* Repensando la defensa y seguridad desde América Latina en un contexto de transición del orden internacional
Adolfo Rossi[1]
Resumen
Nos encontramos ante (al menos) un orden global tripartito. En este contexto, la neutralidad pasiva corre el riesgo de convertir a la región en un territorio de disputa. Para un país latinoamericano, la opción óptima consiste en articular una estrategia dual: cooperar estrechamente con la arquitectura de seguridad de Occidente en defensa del derecho internacional, manteniendo al mismo tiempo una rigurosa autonomía y multiplicidad de alianzas en el plano comercial y económico con el Este. Esta postura híbrida —que preserva la independencia política pero no es indiferente ante la violación de las normas globales— permite capitalizar nuestro ‘poder de péndulo’ en un mundo persistentemente plural.
El mundo se encuentra en un proceso de transición, donde la incertidumbre acerca del futuro se acrecienta. Nos encontramos ante una nueva bipolaridad (Allison, 2015) o al menos ante un orden global tripartito. (Ikenberry, 2024). La reactivación de un mapa geopolítico fragmentado en el Oeste, el Este y el Sur global —acelerada drásticamente por la invasión rusa a Ucrania— obliga a las naciones en desarrollo a redefinir sus doctrinas de supervivencia. El Sur global, definido en el texto de G. John Ikenberry como una coalición amorfa y diversa que opera desde la periferia del poder duro, comparte la aspiración colectiva de estatus, voz y desarrollo. Sin embargo, la heterogeneidad de sus miembros impide que el Sur actúe como un polo militar autónomo capaz de contrarrestar por sí mismo las presiones de las superpotencias.
En este contexto, la inacción o el aislamiento no son opciones viables; la neutralidad pasiva corre el riesgo de convertir a la región en un territorio de disputa para terceros, como ocurrió durante la Guerra Fría con la desaparición del Segundo Mundo y la consecuente fragmentación de intereses del Tercer Mundo original. La competencia contemporánea no es simplemente una lucha por el poder material, sino un enfrentamiento entre visiones de orden: una liberal y abierta, y otra iliberal basada en esferas de influencia restrictivas. El compromiso selectivo se aleja de la postura de no alineamiento, porque reconoce las limitaciones estructurales existentes a la vez que busca potenciales evitar las pérdidas de oportunidades que conlleva el alineamiento irrestricto.
Para un país latinoamericano con aspiraciones de liderazgo regional, la opción óptima no es el aislamiento, sino la arquitectura de un puente estratégico: articular coaliciones específicas dentro de los países del Sur Global para converger con la arquitectura de seguridad de Occidente, mientras se preserva y profundiza la integración económica con los mercados dinámicos de Asia y Europa Oriental. Como señala Battaleme (2022), no hay margen para realizar acciones que comprometan la seguridad hemisférica ni tampoco espacio para incorporar capacidades militares o realizar acciones que sean percibidas como desafíos a las pautas del orden de seguridad hemisféricas establecidas por Estados Unidos.
Esta opción se fundamenta en:
- La Argentina se encuentra lejos de los puntos de quiebre geopolíticos actuales, Europa oriental y del Mar de la China. Sin embargo, no está exenta de que los derrames que se suceden en esas geografías hacia la nuestra. En términos de distancia geográfica, Argentina se encuentra cerca de EE. UU. Y alejada de la República de China.
- La Ventaja Estructural de Estados Unidos como Socio de Seguridad. A diferencia de China o Rusia, que operan bajo una lógica territorial estricta y buscan imponer esferas de influencia coercitivas sobre sus vecinos inmediatos, la naturaleza de la potencia estadounidense es esencialmente de ultramar o off-shore. Esto la convierte en un socio de seguridad inusualmente atractivo y menos amenazante para las soberanías locales. La geografía de Washington le permite proyectar estabilidad global y ofrecer asistencia militar avanzada sin la necesidad de anexar territorios o alterar fronteras coloniales, un temor constante en las periferias de las potencias del Este.
- El Contrapeso Necesario contra el Expansionismo Regional. El alineamiento en seguridad con Occidente funciona como un seguro de vida frente al comportamiento asertivo de las potencias emergentes. Liderar al Sur global hacia esta alineación preventiva en seguridad reconoce que solo los Estados Unidos poseen la riqueza, la tecnología militar y la red de pactos globales capaces de disuadir agresiones y garantizar la integridad territorial en el siglo XXI.
- El Blindaje de los Principios Globales Compartidos. La convergencia en seguridad con los Estados Unidos y el Occidente global no implica una sumisión ideológica, sino la defensa compartida de las reglas del juego internacional que protegen a los Estados más débiles. El orden internacional liberal, cuyas bases fueron promovidas por Washington tras la Segunda Guerra Mundial, codificó principios universales de la Carta de la ONU: la igualdad soberana, la autodeterminación y la prohibición explícita del uso de la fuerza para alterar fronteras internacionales reconocidas. Al alinearse estratégicamente con la arquitectura de seguridad occidental, el Sur global refuerza los límites normativos que impiden el resurgimiento de imperios depredadores. Esta alineación defiende el principio de que el consentimiento de los gobernados y el Estado de derecho internacional deben prevalecer sobre los arreglos de poder duro e ilegítimos que intentan imponer las autocracias del Oriente global.
