección Disciplinaria de la CMC, encarna la fusión entre control político y supervisión anticorrupción. Su carrera en la Segunda Artillería (actual Fuerza de Misiles) le otorga además credenciales en un sector estratégico clave. A diferencia de otros perfiles, Zhang no se destaca por experiencia operativa directa, sino por su rol en la arquitectura disciplinaria. Desde perspectivas chinas, su figura es central para garantizar la “pureza” del EPL; desde análisis internacionales, es visto como un instrumento directo del poder de Xi Jinping. Es uno de los pocos supervivientes del alto mando anterior.
[6] Xu Qiliang (1950–2025) fue una figura clave en la transformación estratégica del EPL. Proveniente de la Fuerza Aérea, se convirtió en vicepresidente de la CMC y en uno de los principales arquitectos de la reforma militar iniciada tras 2012. Su carrera simboliza el desplazamiento progresivo del predominio de las fuerzas terrestres hacia una estructura más equilibrada y orientada a operaciones conjuntas. Su rol como mentor de una generación de oficiales de la fuerza aérea resulta fundamental para entender los ascensos recientes: muchos de los nuevos comandantes provienen de su órbita. Tras su retiro, esa red perdió influencia frente a otras facciones, lo que explica su estancamiento temporal. Sin embargo, las purgas posteriores reactivaron indirectamente su legado, permitiendo el ascenso de sus protegidos. En este sentido, Xu es una figura “bisagra”: su impacto se extiende más allá de su vida activa, moldeando la configuración actual del mando.
[7] Este enfoque permite refinar la interpretación convencional centrada en la lealtad. Si bien la confiabilidad política sigue siendo un criterio necesario, deja de ser suficiente para explicar la selección de cuadros. En efecto, muchos de los oficiales purgados habían sido previamente considerados leales y habían ascendido bajo ese mismo principio. El criterio decisivo parece ser ahora la posición relativa de los individuos respecto de las redes desmanteladas: quienes no estaban integrados a ellas —y, por tanto, no representan una amenaza estructural— emergen como candidatos preferentes para la promoción.
[8] Según Nye (2026), no es una transición hacia un ejército más profesional, sino un proceso de “atomización” del mando. Los oficiales supervivientes internalizan el riesgo político de acumular poder o vínculos, lo que incentiva comportamientos defensivos: evitar iniciativas, limitar relaciones y priorizar la lealtad formal por sobre la eficacia operativa. La consecuencia es un sistema que puede volverse simultáneamente más obediente y menos competente.
[9]Claro está que, estas lecturas partes de algunos supuestos, en torno a lo que efectivamente hacían y pensaban las figuras que fueron perfiladas en este escrito (Zhang, He, Miao, etc.), como “moderadores” o proveedores de “algún tipo de pluralismo en la conducción”, supuestos para nada confirmables, ante la evidencia empírica existente.
[10] Como señalara Hawkins (2025) para The Guardian, un ejemplo ilustrativo del crecimiento del malestar social en China se observa en el aumento de conflictos rurales vinculados a disputas por tierras, endeudamiento local y frustraciones socioeconómicas. En regiones como Hainan o Hunan, enfrentamientos entre aldeanos y autoridades han emergido en torno a expropiaciones de tierras o la demolición de espacios simbólicos como templos, reflejando tensiones que exceden lo meramente local. Este fenómeno se inscribe en un contexto más amplio de desaceleración económica y “retorno forzado” de trabajadores migrantes desde las ciudades hacia sus lugares de origen, donde las promesas de movilidad social se ven frustradas. Aunque estas manifestaciones no configuran necesariamente una amenaza directa al poder central, sí tensionan los mecanismos de gobernanza territorial y obligan al Estado a desplegar nuevas estrategias de mediación y control social.