Esto no quiere decir entrar en conflicto con China o los países no occidentales. La estrategia de seguridad debe garantizar lo que la literatura denomina «espacio de maniobra», capitalizando la competencia entre las superpotencias para beneficio nacional. Esto se traduce en proteger los vínculos comerciales y de inversión —cruciales con actores del Oriente global como China— sin que esto condicione o limite la cooperación en seguridad con socios tradicionales del Occidente global. Siguiendo a Russell y Toklatian (2013), debemos pensar en una autonomía heterodoxa (aprovechar los márgenes del sistema internacional para crecer sin romper el vínculo con el centro).
Si bien la seguridad debe anclarse en la certidumbre normativa de Occidente, el bienestar económico del Sur global depende enteramente de mantener la conectividad con el Este. China se ha consolidado como el principal socio comercial de las economías más importantes del Sur global, superando a Estados Unidos en volumen de intercambio e inversión en infraestructura crítica a través de iniciativas como la Franja y la Ruta. Prohibir el comercio o forzar un desoplamiento (decoupling) económico con el Este por razones puramente ideológicas equivaldría a un suicidio económico para las naciones en desarrollo.
El Sur global tiene incentivos estrictamente pragmáticos para comerciar con quien ofrezca los mejores términos de intercambio, sin importar el régimen político del comprador. Un liderazgo responsable dentro del Sur global debe defender el derecho de los Estados periféricos a diversificar sus mercados de exportación y sus fuentes de financiamiento, garantizando que los flujos de capital necesarios para sacar a sus poblaciones de la pobreza no queden rehenes de la rivalidad geopolítica de las superpotencias.
Liderar una alineación en seguridad con los Estados Unidos otorga al Sur global el capital político necesario para exigir la reforma desde adentro del sistema. Al actuar como socios confiables en la preservación de la estabilidad global y el cumplimiento de las normas de seguridad, los Estados del Sur adquieren una legitimidad indiscutible para presionar por la reestructuración de organismos como el Consejo de Seguridad de la ONU o el Fondo Monetario Internacional. Paralelamente, el mantenimiento de alianzas económicas con el Este actúa como una palanca de negociación: la mera existencia de alternativas de financiamiento orientales obliga al G7 y a Washington a mejorar sus ofertas de ayuda al desarrollo y condonación de deudas para no perder la influencia sobre los «estados péndulo» del Sur.
El Sur global funciona como un «grupo oscilante» o swing grouping. Ni los Estados Unidos ni China poseen por sí mismos la masa crítica demográfica o económica para moldear el orden internacional de las próximas décadas de forma unilateral. Ambas superpotencias dependen críticamente de la cooperación de terceras partes para dotar de legitimidad a sus respectivas visiones de orden mundial. Pekín necesita el respaldo de amplios sectores de África y América Latina para contrarrestar la hegemonía occidental en la Asamblea General de la ONU, mientras que Washington despliega una intensa diplomacia para sumar adeptos del Sur en sus campañas de sanciones y resoluciones normativas. Un país que lidere al Sur global bajo la doctrina de alineación de seguridad con Occidente y alianzas económicas múltiples con Oriente maximiza de forma óptima el valor de su «poder de péndulo».
Al mantener la seguridad anclada en el bloque occidental, estabiliza sus amenazas inmediatas y se posiciona como un actor confiable dentro de la legalidad internacional. Al mismo tiempo, al retener su autonomía económica y rehusarse a sancionar o bloquear comercialmente al Este, preserva la capacidad de actuar como un mediador legítimo y un árbitro de la opinión pública internacional. Esta postura diplomática intermedia impide que el mundo caiga en la lógica de bloques militares cerrados y destructivos, garantizando que el Sur global sea cortejado permanentemente por ambos bandos mediante la provisión de incentivos económicos y concesiones políticas.
Finalmente, la política de defensa no puede disociarse de la política exterior; ambas deben converger en una vigorosa diplomacia de paz. Siguiendo las directrices del multilateralismo inclusivo, el país debe perfilarse como un promotor activo del diálogo, la mediación y las operaciones de paz de la ONU, buscando soluciones diplomáticas tempranas a las fracturas internacionales. Reducir la polarización global a través de la negociación colectiva es la mejor estrategia de defensa preventiva para una nación latinoamericana, garantizando un entorno internacional predecible, regulado por normas compartidas, donde sea posible sobrevivir y prosperar en el siglo XXI.
Bibliografia
Allison, Graham, “The Thucydides Trap: Are the U.S. and China Headed for War?”, The Atlantic, September 2015.
Art, R. J. (1998-1999). Geopolitics Updated: The Strategy of Selective Engagement. International Security, 23(3), 79-113.
Battaleme, Juan; ¿Atrapados sin salida? El compromiso selectivo como alternativa de política exterior para un país periférico Revista Política Austral Volumen 1. Número 1 (julio-diciembre 2022): 33-52.
Ikenberrry, G John; Three Worlds: the West, East and South and the competition to shape global order. International Affairs 100: 1 (2024) 121–138.
Tokatlian, J. G., y Russell, R. (2013). América Latina y su gran estrategia: entre la aquiescencia y la autonomía. Revista CIDOB d’Afers Internacionals, 104, pp. 157-180.
[1] Director de la Maestría en Defensa Nacional (UNDEF).